Por: José Guillermo Claros Penna*
La política, la verdadera, que no la politiquería, debe sernos un todo conveniente, convincente y deseable para la vida cotidiana. No es algo para ignorarla, ya que ella no nos ignora y está presente en lo salarial, en las oportunidades de empleo, en la educación, en la salud, en la seguridad de nuestras calles y hogares, en la posibilidad de emprender un negocio con confianza; y, además porque en gran medida mucho tiene que ver en el ámbito dentro del cual cada uno de nosotros debe intentar construir su propio destino.
La política debe preocuparnos y pasar a ocuparnos de ella. Interesarnos por ejemplo del comportamiento de la pobreza, analizar el por qué muchos de nuestros compatriotas viven con ingresos insuficientes para cubrir sus necesidades básicas y como muchos otros se encuentran en la pobreza extrema, incapaces incluso de asegurar una alimentación adecuada, lo mismo que tener en cuenta que detrás de esas cifras no hay porcentajes, sino personas. Loa más o menos afortunados sobreviven haciendo renuncias todos los días, postergando consultas médicas, suspendiendo el estudio de sus hijos, deteriorando su alimentación, dejan de reparar la vivienda porque el dinero no alcanza y así un muy largo etcétera. Los nada afortunados viven una más dura realidad, ya que no tienen la certeza de poder llevar un plato de comida a la mesa al final del día; y, claro es que ninguna sociedad produce cientos de miles de pobres por casualidad.
Son los pobres y es la pobreza que se sufre, el resultado en buena medida de decisiones tomadas desde el poder, algunas equivocadas, otras que nunca se tomaron y en las más, improvisación, incapacidad para corregir el rumbo; y, quienes han recibido la responsabilidad de administrar los sagrados recursos públicos terminan administrando prioridades muy distintas de las que necesita el país, lo que sería la verdadera dimensión de una buena política.
No se ha querido entender que gobernar no es solamente administrar un presupuesto, sino administrar oportunidades e influir positivamente en la vida de los asociados. Comprender que cada decisión acertada puede traducirse en inversión y empleo, que una mejor educación cambia el destino de generaciones, que una obra bien concebida transforma una comunidad y bien puede abrir oportunidades de cara al porvenir.
Pero vemos que casi siempre ocurre lo exactamente contrario, ya que el poder se ejerce con deshonestidad, con incompetencia, nadando en la cloaca de la corrupción, que no solo sustrae dineros, sino que roba escuelas que nunca se construyen, hospitales que permanecen inconclusos y empleos que jamás llegan a existir. De otra parte, la incompetencia también produce daños profundos. Un territorio puede empobrecerse, aunque nadie meta la mano, toda vez que vasta con que quienes toman las decisiones sean incapaces de comprender la realidad o de corregir a tiempo sus errores. En ambos eventos, corrupción e incompetencia, la factura termina afectando al ciudadano. Una razón más para no alejarnos, desconocer o despreciar la política.
Quienes de la política se desentienden, afirman quienes saben, terminan siendo gobernados por personas menos virtuosas, como bien lo confirma la historia. Y es que cuando los ciudadanos renuncian a participar, a vigilar o a exigir cuentas, el poder no desaparece, simplemente cambia de manos. Cuando dejan de exigir honestidad, capacidad y resultados, las decisiones públicas quedan en manos de quienes ya no sienten la obligación de rendir cuentas; y en consecuencia ello nos alcanza a todos de manera negativa, lo que determina que la pobreza nunca debería interpretarse únicamente como un indicador económico, sino como una realidad política.
Es señal la pobreza y mayormente su crecimiento, que el Estado deja de cumplir una de sus responsabilidades fundamentales; vale decir, crear las condiciones para que el esfuerzo, el talento y el trabajo de los ciudadanos tengan una posibilidad razonable de prosperar. Y si bien ningún gobierno puede garantizar el éxito de cada persona, todo gobierno tiene, al menos, la obligación de no destruir las oportunidades de millones de ellas. Ése es el verdadero sentido del poder en una democracia, puesto que los gobiernos no existen para servirse del ciudadano, sino para servirlo; razón de peso por la que los gobiernos no deberían juzgarse por la grandilocuencia de sus discursos, la intensidad de su propaganda ni por las intenciones que proclaman; sino por qué sus decisiones amplíen las oportunidades de los ciudadanos no las las reduzca y meno minimice bajo ninguna circunstancia, sado que finalmente la política no se mide por las palabras que pronuncian los gobernantes, sino por la calidad de vida que dejan a su gente.
Cuando como territorio sabemos que cientos de miles de personas han caído en la pobreza, no se está frente a una simple estadística, sino ante el resultado de decisiones que debieron haber sido tomadas con la responsabilidad debida, por cuanto gobernar no es solamente administrar el presente, sino decidir el futuro de ciento de miles de personas. En síntesis, tenemos que decir que la Buena política debe importarnos, habida cuenta que en ella está nuestro porvenir.
*Profesional en Ciencias Militares. Administrador de Empresas. Abogado. Master en Derecho Público. Candidato a Doctor en Derecho. Columnista

