Por: Miguel Enrique Bayter Bechara*
La justicia siempre fue un concepto excesivamente ceremonioso y austero; se administraba con suma rectitud y objetividad; con una deliberada distancia frente a la emoción. Esa distancia no era frialdad, era respeto. Hoy, sin embargo, la justicia ha abandonado el recogimiento y se ha lanzado a la plaza pública, donde ya no se razona, solo se aplaude o se apedrea.
Los procesos judiciales se han transformado en relatos; pero, aquí empieza el gran problema, no en relatos jurídicos, sino en narraciones morales simplificadas, diseñadas para circular con rapidez y provocar adhesiones inmediatas. El expediente ha sido desplazado por el titular; la prueba, por la sospecha y la sentencia, por el rumor. Cuando el juez finalmente decide, lo hace bajo la sombra de una condena previa dictada por una multitud invisible pero implacable.
Y es que paralelamente a los tribunales legalmente establecidos, existe otro que no tiene rostro ni reglas. Uno peligrosamente instituido que se manifiesta en redes sociales; que opera con fragmentos y se alimenta de la indignación. Ese tribunal so exige certeza, si acaso coherencia emocional. El acusado no comparece a rendir explicaciones, solo es expuesto sin pudor y, rara vez, se le concede el beneficio de la duda, porque la duda no produce clics.
La presunción de inocencia, gran conquista civilizatoria, se ha convertido en un estorbo. Se la tolera en abstracto, pero se la repudia en la práctica. La lógica es simple y peligrosa, si muchos lo creen, debe ser cierto; si es cierto, debe castigarse de inmediato.
La presión no es menor para quienes juzgan. El juez contemporáneo ya no decide solo con base en el derecho, sino también bajo el escrutinio permanente de una opinión pública que exige rapidez y severidad. Algunos resisten; otros se adaptan. En ambos casos, la independencia se erosiona, no por órdenes directas, sino por el temor a la deslegitimación.
El silencio judicial, que antes era garantía de imparcialidad, hoy se interpreta como sospecha. Explicarse demasiado compromete; callar resulta imperdonable. En ese equilibrio imposible, la toga pierde su autoridad simbólica.
La prensa, llamada a informar, no siempre distingue entre revelar y anticipar la sentencia. La filtración sustituye a la investigación y la espectacularización al contexto. Se confunde el interés público con el interés del público, una distinción que debería ser obvia y que, sin embargo, se diluye con facilidad.
No se trata de negar el control social sobre la justicia, sino de advertir que una justicia sometida al aplauso deja de ser justa. El proceso no puede competir con la inmediatez sin traicionarse.
Cuando la justicia se convierte en espectáculo, pierde su razón de ser; deja de ser un espacio de racionalidad para convertirse en un escenario de catarsis. Grave asunto; una sociedad que reemplaza el derecho por la emoción termina aceptando la arbitrariedad como norma.
La justicia no está hecha para tranquilizar conciencias ni para satisfacer multitudes; está hecha para decidir con rigor, incluso cuando esa decisión resulta impopular. Todo lo demás hace parte del absurdo.
La justicia no fue concebida para competir con el espectáculo, ni para ganar aplausos. Su dignidad reside, precisamente, en su capacidad de resistir la urgencia del instante. Cuando renuncia a esa vocación y se deja arrastrar por la lógica del espectáculo, deja de ser justicia y se convierte en un reflejo más del ánimo colectivo, voluble y cruel.
Una sociedad que acepta juicios sin proceso y condenas sin sentencia no está más informada, está más expuesta; y cuando el derecho se subordina a la emoción del momento, la justicia no se debilita solamente en los tribunales; se erosiona en la conciencia de todos. Porque el día en que el escarnio sustituye a la ley, nadie puede estar seguro de no ser el próximo lapidado en la plaza pública.
*Abogado. Especializado en Derecho Comercial. Analista. Columnista

