Jose Guillermo Claros Penna- Profesional en Ciencias Militares. Administrador de Empresas. Abogado.

Por: José Guillermo Claros Penna*

El populismo se está convirtiendo hoy, aprovechando esta malhadada ola de engaños y mentiras, en un negocio de influencia fabricada, sin importar que en ese derrotero generen programas de sus líderes que realmente destacan por su mediocridad como analistas e incluso utilizan un lenguaje procaz y sucio porque no tienen más que ofrecer, pues no son voces auténticas, sino que se compran y se venden en escenarios sucios donde todo es creado; y lo que es peor, creando ilusiones cuidadosamente fabricadas que la gente les cree y desgraciada como desafortunadamente les abre puertas y legitima sus discursos.

Es un todo artificial, sofisticado y hasta rentable. Incluso muchos de esos autodenominados líderes políticos empieza a echar el cuento de cuáles son sus tarifas, patrocinantes y dinero que perciben por ser parte del circo, payasos de este circo que no son solo aspirantes a celebridad, sino también figuras políticas, medios de comunicación y proyectos que buscan aparentar relevancia para así marcar tendencias e incluso definir el rumbo de la política de un país haciendo que esa mal llamada popularidad se convierta en un commodity, y con ella construyen fachadas que engañas a la audiencia.

Preocupa que dicha fabricada influencia distorsiona el ecosistema digital y lo convierte en un mecanismo de estafa masiva, ya que ciento de miles de personas creen rabiosamente que siguen a líderes con respaldo popular, cuando en realidad siguen a personajes inflados por capitales sucios; y aunque muchas veces la confianza del público se erosiona, no es menos cierto que al mismo tiempo se mantiene cautiva, porque la ilusión está diseñada para ser convincente, ya que en esta juego macabro, no necesitan de verdades, puesto que paga por la ilusión, busca comprar legitimidad con mentiras; y esa falsa legitimidad tiene consecuencias reales, tales como contratos, votos, reputaciones lavadas y narrativas instaladas en la opinión pública, siendo el problema intrínseco en esta dinámica de falsedades un teatro consciente, toda vez que detrás de cada transmisión, debate o intervención en redes sociales, existe un guión, que responde a intereses concretos donde la política es un mar de blanqueadores de capitales que tienen estrellas que creen que pueden manipular emociones y percepciones sin ser descubiertos, aunque muchas veces lo logran en detrimento de la estabilidad democrática y política, misma que tiene que dejar de ser un entretenimiento de líderes populistas con frases ingeniosas, y permitir la llegada de líderes sólidos, al igual que la prevalencia de medios con prestigio que informen de manera seria y de políticos excepcionales, que aunque se han visto atacados por medios woke, sepan imponer sus liderazgos con acciones y realidades dignas de verdaderos estadistas.

Claro es que la ilusión de la popularidad digital no es gratuita, debido a que cada seguidor falso, cada interacción inventada y cada narrativa fabricada tiene un costo que, tarde o temprano, alguien paga. De entrada, parece un juego inofensivo; esto es, un  político que infla sus números, un medio que aparenta más audiencia de la que realmente tiene, fachadas detrás de las cuales se agazapa un daño grave y profundo a la confianza pública, que la gente al  descubrir el engaño, pierde la fe en un programa, en un líder y en todo el ecosistema informativo, cuya consecuencia es un cinismo generalizado que mina la posibilidad de creer en algo auténtico.  Es un costo que también se troca en desigualdad, en atención a que mientras unos con acceso a capital pueden comprar influencia y legitimidad, quienes intentan construir credibilidad de manera honesta y orgánica quedan relegados.

Verdad verdadera es que hay en todo esto un grande espejismo, ya que la era digital nos prometió democratizar la información, pero lo que tenemos es una manipulación se disfrazada de influencia y una mentira vestida de popularidad. Fantasmas digitales, ecos internacionales y narrativas fabricadas han creado ese espejismo que millones consumen sin cuestionar, afortunadamente, es la esperanza, todo espejismo, tarde o temprano, se rompe, lo que lleva a preguntarnos no es si la verdad saldrá a la luz, sino cuándo y con qué fortaleza. El reto es aprender a mirar más allá de la pantalla, a desconfiar de los números perfectos y exigir autenticidad en un mundo saturado de apariencias, por cuanto la verdadera influencia no se compra ni se fabrica, sino que se construye con credibilidad, coherencia y con la fuerza de lo auténtico, todo lo demás es humo que siempre termina diluyéndose. 

*Profesional en Ciencias Militares. Administrador de Empresas. Abogado. Master en Derecho Público. Candidato a Doctor en Derecho. Columnista.

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