Por: Ethel Carolina Cerchiaro Figueroa*

La cultura, es entre otras acepciones, nos dice la UNESCO, es el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales, materiales y afectivos que caracterizan una sociedad o grupo social, cuyo contenido cultural, tiene que ver con el sentido simbólico, la dimensión artística y los valores culturales que emanan de las identidades culturales que las expresan. Modernamente, se dice de ella que es la definida por el predominio de la tecnología, y de los intereses económicos y militares a ella ligados, no puede sobrevivir sin una siempre despierta imaginación crítica y utópica. Carolyn Taylor, nos la señala como lo que las personas crean a partir de los mensajes recibidos acerca de cómo se espera que se comporten.

La cuestión del porqué la cultura está siendo la que es en un país, una institución, ciudad, empresa, familia o una organización, radica en los mensajes que emanan de tres grandes fuentes: los hábitos colectivos, los símbolos y los sistemas. Los unos son los comportamientos repetidos y generalizados; lo que las personas hacen refleja lo que las personas valoran de verdad. Los otros, las situaciones o decisiones visibles a los cuales les atribuimos un significado y que implican generalmente en qué invertimos recursos y los restantes, los mecanismos y procesos de gestión que se enfocan a guiar, desarrollar, medir y recompensar los comportamientos que están alineados a la cultura.

Razones las dichas que deben tener en sus cuentas conductores de pueblos y líderes en general, toda vez que la sociedad los mira, observa, admira y sigue, siendo los mayores impulsores de cambio cultural. La gente aprende de ellos y los imita. De allí que su comportamiento produzca lo que se denomina un efecto dominó, imparable en el cuerpo social. Los líderes familiares, sociales, empresariales, políticos, deportivos, todos, son ejemplo para una lucha contra la corrupción y por ende están llamados a ser ejemplos de integridad, honradez y honestidad, con lo que se puede apuntar a que la cultura sea una ventaja y no obstáculo para el progreso, lo que impondrá que realmente las cosas cambien en los gobiernos, las instituciones, las empresas y las familias, en beneficio colectivo. Como personas de bien nos toca identificarnos con este propósito y apoyarlo, modificando los símbolos y sistemas que fraguan los valores de la integridad, honradez y honestidad: la educación y la sensibilización en familias, escuelas, colegios, universidades, empresas e instituciones privadas y públicas, la promoción y la retribución por el comportamiento alineado a estos valores; la sanción y el castigo ejemplificador ante los comportamientos alejados de estos valores; la cero tolerancia social a las personas corruptas, la información, el control y trasparencia de los actos a todo nivel; la asignación de claras responsabilidades y buenas prácticas en todo tipo de organización. ethelcerchiaro@hotmail.com *Administradora Financiera. Especializada en Gerencia Pública

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