dinhora luz sierra peñalver- Abogada. Columnista

Por: Dinhora Luz Sierra Peñalver*

Hay una edad en la que una mujer entiende que el territorio también puede doler. No porque lo rechace, sino porque lo ama sin ser correspondida.

En La Guajira, esa comprensión llega temprano. Llega cuando una joven descubre que el esfuerzo no siempre encuentra suelo firme; que estudiar, trabajar, esperar, no garantiza avanzar. Entonces aparece la pregunta: ¿me voy o me quedo?

Las que se van suelen hacerlo en silencio. Nadie se despide del todo cuando sabe que volver no depende solo del deseo. Se van con una mezcla incómoda de esperanza y culpa. Esperanza de construir una vida propia; culpa por dejar atrás a quienes sostuvieron la suya. Migrar es aprender a habitar la intemperie: ser extranjera en lo nuevo y, con el tiempo, también en lo que quedó.

Pero irse no es traicionar. A veces es una forma de sobrevivir sin desaparecer.

Las que se quedan también cargan su propio duelo. Se quedan porque alguien debe hacerlo, porque el cuidado sigue teniendo rostro femenino, porque en esta tierra amar suele significar renunciar. Se quedan a sostener casas frágiles, economías inestables, afectos que dependen de su presencia. Se quedan a administrar la escasez con una dignidad que rara vez se reconoce como valor público.

Quedarse tampoco es conformismo. Es, muchas veces, una forma de responsabilidad extrema.

La sociedad juzga ambas decisiones con ligereza. A las que se van se les exige gratitud eterna; a las que se quedan, paciencia infinita. A ninguna se le concede el derecho a decir: esto no debería ser así. Y cuando una mujer joven debe elegir entre su proyecto de vida y su sentido del deber, el problema deja de ser íntimo y se vuelve cívico.

¿Qué tipo de territorio somos cuando empujamos a nuestras mujeres jóvenes a marcharse para crecer, o a quedarse para cuidar? ¿Qué futuro colectivo puede construirse sobre el sacrificio silencioso de sus hijas?

La Guajira pierde cada vez que una mujer se va sin querer irse. Pierde inteligencia, energía, posibilidad. Y también pierde cuando una mujer se queda sin poder desplegar lo que es, sin que su talento encuentre cauce ni reconocimiento. En ambos casos, el costo es colectivo, aunque el dolor se viva en privado.

Tal vez el verdadero progreso no consista en celebrar a las que logran irse, ni en romantizar a las que resisten quedándose. Tal vez consista en construir un lugar donde elegir no sea un acto de culpa, donde la permanencia no sea una condena y la migración no sea un acto de supervivencia.

Hasta que eso ocurra, La Guajira seguirá siendo tierra de mujeres responsables, amorosas y capaces. Pero también de mujeres cansadas, y cuando el cansancio femenino se normaliza, el fracaso deja de ser personal y se convierte en una deuda cívica. 

*Abogada. Analista. Columnista

¿Cómo le pareció el artículo?
+1
2
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0

Por editor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *