MIGUEL-BAYTER-BAYTER. Abogado

Por: Miguel Enrique Bayter Bayter*

He aprendido, no sin cicatrices, que la ingratitud es la flor más frecuente del jardín humano. Brota sin que uno la siembre, se alimenta del afecto que dimos y crece, insolente, entre las ruinas de la confianza. Es una flor venenosa que perfuma el aire mientras envenena el alma.

Me tocó vivirla de cerca, con nombres, con rostros, con historias que alguna vez creí eternas. Personas a quienes les tendí la mano cuando el mundo les daba la espalda, me pagaron con el arte supremo del olvido. Y no cualquier olvido: el que se disfraza de indiferencia, el que sonríe y dice “yo no te debo nada”.

La ingratitud es el oficio de los cobardes. Es la diplomacia de los miserables. Es la traición en su versión más educada, más perfumada, más hipócrita. El ingrato no apuñala; te sirve café, te da palmaditas en el hombro y te despide con un “cuídate mucho”. Pero ya ha cavado tu tumba en su memoria.

Y cuando llega la traición —porque siempre llega—, uno entiende que el traidor y el ingrato son gemelos: nacen del mismo vientre podrido de la conveniencia. El traidor, al menos, tiene el descaro de actuar; el ingrato, en cambio, te mata con lentitud, a punta de silencios y ausencias.

Lo más curioso es que no duele el hecho, sino el descubrimiento. Saber que quien ayer te llamaba hermano hoy no recuerda ni tu voz. Que quien comió de tu mesa hoy habla de ti con la boca llena de desprecio. Y uno, que no nació para odiar, se debate entre la rabia y la vergüenza ajena.

Yo, por mi parte, he decidido perdonar. Pero no olvidar. Porque el olvido sería una forma de permitirles volver. Y no, que el cielo me libre de reincidir en la confianza de los desleales.

La vida, con su ironía acostumbrada, siempre pone las cosas en su lugar. El ingrato termina solo, rodeado de su propio eco; el traidor, condenado a desconfiar hasta de su sombra. Mientras tanto, uno sigue adelante, con la frente limpia y la conciencia tranquila, sabiendo que el bien que se hizo no se pierde, aunque el destinatario lo haya pisoteado.

En el fondo, la ingratitud y la traición son elogios invertidos. Solo traiciona quien no soporta la grandeza de aquel a quien traiciona. Solo es ingrato quien, frente a la bondad ajena, se siente humillado. Y es que no todos saben recibir amor sin resentirse; algunos prefieren morder la mano que los alimentó antes que aceptar que fueron salvados.

Así que, a todos los ingratos y traidores que me crucé en el camino, gracias. Gracias por enseñarme que la lealtad es un lujo, y que la nobleza, aunque solitaria, sigue siendo la única forma decente de caminar por el mundo.

 *Abogado. Analista. Escritor. Columnista

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