Por: Juvenal Infante*
Es imperativo persistir en el análisis de la delicada situación cubana -que ya puede estar entrando en su fase final-, pues su desenlace resulta crucial para el devenir de América Latina. Admito que, aunque conozco mucho el mundo y he estudiado las grandes potencias que en su momento abrazaron el comunismo, nunca he viajado a Cuba. Tal vez fue una falla, pero nunca me llamó la atención hacerlo.
No obstante, calculo que esa distancia permite observar con mayor nitidez la anomalía de un sistema que, a diferencia de otros procesos históricos, se estancó en la preservación de una élite a costa de un pueblo cruelmente oprimido.
Durante más de seis décadas, el castrismo invadió ideológicamente a América Latina, provocando en el hemisferio una infección que distorsionó la realidad política y social en una magnitud que ya es imposible ocultar. Lo que hoy se observa no es solo el colapso de un modelo económico fallido desde su nacimiento, sino el ocaso de la epidemia que agobia al continente: el resentimiento social que Fidel Castro contagió como arma de control.
Pienso que, para comprender la real magnitud de los agravios infringidos al subcontinente, es necesario entender que el proyecto de Fidel nunca buscó la justicia social ni el progreso de los cubanos, sino el poder absoluto sobre la isla. Su figura, marcada por una mitomanía ilusoria compulsiva y una condición siquiátrica que privilegiaba su narcisismo sobre cualquier lealtad, erigió un modelo de dictadura personalista absoluta bajo el manto de un idealismo torcido.
A esa condición se sumó su faceta de encantador de serpientes. Gracias a una calculada teatralidad, fruto de su mezcla de naturaleza gallega y caribeña, y a un verbo irresponsable pero hipnótico, Castro logró convertirse en un líder carismático que sedujo a medio mundo. Fue ese magnetismo el que le permitió captar a Hugo Chávez, quien se convirtió en el salvavidas providencial que rescató al régimen de la inopia tras el desplome de la Unión Soviética. Su historial lo revela como un hombre despiadado, traidor consumado, capaz de sacrificar incluso a las figuras de su círculo más íntimo -como sucedió con el Che Guevara- para eliminar cualquier sombra que amenazara su control total.
Bajo esta lógica, la equidad fue solo un pretexto para el despojo. El objetivo nunca fue elevar el nivel de vida general, sino garantizar que, en el falso dilema de «todos en la cama o todos en el suelo», la mayoría yaciera en el suelo para que la nomenclatura represiva pudiera seguir en el confort de las sábanas.
Magníficos literatos cubanos contemporáneos, como Leonardo Padura en su magistral «El hombre que amaba a los perros«, transmiten con maestría esa angustia acallada de un pueblo que sobrevive entre las ruinas de una leyenda que nunca le perteneció.
En este febrero de 2026, el entramado del rencor se desmorona frente a la evidencia de su propia ineficiencia. La disposición de Miguel Díaz-Canel para «dialogar» con Washington -mientras Alejandro Castro Espín negocia en secreto en Ciudad de México la compra de petróleo estadounidense y un mejor entendimiento- constituye la confesión de una quiebra que ya no puede tapar lo inocultable. El régimen busca oxígeno porque el engaño se agotó y sus antiguos patrocinadores operan bajo una indiferencia realista que no admite deudas ideológicas.
Creo firmemente que el buen pueblo cubano ya no puede más; lo ha dado todo, no le cabe más sufrimiento e indignidad. El mundo no puede seguir haciéndose de la vista gorda ante los once millones de seres que viven en la más abyecta situación de calamidad colectiva. Existe la certeza de que la comunidad internacional sabrá entender que esa sociedad merece libertad y, por fin, consideración y respeto por parte del resto de la humanidad.
Al igual que sucedió con la división alemana tras la guerra, Cuba no ha sido fragmentada en dos Estados, pero su pueblo sí. Resulta fundamental plantear hoy la reunificación de una nación separada despiadadamente por un ideal perverso. Es imperativo exigir que los hermanos en el exilio, aquellos llamados despectivamente «gusanos», regresen a su patria de origen para acompañar a los suyos en el camino del bienestar y la prosperidad, y conducir a la noble nación cubana hacia elecciones libres y democráticas, donde el exilio tenga el derecho pleno a elegir y ser elegido. Eso es lo que significa la reunificación del pueblo cubano. Solo así, para satisfacción y reivindicación del mundo entero y como ejemplo para América Latina, Cuba recuperará todo lo perdido en estos aciagos 67 años de la dictadura más indolente de la historia hemisférica.
*Economista. Analista Internacional

