Guillermo de la oz CARBONÓ- Abogado. Economista. Profesor de Teoría Económica

Por: Guillermo De  la Hoz Carbonó*

Hay ciudadanos que ganan poco y viven con orden, y otros que ganan mucho y viven en angustia permanente. La diferencia no está en la cifra sino en la estructura mental. No es solo cuánto entra, sino cómo pensamos el dinero. Hace unos días un amigo, lo llamaré Rafico, terminó el mes con un déficit cercano a diez millones de pesos. Estaba desesperado. La serenidad vino de donde menos lo esperaba: su hija universitaria, que recibe una mesada fija, estudia dos carreras y administra su dinero con la misma rigurosidad con la que administra su tiempo. No le dio un sermón; le mostró su presupuesto. En economía eso tiene nombre: asignación racional de recursos escasos.

El ingreso -sea salario, pensión o mesada- es un flujo. Y todo flujo necesita cauce. Cuando no hay cauce, hay desbordamiento. Colombia no es un país de ingresos abundantes; es un país de decisiones financieras improvisadas. El problema no es únicamente macroeconómico; es de economía conductual. Como enseña Morgan Housel en La psicología del dinero, el éxito financiero depende menos de lo que sabes y más de cómo te comportas.

Hace algún algunos años, conversando con el eminente médico y psicoanalista cienaguero en Bogotá, Teofilo Hanni Abbugatas, (q.e.p.d), me decía que muchas dificultades económicas no nacen en el bolsillo sino en la estructura psíquica. Hablaba de rasgos compulsivos —que buscan alivio inmediato comprando—, de estructuras histéricas —que necesitan reconocimiento social a través del consumo—, de perfiles obsesivos —que temen tanto perder que a veces paralizan decisiones— o incluso de rasgos narcisistas que equiparan gasto con estatus. No se trataba de etiquetar a nadie, sino de entender que el dinero es también un síntoma. Si me conozco, administro mejor. El autoconocimiento puede ser una herramienta financiera tan poderosa como una hoja de Excel.

En el centro de cualquier estabilidad económica doméstica hay diez principios que no son moda ni teoría sofisticada, sino práctica elemental: 1. El ingreso es responsabilidad, no libertad automática. 2. El presupuesto debe escribirse, no pensarse. 3. El ahorro se separa primero, no al final. 4. El fondo de emergencia precede a cualquier inversión. 5. Toda compra no urgente debe esperar al menos 24 horas. 6. No se premian emociones con endeudamiento. 7. La deuda de consumo erosiona el futuro. 8. La educación financiera es inversión, no gasto. 9. El orden del tiempo fortalece el orden del dinero. 10. El presupuesto se revisa y ajusta cada mes.

Estos puntos no son teoría abstracta. Son defensa personal frente al mercado. Vivimos en una economía diseñada para estimular el deseo inmediato: tarjetas de crédito fáciles, cuotas “pequeñas”, promociones irresistibles, ofertas “a cero interés” que trasladan el costo al futuro. El consumo compulsivo —especialmente el que sirve para aliviar estrés— es una forma costosa de anestesia emocional. Aplazar una compra un día puede evitar una deuda de un año. La economía conductual lo explica con claridad: el cerebro valora más el placer inmediato que la estabilidad futura. Prestar dinero para una fiesta o endeudarse para aparentar en carnaval son ejemplos cotidianos de esa distorsión.

Para quienes quieran profundizar, hay textos accesibles en español y fáciles de conseguir en Colombia: La psicología del dinero de Morgan Housel; Pequeño cerdo capitalista de Sofía Macías, práctico para jóvenes; y Padre rico, padre pobre de Robert Kiyosaki, discutible en algunos puntos pero útil para entender la diferencia entre activos y pasivos. Ninguno reemplaza el sentido común, pero todos ayudan a construir criterio.

Muchos jubilados afirman cada mes que el dinero no alcanza. A veces es cierto. Pero otras veces el problema no es el monto sino la estructura del gasto: ayudas familiares sin límite, gastos hormiga invisibles, compras impulsivas. Un ingreso fijo exige una arquitectura fija. La estabilidad no proviene de ganar más, sino de decidir mejor qué comprar y qué no.

La hija de mi amigo Rafico no descubrió ninguna fórmula secreta. Solo entendió que el recurso más escaso no es el dinero: es la disciplina. Y quizás también comprendió algo más profundo: que ordenar las finanzas es una forma de ordenar la mente.

La economía nacional puede crecer o contraerse; el salario puede subir o perder poder adquisitivo. Pero la administración personal depende de nosotros. La libertad financiera no es riqueza ostentosa. Es dormir tranquilo a final de mes. Y esa tranquilidad no se improvisa.

 *Abogado. Economista. Analista. Docente Universitario. Columnista

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