Miguel Enrique Bayter Bechara- Abogado. Especializado en Derecho Comercial. . Analista. Columnista

MEDITACIÓN SOBRE NUESTRA CEGUERA COMPARTIDA

Por: Miguel Enrique Bayter Bechara*

Hay días en los que el silencio de la mañana adquiere un espesor peculiar. Uno siente, aunque no lo diga, que el mundo guarda demasiadas cosas sin resolver. Basta abrir un periódico para comprobar que la Tierra se ha convertido en un archipiélago de incendios simultáneos: Más de 56 conflictos armados activos, una cifra que debería estremecer incluso al lector más indiferente. Y, sin embargo, seguimos aquí, con el café tibio, intentando sostener una normalidad que hace tiempo dejó de tener sentido.

Pero lo inquietante no es solo la cantidad de guerras, es la manera en que hemos aprendido a convivir con ellas, como quien acepta una grieta en el muro de su casa porque ya no recuerda el momento exacto en que apareció. Lo inquietante, lo verdaderamente estremecedor, es la costumbre.

La guerra ya no tiene la cortesía de ocurrir en las periferias del mundo. Se ha instalado en el centro mismo de nuestra época como una presencia obstinada, casi familiar.

Ucrania se desangra ante la vista del planeta entero, convertida en una geografía donde los árboles guardan metralla y las ciudades se cuentan por ruinas. Gaza es un territorio en el que el lenguaje se vuelve insuficiente: no existe verbo para nombrar lo que se destruye allí.

Sudán, destrozado por una guerra civil que parece interminable, ha producido millones de desplazados. La República Democrática del Congo revive sus pesadillas históricas, entre ofensivas, milicias y un sufrimiento que se repite como una maldición heredada. En Yemen, la vida es una sucesión de fragmentos; en Myanmar, la noche es un territorio de miedo; en el Sahel, la guerra es tan constante que los niños la aprenden antes que el abecedario.

Cada conflicto tiene su geografía, su ritmo, su léxico de terror; pero, todos comparten la misma esencia: la violencia cae, casi siempre, sobre quienes no han empuñado un arma.

La guerra contemporánea tiene una preferencia perversa por los civiles; y esa realidad, repetida en docenas de escenarios, debería estremecernos más.

Resulta sorprendente, por demás desolador, comprobar hasta qué punto la humanidad se ha vuelto capaz de soportar el horror ajeno sin pestañear. No siempre fue así; hubo épocas en las que una guerra bastaba para sacudir la conciencia universal; pero hoy el dolor se ha democratizado hasta volverse ruido de fondo.

Quizá porque el exceso de tragedias produce un efecto paradójico; cuando el sufrimiento se vuelve ubicuo, deja de doler. La compasión tiene un umbral, y parece que ya lo hemos superado.

Hemos sofisticado tanto la tecnología que podemos ver en tiempo real cómo cae un misil a miles de kilómetros… y aun así seguir almorzando. No sé si es fortaleza o un síntoma grave de agotamiento moral.

La indiferencia es un lujo; es un privilegio; y, en cierto modo, es una forma de violencia también.

Las guerras no son meteoros caídos del cielo. Son la consecuencia de estructuras políticas rotas, desigualdades enquistadas, potencias que juegan al ajedrez con pueblos enteros, gobiernos que se sostienen en el filo del miedo. Pero también son espejos; en ellos se refleja, con una brutal claridad, la fragilidad de nuestra civilización.

Cada conflicto nos recuerda que el proyecto humano es más frágil de lo que suponemos.; que la democracia puede desvanecerse, que la convivencia es un pacto delicado, que la vida es, en muchos lugares, un acto de resistencia cotidiana.

Nos revela también algo incómodo; el mundo que estamos construyendo prioriza fronteras y banderas por encima de vidas humanas.

Es una época que parece haber perdido el sentido de lo sagrado. No en un sentido religioso, sino profundamente humano: la idea de que toda vida posee una dignidad inviolable, un valor irreductible, un territorio que ningún conflicto debería profanar.

Pero no todo está perdido, sería injusto y cínico decirlo; en medio del desastre, en las grietas del horror, se oculta una fuerza que desafía las estadísticas: la capacidad humana de resistir con dignidad.

Allí está la enfermera que improvisa un quirófano en una escuela bombardeada; el profesor congoleño que abre clase bajo un árbol, con veinte niños que aún creen en el futuro; la joven en Gaza que escribe poesía entre escombros porque sabe que escribir también es una forma de seguir viva; el agricultor ucraniano que vuelve a sembrar en un campo marcado por explosiones, como quien desafía al destino con un puñado de semillas.

A veces pareciera que la humanidad se salva en esos pequeños actos que no salen en los titulares, en gestos mínimos que sostienen el mundo cuando todo lo demás se desmorona.

No sé qué hará usted al terminar de leer estas líneas; quizá vuelva a su cotidianidad, el desayuno, el café, el trabajo, la comida familiar, la siesta, el libro pendiente. No hay culpa necesaria en ello, la vida debe seguir.

Pero antes de cerrar este artículo, me atrevo a proponer una pregunta que vale más que cualquier dato o estadística: ¿Qué tipo de humanidad construimos cuando aceptamos que la vida de millones puede arder sin que eso modifique un solo gesto de los nuestros?

No se trata de cargar al individuo con culpas inmensas; se trata de recuperar la capacidad de sentir, de pensar, de cuestionar; de no entregar el alma a la costumbre; de no permitir que el dolor ajeno se convierta en un paisaje más.

Porque una sociedad que deja de conmoverse es una sociedad que empieza a perderse. Y una humanidad incapaz de mirar el sufrimiento de frente es una humanidad que renuncia a sí misma.

Quizás este sea el verdadero cometido de este humilde artículo; no ofrecer respuestas, sino despertar conciencia; no dar soluciones rápidas, sino encender una inquietud que nos obligue a repensar el mundo que estamos haciendo, o dejando que otros hagan por nosotros.

Si algo debe quedar de estas palabras es esto: mirar todavía debe importar; sentir aun todavía debe importar; no acostumbrarse todavía debe importar; antes que la costumbre termine por convertirnos en habitantes tranquilos e indolentes de un mundo que arde. 

*Abogado. Especializado en Derecho Comercial. . Analista. Columnista

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