anny herrera villa- Ingeniera Industrial

Por: Anny Margarita Herrera Villa*

Lo que no se mide, no se mejora se ha dicho siempre.Nos quedamos en discusiones de todo y por todo.Liderazgos, ideologías, elecciones, modelos económicos. El debate público es intenso, permanente y muchas veces apasionado y hasta apasionante; pero hay preguntas básicas que casi nunca aparecen en las conversaciones en los órdenes local, municipal, departamental, regional y nacional: ¿qué está mejorando realmente? ¿Qué política pública ha sido evaluada con indicadores claros? ¿Qué programa estatal ha demostrado, con datos verificables, que funciona? ¿Qué reforma ha sido ajustada a partir de evidencia y no de discurso? El problema de fondo no es solo político. Es metodológico. En Colombia gobernamos sin medir como se debiera.

Hay que observar y entender que en el mundo empresarial -y ello debe aprenderse en la administración pública- nadie lanza un producto sin indicadores de desempeño. Ninguna inversión se sostiene sin métricas de retorno. Ningún proyecto serio avanza sin objetivos cuantificables. Medir no es una obsesión tecnocrática, sino una condición básica de supervivencia. En cambio, en el sector público, las decisiones suelen justificarse por intención y no por resultados. Se inauguran hospitales, pero no siempre se miden los resultados clínicos. Se amplían presupuestos educativos, pero rara vez se evalúa la mejora en calidad de aprendizaje. Se crean subsidios y empresas estatales, pero el debate gira más en torno a su existencia que a su eficiencia, la cual es clave, debido a que es ella la capacidad de lograr objetivos u obtener resultados deseados utilizando la menor cantidad posible de recursos (tiempo, dinero, energía, materiales). Implica optimizar procesos para maximizar la productividad y minimizar desperdicios, lo que se conoce como «hacer las cosas bien».

La no medición no es un detalle técnico. Es una cultura que tiene consecuencias funestas. Cuando no existen líneas base claras, cualquier gestión puede proclamarse exitosa, ya que cuando no hay indicadores públicos y verificables, la evaluación se convierte en vacuos relatos y narrativas, dado que cuando no hay datos confiables, el debate político se traslada del terreno de los hechos al terreno de las percepciones. Lo grave, muy grave es que las percepciones no generan desarrollo.

Tenemos que ser conscientes que las economías modernas compiten en información. Los países que avanzan toman decisiones basadas en evidencia., ajustan políticas cuando los resultados no acompañan, eliminan programas que no funcionan y escalan los que sí. El dato no es un lujo académico, sino el insumo estratégico más valioso del siglo XXI. Sin datos de calidad no hay política pública inteligente, sin evaluación de impacto no hay mejora continua y sin métricas no hay rendición de cuentas reales.

Pareciera que hemos normalizado imprecisión, imprecisión e improvisación. Se planifica poco, se evalúa menos y se corrige casi nunca. El costo de esa práctica no siempre es visible de inmediato, pero se acumula: recursos mal asignados, proyectos repetidos con los mismos errores, instituciones que aprenden poco de su propia experiencia.

El no medir definitivamente debilita y afecta en negativo la confianza. El ciudadano no solo quiere escuchar promesas; quiere ver resultados., mismo que en las sociedades modernas, se prueban con datos. No se trata de ideología sino de gestión. Un Estado que no mide su desempeño presupuestario difícilmente optimiza el gasto. Un sistema educativo que no mide resultados de aprendizaje no puede reformarse con seriedad. Un modelo económico que no mide productividad no puede mejorar su competitividad.

La verdadera reforma estructural que necesitamos no es solo política ni económica. Es cultural. Requerimos incorporar la evaluación como práctica obligatoria, no como excepción. Presupuestos basados en desempeño. Indicadores públicos accesibles. Evaluaciones independientes de impacto. Digitalización real de la gestión pública. Profesionalización técnica en la administración del Estado. Lo que no se mide, no se mejora. Y lo que no se mejora, inevitablemente se deteriora.

Lo pernicioso es que podemos seguir discutiendo relatos o empezar a discutir resultados. Seguir gobernando por intuición o empezar a gobernar por evidencia. Lo cierto es que, un país que no mide su realidad termina gobernado por percepciones. Y las percepciones, tarde o temprano, chocan con los hechos y no generan para nada ninguna clase de desarrollos. La pregunta no es quién gobierna, sino cómo se gobierna. Gobernar sin medir es, en el fondo, gobernar sin aprender.  Así que medimos para mejorar o seguimos desmejorados.

 *Ingeniera Industrial. Especializada en Proyectos de Desarrollo

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