Periódico El Derecho

Homenaje al grande escritor francés en los 150 años de su natalicio.

Nace Marcel Proust el 10-JUL-1871 en una familia adinerada y culta. Su padre, Adrien Proust, fue un eminente médico católico, y su madre, Jeanne Clémence Weil, judía, pertenecía a una familia de prósperos comerciantes. Intimó desde pequeño con la alta burguesía y la aristocracia, y su interés por comprender estos dos grupos sociales era tal que en su obra cumbre, En busca del tiempo perdido, los caracteriza. Fue agnóstico. Su relación con el judaísmo y la homosexualidad fueron fuente de profundas interrogaciones, siendo el primer novelista que abordó con rigor el asunto de la homosexualidad. El amor de su vida fue el compositor francés Reynaldo Hahn. Tenía fama de ser un diletante acaudalado, un mundano y un esnob. Su obra es eminentemente reflexiva y, en su enorme cultura, se percibe la influencia de Henri Bergson, de quien era primo político y recibió algunas clases de filosofía. Murió de bronquitis el 18-NOV-1922. Está enterrado en París en el cementerio de Père-Lachaise.

En busca del tiempo perdido (1913-1927), absorbió sus mejores años de actividad intelectual hasta su muerte y constituye su obra maestra. Inmensa en todos los sentidos. Tardó 16 años escribiéndola y sólo después de su muerte se publicaron los últimos tres volúmenes de los siete que la componen. Sintetiza esta novela su vida sin ser una autobiografía y está erigida sobre una inquietud existencial del protagonista y del autor que los lleva a un proceso de aprendizaje de sí mismos. Proust hace parte de los intelectuales que a inicios del XX, tanto en la literatura como en la filosofía, se consagraron a explorar la angustia existencial.

Desde el inicio de la novela, el narrador se interesa por la temporalidad del mundo onírico. Entre el sueño y el despertar descubre que la orientación en el aquí y el ahora no es tan evidente como podría creerse, y que a cada instante estamos caminando sobre los terrenos movedizos de nuestra memoria. Proust muestra así que el ser humano puede llegar a convencerse que vive en el entorno presente que cree percibir en el aquí y el ahora, perdiendo de vista la sucesión lógica de causa y efecto que debería desprenderse del pasado reciente. En otras palabras, si una persona de edad madura, luego de dormir, llegara a despertarse en algún escenario de su infancia, creería que es el niño de aquel entonces y olvidaría que antes de ese despertar se había quedado dormido siendo adulta.

Entiende así que cada ser humano es un conglomerado de identidades sucesivas, las cuales, entre más lejos estén del presente, se van adormeciendo conforme pasa el tiempo, pero que siguen latentes. Es en este punto en donde se entiende cómo y por qué el personaje Marcel asocia inconscientemente a su sentimiento de abandono existencial originario los rostros de los seres amados que irá conociendo a lo largo de los años, pues en el fondo no es capaz de aceptar que está solo en el mundo. Buscando siempre responsabilizar a alguien de ese sufrimiento, nunca perdonará del todo a su madre por haber quebrantado la rutina del beso nocturno en su infancia.

No obstante, el narrador irá comprendiendo que no sólo nunca fue abandonado, sino que la idea del amparo de la madre fue un espejismo infantil de compañía con el cual trató de camuflar su condición de soledad radical. Y es siguiendo esta misma lógica que los enamoramientos entran en escena en los siguientes volúmenes de la novela, como transfiguraciones de la ilusión del amparo y el abandono maternos.

De este modo, el lector asiste al fracaso de todas las relaciones amorosas de los tres personajes principales de la novela quienes, estimándose felices al principio de sus amores, comprueban con el tiempo la decadencia y la muerte de sus pasiones. Lo que aparece claro al final del enamoramiento es la incomprensión absoluta, por parte del otrora enamorado, de la realidad del que fuera el ser amado, porque a la larga nunca se busca entender al otro, sino que, sin ser conscientes de ello, usamos nuestra imaginación para crear un personaje ficticio con el cual tratamos de apaciguar el sentimiento de desamparo existencial que nos embarga inconscientemente. En la concepción de Proust, el enamoramiento traduce el afán por engañarnos, por hacernos creer a nosotros mismos que el amante del momento podrá ocultar ese desamparo radical; pero el joven Marcel descubrirá que ningún ser humano, por más bello y lleno de virtudes que sea, podrá jamás suprimirlo. Por eso el ser amado es, a los ojos del enamorado, esencialmente un ser de fuga, porque nunca se podrá perder lo que nunca se ha tenido.

Dicho esto, es en medio del conocimiento del desengaño que aparece el tiempo redentor en la novela, el llamado “tiempo puro” o “tiempo recobrado”, perseguido por el narrador durante toda su vida, y solamente accesible a través de tres portales: el primero, lo constituyen las circunstancias contingentes e impredecibles de la vida, que logran convocar en el individuo recuerdos que su memoria voluntaria había olvidado por completo. El despertar de la memoria involuntaria está ilustrado en la novela mediante el célebre episodio de la magdalena, biscocho cuyo sabor resucita un yo y un mundo pasados del narrador que creía aparentemente muertos; el segundo portal es el ámbito enigmático y también impredecible de los sueños. Y el tercer portal es el arte, instancia de acceso voluntario y predecible que permitiría la única comunicación verdadera entre los hombres, como lo ilustran estas palabras de El tiempo recobrado: “Solo mediante el arte podemos salir de nosotros mismos, saber lo que ve otro de ese universo que no es el mismo que el nuestro, y cuyos paisajes nos serían tan desconocidos como los que pueda haber en la luna.

 Gracias al arte, en vez de ver un solo mundo, el nuestro, lo vemos multiplicarse, y tenemos a nuestra disposición tantos mundos como artistas originales hay, unos mundos más diferentes unos de otros que los que giran en el infinito …”. «Solo mediante el arte podemos salir de nosotros mismos, saber lo que ve otro de ese universo que no es el mismo que el nuestro, y cuyos paisajes nos serían tan desconocidos como los que pueda haber en la luna. Gracias al arte, en vez de ver un solo mundo, el nuestro, lo vemos multiplicarse, y tenemos a nuestra disposición tantos mundos como artistas originales hay, unos mundos más diferentes unos de otros que los que giran en el infinito».

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