Alfredo León Leyva*
La santería es la resultante de la unión de la religión católica con la cultura tradicional Yuruba; originada por la prohibición impuesta por los españoles a los esclavos africanos de profesar solo la religión católica. Originando la creación de esta parecida y con similitudes entre los santos católicos y los dioses africanos, y mezclas de costumbres europeas; santidades a quienes le oraron, pero pensando siempre en su religión original, engañando con tales a los españoles con sus prácticas religiosas.
Su origen se sitúa en el oeste de África, a los lados de toda la extensión del rio Níger, y desde finales del siglo XVIII y comienzo del XIX, mantuvieron conflictos bélicos con sus vecinos y entre ellos mismos, que originaron su caída y esclavización del pueblo Yuruba.
Entre 1820 y 1840, la mayoría de los esclavos yorubas traídos de África venían de Benín, estableciéndose en: Brasil, cuba, Puerto Rico, Haití, y Trinidad; en donde trabajaron como esclavos en las plantaciones de Caña de azúcar, sometidos a una vida de miseria humillante, y vejaciones que les permitieron practicar su propia religión.
En la forma como se saludaban entre ellos, Originado en el saludo que era en su propia lengua: “oluku mi”, y cuyo significado en castellano es: MI amigo, terminaron por llamarlos por tal los “Lucumi”.
Parecería que, entre la telaraña de crónicas de América de indias se halla la participación inglesa, mediante los planes de la masonería en la traída a estos territorios de tales sentires de la pasión del espíritu oprimido de esta fuerza laboral; la que creció durante dos siglos, para que los movimientos totalitarios lo adoptaran en su manual político como ideología a desarrollar, respaldados por la santería Yoruba.
Casi todas las dictaduras nacidas en “la plantación adentro” de centro, Sur América, y el Caribe todo, practicaron la santería; y fue moda que tales ritos oscuros con sacrificios se hayan llevado a cabo en los palacios presidenciales de todas estas naciones. Y hoy sabemos que Hugo Chaves realizó común tales ritos yorubas, recomendados por Fidel Castro que lo hacia él en Cuba, y como los practican hoy: Ortega en Nicaragua, Petro en Colombia, Sheimbaud en México, y por supuesto Díaz Canel en Cuba; y que tal vez lo hayan practicado en su tiempo de gobierno Allende, Bachelet y Boris en Chile; ó que quizá también así lo ejerció Cristina Fernández en su tiempo en Argentina. Esto en América no es nuevo, el mantuano ya conocía de estos ritos santeros, que San Martin nunca comprendió.
La música desde panamá trajo a Camilo Manríquez, campesino descendiente de los yorubas que fue bandera para toda Centroamérica en sus reclamaciones ancestrales, y que en aquellas épocas parecieron justas.
El Belisario Betancourt de Amagá en Colombia, trajo en 1981 el congreso mundial de Brujos; y vaya que furia espiritual del maligno provocó: más de 20.000 muertos en el desastre de Armero en el Tolima, donde la furia de los elementos descendió desde 5000 metros de altitud, para descender raudo y avasallador a su paso y borrar del mapa a poblaciones que dejó a su paso.
¿Qué es eso? De que si cargo unas “cinticas” de colores en mis muñecas, entonces no me entran las balas. Caramba. ¿Qué es esto? Solo santería yoruba. Todos los últimos presidentes electos de Colombia, antes de posesionarse van a la sierra nevada a ponerse sus “piticas” de colores en sus muñecas. De ello darán fe las fotos que pueden buscar en internet.
Siendo Niño pude saber de tales aseguranzas que se portan en las muñecas de las extremidades superiores, y en los tobillos de los pies; pues, en la calle de las cuarenta lenguas, en el barrio “el Cundí” en Santa Marta, siendo sábado en la mañana fui a ver el cadáver de un ultimado a bala que yacía tendido en el concreto de aquella calle chismosa.
Decían ahí los comentarios a voces: “le pegaron 34 tiros. Y 34 eran los que él había matado.” “Le dieron uno por cada muerto.”: afirmaban. Y al ver el caído, observé que en su brazo derecho portaba unas “piticas” de colores artesanales, que me parecieron entonces vistosas y curiosas. Alguien dijo: “Él era de la mano negra. “ “Y eso que tenía una aseguranzas por cada uno de los que él había asesinado. Había matado 34, y fueron 34 tiros que le dieron. Uno por cada muerto que se había echado encima”.
Desde ese día, no creo en las aseguranzas; no cargo, sino solo la ropa con que me visto. Pero si es cierto que los aquelarres espirituales traen consecuencia, y digo: pobre Nicaragua cuando echen afuera a esos demonios de Ortega y su esposa; y Colombia está en alerta por los conjuros y hechicerías practicadas por este régimen saliente. Hoy ya lo confirma Venezuela con el dolor que sentimos los colombianos al ver tal catástrofe de la naturaleza que parece antinatural; y aunque parezca este suceso natural, está encadenado con la echada afuera de esos demonios de Maduro y compañía.
Y rugió con un grito de gigante de siglos desde la entraña de la naturaleza, cobrando muchas vidas que duelen. Alejémonos de los altares Yuruba, y sin “cinticas de colores” en nuestros miembros: nos irá mejor. Escúchalo Abelardo, las mayorías no somos descendientes de los Lucumí.

