MIGUEL-BAYTER-BAYTER. Abogado

Por: Miguel Enrique Bayter Bayter*

Las recientes consultas de la izquierda colombiana han sido una bofetada para quienes confiaban en el desgaste del Gobierno como un hecho consumado. Contra todo pronóstico —y desafiando el sentido común— el petrismo ha demostrado que su poder no es un accidente, sino un sistema. Un sistema que se nutre del caos, lo administra y lo convierte en energía política. Mientras los opositores contaban los días para su derrumbe, el Gobierno, entre escándalos, improvisaciones y crisis de seguridad, consolidó su voto duro y exhibió una musculatura que dejó pasmados incluso a sus detractores más curtidos.

Negar el éxito del Pacto Histórico sería tan absurdo como negar el amanecer. Pero reducirlo a un fraude es un consuelo para ingenuos. Las urnas no mienten: el país, con todas sus frustraciones, aún percibe en Petro una estructura coherente frente a la fragmentación de sus adversarios. Las lágrimas de la derecha no reemplazan la estrategia; la política, como la guerra, no premia a los que se lamentan, sino a los que se organizan.

El rostro natural de la continuidad del proyecto es Iván Cepeda. Discreto, doctrinario, y con la mística de quien lleva décadas rumiando resentimientos históricos, Cepeda encarna la línea pura del petrismo. Su reto será sobrevivir a la consulta del Frente Amplio —prevista para el 8 de marzo, si no se derrumba por aburrimiento— y luego abrirse paso en las urnas de mayo y junio. Si sale bien librado, la izquierda tendría candidato, relato y maquinaria. Todo lo que la oposición aún no consigue articular.

Porque la gran incógnita no es quién será el heredero del petrismo, sino quién representará la oposición. Hoy más de un centenar de almas en pena recorren el país buscando firmas, micrófonos y bendiciones. Un carnaval de ambiciones que solo anuncia una derrota colectiva. Cada quien predica su propio evangelio mientras el adversario, paciente y frío, escribe la próxima victoria.

En el Centro Democrático, la historia se repite con la precisión de una tragedia griega. Una encuesta definirá entre María Fernanda Cabal, Uribe Londoño, Paloma Valencia, Paola Holguín y María del Rosario Guerra quién portará el estandarte uribista. Los dos primeros lideran, pero todos saben que el partido sin Uribe es un ejército sin general. El vencedor deberá enfrentarse, el 8 de marzo, en una consulta interpartidista con Juan Carlos Pinzón y Abelardo de la Espriella —dos figuras que oscilan entre el realismo y la teatralidad—, con cierto encanto mediático, pero con más apetito que estructura.

Algunos dirigentes, menos románticos y más pragmáticos, pretenden forjar una coalición amplia entre el centro y la derecha, bajo el auspicio improbable de Álvaro Uribe y César Gaviria. Pretenden reunir bajo un mismo techo nombres como Carlos Fernando Galán, Juan Fernando Cristo, Luis Gilberto Murillo, Mauricio Cárdenas, Rodrigo Lara y Sergio Fajardo. Pero juntar esas piezas sería como intentar formar un reloj con los restos de tres máquinas distintas: puede sonar, pero no dará la hora. Las diferencias ideológicas, los egos hipertrofiados y las viejas querellas personales harían naufragar la empresa antes del primer mitin. Varios de esos potenciales aliados ya dejaron claro que no compartirán escenario con De la Espriella, a quien consideran un gladiador de toga más apto para la polémica que para el consenso.

Entre rumores más pintorescos ha surgido el nombre de Vicky Dávila, una figura que despierta pasiones y fobias por igual, pero cuyo eventual salto a la arena estaría —según se murmura— vetado por antiguas tensiones con Juan Manuel Santos. 

Sergio Fajardo, por su parte, sigue fiel a su fórmula de siempre: parecer sensato sin decidir nada. Su neutralidad, tan refinada como estéril, lo mantiene a salvo de los extremos, pero también del poder. Aun así, en una contienda polarizada entre Cepeda y De la Espriella, podría convertirse en el refugio de quienes aún creen que la tibieza es una forma de virtud.

El 8 de marzo los colombianos tendrán tres papeletas: una para Senado, otra para Cámara y una tercera para las consultas interpartidistas. El registrador Alexander Vega Penagos, en un inusual arranque de sensatez, dispuso que esta última sea única, para preservar la confidencialidad del voto y evitar el espectáculo de pedir en voz alta la consulta de su preferencia. Una rareza en nuestra democracia, donde el absurdo suele tener mayoría.

Hasta el momento, nada está cerrado. Podrían celebrarse tres consultas —izquierda, centro y derecha—, siempre y cuando los partidos formalicen sus candidaturas antes del 8 de diciembre ante el Consejo Nacional Electoral. Lo único que parece seguro es la incertidumbre. El petrismo actúa como bloque; la oposición, como archipiélago. Y mientras unos planifican, los otros se pelean por la silla más cómoda del naufragio.

Así, el panorama político del país sigue siendo incierto. El petrismo se muestra sólido y organizado, mientras la oposición continúa dispersa, atrapada en sus diferencias internas y carente de una visión común. Si el centro y la derecha no logran converger en un proyecto coherente, la izquierda podría volver a alzarse con la victoria y consolidar su permanencia en el poder.

El tiempo de las excusas ha terminado. La izquierda no avanza por su genio, sino por la pereza intelectual y moral de sus adversarios. Mientras el petrismo se organiza con disciplina casi monástica, los sectores que se proclaman “alternativa” continúan sumidos en el narcisismo, en la manía de los matices y en la liturgia de las divisiones. En política —como en la guerra— la dispersión es la antesala de la derrota, y la derrota, cuando se vuelve costumbre, termina pareciéndose a la cobardía.

El país asiste, impávido, a la repetición de un libreto que ya conoce: una izquierda cohesionada, astuta y paciente frente a una oposición que no sabe si quiere gobernar o solo debatir. Y si esa oposición no se sacude del letargo, si no recupera el carácter, la claridad y el coraje que alguna vez la distinguieron, no será Petro quien gane las próximas elecciones: será la derecha quien, por inercia, las pierda.

Aún hay tiempo, pero no mucho. La historia —implacable maestra— no suele tener misericordia con los que llegan tarde a su cita.

 *Abogado, Analista. Escritor. Columnista

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