Alfredo Leon Leyva -Ingeniero. Escritor. Columnista

Por: Alfredo León Leyva*

La brisa acariciadora de mi villa es única, diría que el creador la hizo así solo para que los natos nunca la olvidáramos; y de verdad que no se equivocó, pues es lo natural en todos los que nacemos por aquí, rodeados viendo por el este la más abrupta y alta montaña; y hacia el oeste: ese amplio verde esmeralda que embelesa en más en los atardeceres que iluminan el horizonte, con esa paleta de colores anaranjados que se ven solo aquí, cuando muere el sol. Y siendo en este marco de aquella pintura que se ha repetido por siglos, traje a mi memoria de una de las charlas tenidas con mi gran amigo ya fallecido, el historiador que compartía su saber con todos los que amábamos oírle: el sencillo y amable José Rafael Dávila Angulo. Recalco para que jamás se me olvide, el honor de recibir su cariño manifestado en miles maneras, triviales y especiales muchas, que en mi corazón por siempre guardo como preciado tesoro; y que hoy remito al infinito donde estás, éste sentido saludo con gran emoción para ti amigo. 

Escuchaba atento de ti entonces José, lo maravilloso que te pareció Bélgica en tu visita de vacaciones en 1936, llevado por tus tías las hermanas Noguera; y resaltabas la decencia y el buen vestir y vivir de todos en Europa, en tu decir pausado. Confieso que tal impresión de tantos detalles expuestos como si tu descripción fuese el resultado de fotos tangibles dadas por una cámara fotográfica a colores, que tallaron esa educación descrito aunque sencillo, pero si muy profesional; y el Rey Leopoldo y todos los belgas pasaron a ser admirados por tales relatos. 

A Santa Marta, venían buques belgas desde 1918, a cargar el banano que se exportaba por la gigante United Fruit Company, que hizo en esta época que todos en el mundo hablaran de la fiebre del oro verde; en concreto, tuve desde entonces un respeto único por la monarquía y el pueblo belga. 

Pero esto de la universalización de la información me trajo el motivo del recuerdo con la historia del retiro del centro de la ciudad de Amberes, de la estatua de Leopoldo II de Bélgica; en razón o circunstancia de que dicho emperador se le acusó en casos probados, de la amputación de más de dos millones de manos y la responsabilidad en la muerte de más de diez millones de negros en el estado libre del Congo, país entonces de su propiedad y el que en 1939 vendería a lo que hoy es la República Libre del Congo. El historiador estadounidense Adams Hochschild publica su libro en 1938: El fantasma del Rey Leopoldo, en donde hace responsable del holocausto africano a Leopoldo II, quien tenía un ejército privado de 19.000 hombres para ejercer la función de fuerza pública para el control de la explotación del caucho y del marfil en el Congo; llegando a ser el mayor proveedor para la fabricación de los cauchos y llantas para autos, motos y bicicletas en el mundo.

No todo lo de un hombre es malo, también se le reconoce acciones buenas y resaltables también. Leopoldo II dio a Bélgica la primavera económica que superó por muchos inviernos en tres décadas, la estabilidad a su posicionamiento económico en Europa, y aunque hoy le retiren su estatua del centro de Amberes, el mundo no puede olvidar que su actuar es propio de los seres humanos con yerros y aciertos, que nos confirman como mortales.

Desde este finito espacio donde aún se ven aunque raro, los vestidos de muselina y trajes de lino,  te saludo amigo por siempre hasta el infinito en tus recuerdos. 

*Ingeniero. Analista. Columnista

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