miguel bayter bayter- Abogado. Columnista

Por: Miguel Enrique Bayter Bayter.

Resulta imposible contener la bilis, como tampoco la pluma, cuando se tiene al frente ese esperpento político que responde al pomposo nombre de “Pacto Histórico”, que, sin discusiones de índole alguna, no es más que una tragedia nacional que exige ser narrada con toda la mala leche que los tiempos demandan.

Y es que, más que un movimiento, esta suerte de cruzada populista es una tragicomedia mal escrita por intelectuales de cafetería universitaria, sindicalistas jubilados del sentido común, feministas con doctorado en odio de clases, y ambientalistas con complejo mesiánico que creen que el Estado se puede gobernar con cuentos de García Márquez y tutoriales de YouTube.

No exagero cuando afirmo que el Pacto Histórico es la mayor calamidad institucional desde el Bogotazo, con la diferencia de que ahora el incendio es más lento, más meticuloso, más perverso, porque se disfraza de justicia social mientras se apodera de todo cuanto toca con el tacto sucio del resentimiento disfrazado de ideología.

Son una especie de minga con WiFi, una revolución sin machete, pero con Instagram; un grupúsculo que no quiere el poder para transformar al país, sino para humillar a quienes alguna vez lo ejercieron, mientras arrastran con ellos la economía, las instituciones y el sentido mínimo de gobernabilidad.

El presidente Petro, cuya oratoria tiene la profundidad de un panfleto de esquina, pero la arrogancia de un emperador romano, ha sido el director de esta ópera bufa. Se viste de libertador, pero actúa como dictador tropical frustrado. Todo en él es sobreactuado: su lucha contra el " neoliberalismo" es un cliché con acento bogotano; su defensa de los pobres es puro teatro con luces de discurso; su afán por refundar la patria no es más que un intento de reescribir la historia desde su propio trauma personal.

Petro es una contradicción ambulante: dice odiar al capitalismo, pero mendiga inversiones; dice amar la paz, pero polariza cada vez que abre la boca; dice representar al pueblo, pero se refugia en el Palacio de Nariño como si gobernara en Corea del Norte.

Tiene más tuits que soluciones, más metáforas que proyectos, más rencor que ideas. Es el eterno agitador con ínfulas de estadista, el predicador del apocalipsis que vive en carro blindado, el Che Guevara de la élite académica.

Y detrás de él, la comparsa: Francia Márquez, vice de la nación y reina del agravio, que convirtió el discurso feminista en una parodia rencorosa; más preocupada por el peinado que por el desempleo. Tiene el talento suficiente para transformar cualquier entrevista en un reclamo racial y cualquier pregunta en una agresión sistémica. Su concepto de equidad no incluye mérito y su idea de justicia es venganza con cámara y maquillaje.

Gustavo Bolívar, que fue libretista de telenovelas y ahora pretende escribir la trama de la patria, se especializa en transformar la demagogia en formato audiovisual. Quiere gobernar con hashtags, educar con TikToks y legislar con frases de Paulo Coelho. Su lucha es tan de cartón como sus personajes: todos buenos, todos pobres, todos manipulados por un poder invisible que casualmente nunca tiene nombre… salvo que se llame Uribe.

Y ni qué decir de Roy Barreras, ese contorsionista moral que ha pasado por todas las ideologías con la misma velocidad con que cambia de trajes. Es el verdadero animal político del Pacto, no por convicción, sino por cálculo. Representa el cinismo profesional, el pragmatismo sin pudor, la ambición sin poesía. Si mañana el poder estuviera en la derecha radical, Roy ya estaría dando discursos en nombre de Dios y la propiedad privada.

El resto del Pacto, no es más que un coro de oportunistas menores, congresistas improvisados, activistas de ONG importadas y burócratas reciclados, viviendo en un frenesí de reformas sin contenido, marchas sin norte y declaraciones incendiarias. Todos ellos, sin excepción de laya alguna, compiten por ver quién es más radical, más antiuribista, más pobre de cuna o más víctima de algún sistema.

Han hecho del pasado su única plataforma de gobierno, del odio su programa y de la incompetencia su método.

Quieren cambiar la justicia, pero no han leído la Constitución. Quieren reformar la salud, pero no saben cómo funciona un hospital. Quieren reinventar la economía, pero creen que el PIB es un impuesto. Y mientras tanto, Colombia, la de verdad, la que madruga y no tuitea, está atrapada entre la inflación, el desempleo, la inseguridad rampante y la risa nerviosa de quienes creían que este “cambio” iba a traer algo más que caos con retórica.

Pero lo más preocupante no es que hayan llegado al poder, eso ya lo sabíamos, sino que están dispuestos a destruir todo a su paso con tal de no perderlo. No creen en los contrapesos, porque les estorban. No creen en la prensa, porque los desnuda. No creen en la oposición, porque los confronta. Son los hijos legítimos del populismo autoritario, con discurso progresista y alma totalitaria.

El Pacto Histórico no es la izquierda democrática. Es el resentimiento convertido en coalición. Es la incompetencia elevada a ideología. Es la confirmación de que la ignorancia, cuando se disfraza de justicia, puede hacer mucho más daño que el más sofisticado de los déspotas. Que Dios nos coja confesados. Porque si el Pacto es el futuro, nos espera una larga noche, y esta vez, sin velas. 

*Abogado. Escritor. Analista. Columnista

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