JOSÉ MANUEL HERRERA BRITO- periodista y abogado

Por: José Manuel Herrera Brito*

La credibilidad importa para todos los efectos. Por ejemplo, cuando se hable de economía, solemos pensar en reservas internacionales, exportaciones, inversión o crecimiento; sin embargo, existe un activo mucho más difícil de medir y al mismo tiempo más determinante para el integral desarrollo de un país: su reputación, que es en esencia la suma de las percepciones que el mundo construye sobre una nación, aquello que hace que un inversionista decida apostar por un mercado, que un turista elija un destino o que una empresa encuentre puertas abiertas para exportar. definitivamente no aparece en los balances nacionales, pero influye en cada uno de ellos.

No se construye con campañas publicitarias ni con eslóganes ingeniosos, sino a partir de la coherencia entre lo que un país promete y lo que efectivamente ofrece. Se fortalece cuando existen instituciones previsibles, reglas claras, respeto a los contratos, capacidad de diálogo y una visión compartida de futuro. Y se deteriora cuando predominan la incertidumbre, la confrontación o los mensajes contradictorios.

Por todo lo cual, resulta craso errot pensar que la reputación nacional es responsabilidad única y exclusiva de los gobiernos, ya que también deben construirla las empresas que cumplen sus compromisos, los emprendedores que innovan, los académicos que generan conocimiento, los deportistas que representan al país, los medios de comunicación que informan con rigor y los ciudadanos que, dentro y fuera de nuestras fronteras, se convierten en embajadores cotidianos del país.

Cada exportación que llega a un nuevo mercado, cada empresa que apuesta por la formalidad, cada iniciativa que genera empleo y cada historia de éxito que trasciende nuestras fronteras aporta valor a esa riqueza invisible. Del mismo modo, cada señal de improvisación o conflicto erosiona un capital que toma años construir y apenas instantes destruir.

La discusión sobre nuestro futuro económico de suele concentrarse en reformas, inversiones o políticas públicas; y si bien todas son necesarias, existe una condición previa que las atraviesa y esta es la confianza, de ahí que ninguna nación atraiga oportunidades de manera sostenible si antes no genera credibilidad; razón por la que tiene que entenderse que la reputación del país no es un asunto de imagen, sino de desarrollo. No es un ejercicio de comunicación, sino una estrategia de productividad y de competitividad. Y no pertenece a un sector, a una región o a un gobierno de turno. Es un patrimonio colectivo.

Impone lo expuesto que al final la reputación del país tenemos todos que construirla todos los días, puesto que de ella dependerá en gran medida, nuestra capacidad para atraer las oportunidades que necesitamos. 

*saramara7@gmail.com

¿Cómo le pareció el artículo?
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0

Por editor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *