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La cultura, definida entre muchas acepciones como el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales, materiales y afectivos que caracterizan una sociedad o grupo social; así como desde el punto de vista del contenido cultural, el sentido simbólico, la dimensión artística y los valores culturales que emanan de las identidades culturales que las expresan, lo que nos caracteriza como personas y nos hace grandes. Es suma de factores y disciplinas. Implica reivindicación, patrimonio, ideas, valores, arte, conocimientos en permanente evolución. Nuevas formas artísticas, literarias e investigación en todos los campos del saber. Es también suma de creencias, conocimientos, lenguajes, costumbres, atuendos, usos, sistemas de parentesco, todo los que los pueblos dicen, hacen, temen o adoran. De otra parte, el humanismo como conocimiento o cultivo de las letras humanas resulta una revolución de los saberes y actitud vital basada en una concepción integradora de los valores humanos.

La palabra cultura se utiliza con diversos significados,lo que provoca ambigüedad, e incluso confusión; por ejemplo, cuando nos referimos a esas obras y actividades que entendemos como logros del espíritu humano en los campos de la belleza o del conocimiento, y que son estimados como valiosas por individuos de distintas sociedades.  Si acogemos el conocimiento como contenido de cultura, incluiremos tanto en el de tipo instrumental, como aquel que consideramos valioso en sí mismo. En relación con esto último, entenderemos que lo que da valor al conocimiento es que contribuye a descubrir al hombre el rumbo de su realización, o profundizar en la comprensión del entorno y los objetos y seres que nos rodean; o quizá ambos.  

Cuestiones como las citadas son solo una pequeña parte de las que surgen cuando tratamos de acotar qué se entiende por Cultura, y a su vez remiten a otras. Se trata de las concepciones, valores y pautas de comportamiento que existen en unas u otras sociedades particulares, como una cierta conciencia colectiva, de modo que tienden a ser asumidos por los individuos que las constituyen. Éstos, desde que empiezan a integrarse en la sociedad a la que pertenecen, van internalizando esos valores y criterios de tal modo que su conciencia individual se nutre de esa conciencia colectiva.

Cuando se habla de la cultura como vigencias compartidas en sociedades particulares, no debe entenderse a estas últimas solamente como diferenciadas en términos geográficos. Es cierto que el espacio y el tiempo suelen ser factores importantes de diferenciación cultural. Ahora bien, a veces en un mismo emplazamiento territorial y de manera simultánea, conviven culturas, o con más frecuencia subculturas, bastante diferentes. Por ejemplo, se han hecho novelas, teatro y cine donde se reflejaban las culturas de sectores sociales “de arriba y abajo” en la Inglaterra victoriana. Normalmente, esas obras ponían de manifiesto la coincidencia en ciertos valores y pautas de comportamiento entre dos subculturas, las diferencias en otros aspectos, y la complementariedad y conflictos entre una y otra.

En cuanto al humanismo, se trata de un término utilizado principalmente en dos significados, y cada uno de ellos es objeto de concreciones muy distintas. Una de las grandes acepciones es la que entiende al Humanismo como un cierto movimiento existente en el Renacimiento y preparado por algunos autores inmediatamente anteriores (Marsilio Ficino, Valla, Pico Della Mirandola, Erasmo, y otros), que volvieron sus ojos a los autores clásicos griegos y romanos, y rescataron valores, formas de pensamiento y de vida, que estimaron implicaban una realización humana más elevada o permitían conseguirla. En una segunda acepción, y en términos más genéricos, el Humanismo se entiende como trasfondo intencional y la temática de las concepciones que versan acerca del hombre y su realización existencial.

Hay interpretaciones del humanismo renacentista que, al mismo tiempo, se prolongan en una reflexión del segundo tipo, y por tanto útil para nuestro presente. El humanismo renacentista es la resultante de aportaciones que tienen algo de común y algo de diferente entre ellas. Por tanto, cuando se intenta observar con una atención más precisa, es casi inevitable detenerse más en un tipo de contribuciones y otras. Apoyémonos, por ejemplo, en una selección de Salvatore Puledda.

Ciertos autores de la República romana, como Cicerón y Varrón, defendieron un ideal de humanitas, que era la traducción adecuada del griego paideia; es decir, una educación que estaba dirigida a la realización humana, y de tal modo que poseía una dimensión social y política importante. Esa concepción de Cicerón suscitó la emergencia de muchas escuelas. Los renacentistas tratan de conseguir algo semejante: unos studia humanitatis que, a través de materias como la gramática, retórica, poesía, historia y filosofía moral, contribuyan a desarrollar en el ser humano una conciencia y sensibilidad que le permitan una realización humana más plena. Eso implica vivir de manera más intensa y feliz, más consciente, y al mismo tiempo más creativa.

Por ejemplo, Gianozzo Manetti, en su libro De dignitate et excellentia hominis, afirma que el hombre es una criatura especial. Dios lo ha creado con la frente en alto para que contemple el cielo y se haga espectador de las realidades supremas. La libertad humana es un don de Dios, y además debe ser una conquista para el hombre. El hombre, a través del esfuerzo de su trabajo, lleva belleza y perfección a las obras de la creación.  Por consiguiente, el hombre es un colaborador libre de la divinidad misma.

Por su parte, León Battista Alberti, en Della famiglia, afirma que la virtud es una capacidad decidida y vigorosa de querer y de obrar, que a través de la laboriosidad se sobrepone a lo que los seres pasivos interpretan como el Destino mismo.  Es el hombre la causa de sus bienes y de sus males: solamente los estúpidos reprochan al Destino el origen de sus desgracias.  Si en algunos casos las circunstancias parecen prevalecer sobre la virtud, esa derrota es sólo temporal, y se puede aprovechar como una ocasión de aprendizaje y superación. La dignidad humana se proyecta, y al mismo tiempo se realimenta, de la acción transformadora del hombre en la naturaleza y en la sociedad.  Alberti, arquitecto innovador, trata también de contribuir a la construcción de la ciudad ideal, en donde “la naturaleza se somete a las intenciones del arte”.  La ciudad ideal, hecha por el hombre y para el hombre, es también el lugar donde, a través del ejercicio de las virtudes sociales, se hace posible una mayor glorificación de Dios.

Giovanni Pico della Mirándola, escribe en Dignidad del hombre como si Dios explicara cómo ha creado al ser humano.: “La naturaleza encierra a otras especies en leyes por mí establecidas. Pero tú, que no estás sometido a ningún límite, con tu propio arbitrio, al que te he confiado, te defines a tí mismo. Te he colocado en el centro del mundo, para que puedas contemplar mejor lo que éste contiene. No te he creado ni celeste ni terrestre, ni mortal ni inmortal, para que por ti mismo, libremente, como un buen pintor o hábil escultor, plasmes tu propia imagen. Podrás degenerar en cosas inferiores, como son las bestias. Y también podrás, si es tu voluntad crecer hacia lo superior, hacia lo divino”

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