Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez*

Demagogia es dominación tiránica del pueblo; empleo de halagos, falsas promesas que son populares pero difíciles de cumplir y otros procedimientos similares para convencer al pueblo y convertirlo en instrumento de la propia ambición política; estrategia utilizada para conseguir el poder político, que consiste en apelar  prejuicios, emociones, miedos y esperanzas del público para ganar apoyo popular, frecuentemente mediante el uso de la retórica, la desinformación, la agnotología o propagación de la ignorancia; y, la propaganda política.

Un demagogo es quien se desenvuelve como representante o dirigente político, y cuya actitud busca ganar el apoyo de las personas que lo escuchan y siguen. Pone en práctica la demagogia, referida a un tipo de acción política que busca manipular y complacer a un grupo de personas por medio de discursos poco claros y promesas que, generalmente, no son cumplidas. Se apoya en un grupo de especialistas que se valen de diversos recursos históricos, políticos, económicos y sociales para determinar las estrategias a seguir, incluso, psicológicas y dramáticas, que le permitirán ganar la confianza de los ciudadanos. Manipula la opinión de las personas. De esta manera es más fácil acercarse a la población y guiarla hacia una dirección en particular que lo lleve alcanzar el poder político. Su búsqueda incesante.

Acostumbran a realizar campañas electorales en las que expone un conjunto de cualidades como la honestidad, el compromiso social y el sentido de pertenencia que las personas desean ver en un dirigente político; asimismo, presenta una lista de propuestas y planes que pretende desarrollar a futuro en función del bienestar común, sin embargo, se convierten en promesas vacías porque no se llevan a cabo; lo mismo que emplea argumentos bien definidos que, aunque partan de promesas falsas, buscan manipular los sentimientos de las personas para utilizarlas en beneficio propio y llegar al poder. Siempre el poder.

Luego de alcanzar el objetivo, en lugar de continuar con un proceso democrático, instaura un régimen autoritario bajo el cual sigue manipulando la opinión de los ciudadanos aplicando diversas estrategias de la demagogia, como cansados estamos de verlos; de ahí que debamos andarnos con cuidado, ya que convendrá siempre protegernos de los “iluminados”, que prometen la redención y acaban llevando a la gente a la servidumbre, su servidumbre.

Tienen que ver demagogia y demagogos, con el populismo (van de la mano las más de las veces) y sus numerosas y variadas actuales manifestaciones, al ser un concepto difuso, aplicable a sujetos, partidos o movimientos que beben de tradiciones políticas muy distintas y cuyo único común denominador parece ser la supuesta defensa de los intereses del pueblo, de la nación, de la gente, ante la oligarquía o élites corruptas, asociadas a los males de la globalización que en las fantasías conspiracionistas obedecerían al plan urdido por una minoría perversa para someter a la humanidad y explotarla en su beneficio.

El fenómeno forma parte de la consabida retórica revolucionaria, pero también o por lo mismo, articula directamente con los fascismos históricos, dirigidos por caudillos que se preciaban de encarnar la voluntad de las masas. No es que no existan las oligarquías y las élites corruptas, pero la solución nunca pasa por recurrir a recetas salvadoras. En demasiadas partes del mundo, el resentimiento no injustificado de amplios sectores de la población, la recurrente pulsión nacionalista y la nostalgia de los liderazgos fuertes están alumbrando opciones híbridas que intentan superar la acostumbrada división entre izquierdas y derechas, una inquietante deriva, ya ensayada en los años veinte del siglo pasado, que reúne a los enemigos de las democracias con un sencillo programa cuyo principal o casi único objetivo es la defensa de la identidad en peligro.

Del tradicionalismo reaccionario toman el rechazo de la modernidad, expresado en la reivindicación de los valores vinculados a la familia, la religión o la patria. De otras variantes, la exaltación de la clase trabajadora y la denuncia de los desafueros no inventados del capitalismo o la plutocracia. No existe confluencia real entre fuerzas que no responden a un único modelo de contestación, pero signos hay de que la eventual alianza de aparentes contrarios, en principio poco probable, podría traducirse en mayorías como las que en otro tiempo cerraron los parlamentos y prescindieron de los derechos y libertades de los que carecen los regímenes autoritarios.

Combinan con habilidad pasmosa el antaño decir de la sangre y el suelo con ingredientes de la nueva mercadotecnia, lo que aumentado su ascendiente más allá de los círculos ultras, lo que obliga como sociedades libres que somos, no caer en su trampa y no seguir errando, lo que sucederá si apuntamos el riesgo en una sola dirección, sin comprender que los demagogos no sólo se retroalimentan, sino que forman parte de una misma amenaza. *Abogado. Especializado en Gestión Pública.

E.Mail: saulherrera.h@gmail.com

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