Por: Alba Patricia Cardona Zuluaga*
Hay personalidades que marcan generaciones con su carácter y su actividad social y política. Este es el caso de Florentino González (1805-1874), uno de los más importantes ideólogos liberales de los inicios de la República. Condenado a pena de muerte por su participación en la conjura del 5 de septiembre de 1828 contra Simón Bolívar, pasó a presidio solitario en la Cárcel de Bocachica, de donde partió después de meses de encierro a Caracas. Allí permaneció alrededor de un año y medio para regresar a Nueva Granada a respaldar el gobierno de Francisco de Paula Santander (1792-1840).
González fue abogado, profesor de asuntos constitucionales, periodista, escritor, representante a la cámara y diplomático. También participó en la organización del sistema de Hacienda (1836), fue promotor de la federación y artífice de la Constitución de 1858 que institucionalizó el proceso federativo emprendido desde 1848 con la descentralización administrativa y la provincialización de la Nueva Granada. González marcó la generación de jóvenes liberales que conformarían el núcleo radical que proclamó la Constitución de 1863. Con esto, dando vida a los Estados Unidos de Colombia; un dechado de buenas intenciones, pero de difícil aplicación dadas las condiciones de un país que, entonces, no terminaba de deshacerse de su herencia hispánica. Para así, abrazar sin preámbulos el liberalismo francés, el capitalismo inglés y los ideales federalistas norteamericanos.
Florentino González nos permite evidenciar los lazos culturales entre distintas realidades hispanoamericanas. La manera en la que sus realidades se entremezclaron sobre la base de las lecturas, de la itinerancia y de los contactos que propiciaron los hombres de letras. Hombres que ayudaron a consolidar una concepción de lo propio en relación con lo ajeno, dando pie a la creación de límites geográficos donde no existían fronteras culturales. El conocimiento que había adquirido González de las repúblicas surgidas de la destrucción de Colombia en 1831 le permitió, en 1848, hacer el “Ensayo sobre la situación actual de los Estados colombianos”. Allí sintetizó algunos rasgos de los tres países resultantes: Venezuela, Ecuador y Nueva Granada.
Del primero destacó el carácter heterogéneo de su población, la lucha entre demócratas y oligarcas y el papel de los caudillos en el quebradizo equilibrio político e institucional. De Ecuador subrayó la condición “ilotista” de los indígenas, sometidos a los vaivenes de los grupos en el poder, supeditados a los intereses dictatoriales de quien llamó el “extranjero”, el venezolano Juan José Flores (1799-1864). La parte final de su ensayo lo ocupó en analizar la organización de la Nueva Granada, el más homogéneo de los tres países según González. Habla también de la necesidad de preservar la Constitución y la República en medio del fervor faccioso que había ocasionado la ocupación de gobiernos alternativos, en lugar de proscripciones alternativas de los partidos “y una lucha constante de los vencidos contra los vencedores”.
Llama la atención en este documento la manera en la que el autor muestra las conexiones políticas, militares y sociales entre los tres países. Si bien quedaron separados administrativamente, los hilos entre ellos no alcanzaron a romperse y los vínculos culturales mantuvieron su intensidad. A veces se olvida que las guerras de Independencia no fueron proyectos insulares o territorialmente restringidos. El campo de operaciones se extendió desde Venezuela hasta Bolivia y aún quedan por explorar sistemáticamente las conexiones entre las campañas de Independencia del Sur (Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay) y las del Norte de Sur América. Además, la configuración republicana de estos países se dio sobre la base de los acuerdos y desacuerdos entre ellos, aspectos que fueron más intensos y vívidos de lo que comúnmente se piensa.
Florentino procuró en este ensayo demostrar cómo tres países, con tres historias aparentemente diferenciadas, pero con un pasado común, compartían una misma realidad que no podía ser escindida, puesto que los acontecimientos sucedidos en uno de ellos impactaban directamente en los demás. Las contiendas civiles no se contenían en las líneas fronterizas, sino que las traspasaban para implicar, en su frenesí, a las tres repúblicas. Este documento nos recuerda que, pese a la edificación de murallas políticas y enemistades inventadas, estos países crecieron juntos compartiendo órganos vitales.
Lo que era un hecho en el siglo XIX sigue siendo una evidencia empírica en el siglo XXI: Venezuela, Colombia y Ecuador están unidos por tejidos sutiles, cuyas tramas repercuten directamente en cada uno de ellos. González cerraba su artículo refiriéndose a la situación que en 1848 enfrentaban los tres países: en Venezuela la guerra “diezma la población y destruye la riqueza”, Ecuador vivía entre “oscilaciones peligrosas” y la Nueva Granada a la espera de elegir al “hombre que nos habrá de gobernar”. Las palabras con las que González demostraba “lo delicado de nuestra situación” a mediados del siglo XIX, parecieran mantener su vigencia y describir con precisión la situación actual que viven los tres estados.
Florentino González emigró al Perú en 1859, un año después viajó a Chile y de allí partió, siete años después, hacia Argentina, donde regentó la cátedra de Derecho Constitucional en la Universidad de Buenos Aires desde 1868 hasta su muerte ocurrida en 1875. Sus restos fueron repatriados en 1934.
*Historiadora. Magíster y Doctora en Historia. Profesora e Investigadora.

