SAÚL ALFONSO HERRERA HENRÍQUEZ- abogado. Magister en Derecho Público. 

Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez*

Se nos define hoy la educación en contexto de modernidad, como un proceso de formación integral, continuo y centrado en el estudiante, que busca desarrollar competencias, habilidades críticas, valores y creatividad, la cual, a diferencia del modelo tradicional memorístico, utiliza la tecnología, el trabajo colaborativo y la experiencia práctica para potenciar la autonomía del alumno y su adaptación a la sociedad. Cabe recordar que desde los inicios de la humanidad y su conformación en grupos sociales o tribus, el ser humano ha buscado maneras a través de las cuales traspasar sus aprendizajes a las siguientes generaciones.; y, más allá de los datos que nos vienen dados desde las neurociencias, parece necesario que reconozcamos que la educación es ese arte que nos permite gestionar el proceso de transmisión.

No obstante, y desde una mirada eminentemente filosófica, conviene preguntarnos ¿por qué hablar de educación? Y es que la respuesta surge de la importancia de clarificar que no hacemos referencia al proceso instruccional que hasta el momento han desarrollado escuelas, colegios, institutos y universidades, si no que se trata de los procesos que se dan al interior de las familias y las sociedades; toda vez que es indudable que la educación, esa que se refiere a los valores, hábitos y formas de convivencia, viene dado por las familias o, debería venir dado por ellas, pues actualmente hemos entrado en una espiral inversa en la que ese papel se quiere desligar desde la misma familia; siendo ahí donde juega un papel preponderante la educación que generan las sociedades, a nivel tanto físico real como el que inunda las redes sociales, bajo apariencia de absolutismos.

Y aunque parece que hemos identificado al ente responsable de la educación, decir que es la sociedad es igual de difuso que siempre, pues los modos de interacción o aislamiento que se han generado, ya no afectan a determinadas estructuras simplemente, si no a todas y a ninguna, derivando de ello que nadie quiera hacerse cargo y responsable de generar posturas que vayan en pro del individuo y el colectivo, bajo la idea de que es imposible generar los mínimos consensos respecto la ética que se puede vivenciar de manera colectiva, lo que nos pone ante el riesgo, cada vez mayor y patente, de generar aislamientos en grupos con los que me comprometa mientras ello no genere choque con mi sensibilidad.

Lo referido, es evidente que tampoco quiere retornar a absolutismos anulantes de las minorías, pero vuelve a surgir la duda de ¿cómo determinar aquello que nos organiza y humaniza? Esa parece ser la pregunta que debemos responder desde la educación, tanto esa familiar/social como la instruccional, teniendo como horizonte qué sociedad estamos queriendo construir y ¿legar? a las futuras generaciones, que no son tan futuras y, posiblemente, tampoco quieran nuestro legado, lo que es a todas luces grave y llama a total reflexión en dirección a la búsqueda y procura de claridades que bien y mejor sirvan a consolidar estructuraciones mayores en torno a tan especial particular, so pena de perder todo horizonte y control al respecto, lo que nada bueno augurará.

Ayudará a lo cual la construcción de pensamiento crítico, ya que uno de los principios fundamentales de la educación es enseñar a pensar, que no es lo mismo haber enseñado a memorizar, repetir y copiar. Necesario es en el proceso educativo revisar la pertinencia de la estructura curricular, implementar un modelo educativo sociocomunitario productivo, y no donde predominen más las ambiciones políticas y la injerencia de los movimientos sociales, llevando a la educación a la crisis en la que se encuentra, reflejado en el centralismo, el en amañó de las institucionalizaciones, el lucrarse con los cargos, en el monopolio en la formación de maestros, en la discriminación y maltrató de profesores, obligándoles a desempeñar funciones administrativas, sin tener en cuenta que la educación debe responder a las necesidades nacionales, departamentales, municipales y a las necesidades de la población.

En la sociedad actual, la información es abundante y la tecnología avanza a un ritmo vertiginoso, por lo que es fundamental fomentar el pensamiento crítico y la capacidad de pensar en los estudiantes. El pensamiento crítico es la capacidad de analizar información, evaluar argumentos y tomar decisiones informadas de manera objetiva y sistemática. Entre tanto, la capacidad de pensar, se refiere a la habilidad de reflexionar, analizar y crear soluciones innovadoras.

Una forma de fomentar el pensamiento crítico y la capacidad de pensar en los estudiantes, es diseñar actividades y tareas que requieran analizar información, evaluar argumentos, resolver problemas, comunicarse efectivamente y tomar decisiones, en lo que cabe utilizar estudios de caso, debates y proyectos de investigación para fomentar el pensamiento crítico y la capacidad de pensar, importando apoyarse en la autoevaluación y la coevaluación, por lo que docentes y estudiantes deben trabajar juntos para crear un entorno de aprendizaje que fomente ese pensamiento crítico y la capacidad de pensar.

*Abogado. Especializado en Gestión Pública. Derecho Administrativo y Contractual. Candidato a Magister en Derecho Público. Analista. Conferenciante. Columnista.

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