Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez*
Muchas cosas, situaciones y circunstancias obliga la política moderna entendida en su mejor sentido, que no en sus desviaciones, espectáculos mediáticos y desvaríos, como es el caso de la deshonestidad, la corrupción, la impunidad, la falta de seriedad, la irresponsabilidad, la mentira, el incumplimiento, la payasada y la teatralidad rampantes, amén de otros muchos desafueros. Requerimos de una política seria, entender que el poder se sostiene, además de en su legitimidad legal, en la percepción pública que se logra construir. Claro igualmente debemos tener que cuando el discurso oficial se aleja sistemáticamente de la gestión real, se abre una abismo de credibilidad que ninguna puesta en escena logra cerrar; de ahí que examinar con detenimiento cómo un gobierno responde a ese abismo revela algo más que errores de comunicación; y, es la lógica profunda con la que el poder entiende su propio ejercicio.
Para algunos la política moderna connota una dimensión teatral, sobre la base que el poder no solo gobierna, sino que también se representa, razón por la muchos gobernantes desde el atril presidencial dramatizan su autoridad mediante una puesta en escena constante que sirve para anunciar decisiones como para denunciar adversarios. En conclusión, lo que se dice importa, pero más importa cómo se dice, ante quién y con qué carga simbólica.
En ese registro se inscribe el posicionamiento de muchos Mandatarios, cuyas narrativas públicas articulan con la denuncia y la promesa de ruptura con frases estudiadas, que construyen un antagonista difuso al tiempo que presentan el poder como servicio y como garantía de igualdad ante la ley; y de otra parte, acuden a la refundación emocional desde la catarsis colectiva y llaman al reencuentro de la reconciliación y la unidad, que adornan con el relato oficial de una temporalidad épica que promete salir de las sombras para llegar después a las luces encarnadas y prometidas por sus gobiernos, siendo precisamente allí donde surge una brecha de credibilidad que separa lo anunciado de lo ejecutado; vale decir, la escena discursiva y la realidad del poder.
Utilizan en la retórica gubernamental de denuncia una construcción malsana, cual es la invocación de un enemigo interno al que le atribuyen las culpas de la crisis; otro cualquiera citado insistentemente, pero nunca identificado y mucho menos llevado ante instancias judiciales, escenario donde deberían probarse las acusaciones planteadas. Razón por la cual la denuncia pública no pasa de ser un dispositivo dramático y nunca un acto institucional. Son normalmente, por eso ya nadie les cree, afirmaciones que amplifican el clima de amenaza, pero que apenas permanecen en el registro de la escena, pero nunca en el de la prueba.
Fallas comunicacionales del gobierno a la ausencia de un aparato estratégico unificado capaz de fijar la agenda pública por la falta de protocolos internos claros, lo que los lleva a seguir proyectando discursos fragmentados, con autoridades que declaran sin coordinación y cometiendo errores sencillos, resultando de lo cual un escenario de caos semántico y de desorden comunicacional que aña postre los deja vulnerable en alto grado a las críticas de la población.
La tarea debería ser corregir lo teatral, acortar las distancias, cerrar las brechas, toda vez que el problema es más profundo que la sola forma como se comunican; ya que cuando el discurso político se apoya de forma reiterada en la denuncia y en la construcción de enemigos difusos, la narrativa oficial si bien puede ganar intensidad dramática, no gana ni siquiera de lejos confianza pública. Allí y no en otra parte radica el límite de la muy absurda teatralidad política; esto es, ordena la escena, pero no sustituye en nada la evidencia de una fallida gestión pública.
*Abogado. Especializado en Gestión Pública. Derecho Administrativo y Contractual. Candidato a Magister en Derecho Público. Analista. Conferenciante. Columnista

