dinhora luz sierra peñalver- Abogada. Columnista

Por: Dinhora Luz Sierra Peñalver

Hay un cansancio casi imperceptible, una fatiga moral que no figura en las cifras oficiales, que recorre a Colombia como un viento tenue, pero persistente. Lo siento cada vez que camino por las calles de cualquier ciudad o pueblo; es el agotamiento silencioso de quienes llevan años intentando sostener una vida digna en medio de desigualdades que parecen eternas, precariedades que se multiplican como sombras y una informalidad que ha dejado de ser excepción para convertirse en norma.

No es un cansancio físico; es una extenuación del espíritu; una especie de duelo prolongado por aquello que, como país, aún no hemos logrado construir.

Y, sin embargo, Colombia continúa. Camina, se adapta, inventa soluciones, resiste; pero lo hace, demasiado a menudo, sin que las instituciones lo acompañen con la fuerza, la presencia y el compromiso que la dignidad humana exige.

La desigualdad en Colombia no solo se expresa en el ingreso o en la educación: aparece en la forma en que miramos el mundo. Para algunos, la vida es un proyecto que se despliega sin sobresaltos; para otros, una carrera de obstáculos diarios.

En muchos hogares, la precariedad no es un evento, sino un estado permanente. Jóvenes que alternan varios trabajos informales sin protección social; madres que sostienen familias enteras con un ingreso que depende del día, del azar, del clima; adultos mayores que, tras décadas de labor, se enfrentan a una vejez sin garantías.

Lo que en el lenguaje técnico se llama “informalidad laboral”, una cifra, una tendencia, una curva en un informe, tiene en realidad rostros, historias y silencios. Significa la vida sin contrato, sin prestaciones, sin respaldo. Significa trabajar sin saber si mañana habrá ingreso, o si la enfermedad o la edad significarán la expulsión definitiva del mercado laboral.

La desigualdad es más que una estadística, es una forma de fragilidad cotidiana.

La pobreza, en sus diversas formas, no solo limita la capacidad de consumo, restringe sueños, empaña proyectos, asfixia posibilidades. A veces pienso que la pobreza es una especie de muralla invisible que rodea a quienes la padecen, obligándolos a vivir en un territorio donde la esperanza es un recurso escaso.

Esa muralla se ensancha cuando la informalidad se vuelve estructural. Cuando una mujer trabaja doce horas vendiendo en la calle, sin descanso ni garantías; cuando un hombre recorre barrios enteros ofreciendo oficios que pocos pagan; cuando una familia completa vive de rebusques tan frágiles como la economía que los circunda.

Y, sin embargo, hay en ellos una dignidad admirable, la capacidad de levantarse día tras día para sostener a sus hijos, para no dejar que la adversidad destruya del todo aquello que aún los sostiene.

Pero la dignidad personal no puede seguir siendo la única tabla que impida el naufragio; el país necesita una estructura que respalde, no que observe.

Uno de los mayores riesgos que enfrenta Colombia hoy es la erosión de su cohesión social; no se trata solo de desigualdad económica, sino de una desconexión cada vez más profunda entre distintas realidades que coexisten sin tocarse.

Hay ciudadanos que viven atrapados en un ciclo de precariedad tan persistente que ya ni siquiera se sorprenden; otros, que transitan por entornos protegidos donde la crisis nacional se observa como un fenómeno distante, casi académico.

Cuando un país pierde la capacidad de reconocerse mutuamente, la idea misma de nación se diluye.

La cohesión social se quiebra cuando los problemas de unos dejan de ser considerados problemas de todos.

Y en esa fractura silenciosa se incuban resentimientos, frustraciones, desencantos colectivos que luego irrumpen con fuerza inesperada.

A veces me preguntan dónde encuentro esperanza para seguir escribiendo sobre estos temas sin ceder al cinismo. Y siempre respondo lo mismo, la encuentro en la gente, en su capacidad de resistir, de inventar, de transformar pequeñas parcelas de realidad con gestos contundentes: enseñar, cuidar, servir, emprender, compartir.

Pero la esperanza ciudadana, por sí sola, no basta; se necesita un Estado que la acompañe con coherencia; se necesita liderazgo político que piense en generaciones y no en ciclos electorales; se necesita que las decisiones públicas dejen de ser reacciones a la emergencia y empiecen a ser apuestas de país.

Reducir la pobreza no es una operación matemática, es una decisión moral; disminuir la desigualdad no es un programa técnico, es un proyecto de justicia; combatir la informalidad no es un trámite, es una exigencia de dignidad.

Colombia no puede seguir avanzando como lo ha hecho hasta ahora, con una parte del país a paso firme y otra obligada a caminar descalza sobre piedras.

Las naciones que prosperan son aquellas que logran llevar a todos sus ciudadanos consigo, no solo a quienes tienen la suerte de estar en el lado iluminado de la historia.

Un país no se mide por la riqueza de quienes triunfan, sino por la dignidad de quienes luchan cada día para no caer. Y Colombia solo será una nación plena cuando la vida deje de ser un privilegio para convertirse, por fin, en un derecho común. 

*Abogada. Analista. Columnista

¿Cómo le pareció el artículo?
+1
3
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0

Por editor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *