Periódico El Derecho

La cultura es un sector de demanda creciente. Los datos demuestran con contundencia que, en espacios de crecimiento económico, la demanda de bienes y servicios culturales resulta creciente. Las razones estructurales que explican este fenómeno están relacionadas con tendencias a largo plazo que van a persistir en el futuro. Así el incremento de la formación, la consideración de la cultura como un bien superior que implica que a mayores niveles de renta mayor demanda, el incremento del tiempo de ocio y los cambios en la estructuras demográficas y sociales, o la implantación de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, que permiten nuevos modelos de producción, distribución y consumo cultural, apuntan al hecho de que la cultura es un sector emergente y que la mayoría de los productos y servicios culturales se encuentran lejos de la consideración de productos maduros. En consecuencia, resulta una estrategia relativamente inteligente apostar por la especialización territorial en un sector que muestra claramente su capacidad de crecimiento.

La cultura es intensiva en trabajo. Otro argumento que apoya la especialización de un territorio en el ámbito de la cultura frente a otras alternativas, es que la cultura es intensiva en trabajo. Las características específicas de producción, distribución, consumo o conservación de los bienes y servicios culturales, determinan que sea complicado la sustitución de bienes de capital por trabajo. Esto es especialmente así en actividades de ejecución humana como el teatro o la música en directo donde resulta imposible mejoras productivas a partir de la sustitución del trabajo por otros factores productivos. Por tanto, para aquello territorios en los cuáles el desempleo sea un problema estructural, apostar por los sectores culturales puede ser una estrategia acertada.

El trabajo en los sectores culturales provoca mayores niveles de satisfacción laboral que en el conjunto de la economía. Los estudios parecen demostrar que trabajar en el sector cultural provoca algún tipo de compensación psicológica que deriva en el hecho que a pesar de contar con unas condiciones laborales objetivamente peores que la media de los trabajadores, muestran unos niveles de satisfacción laboral superiores a la media de los trabajadores. Este hecho que podría ser comprensible para ocupaciones laborales más ligadas a la expresión de la creatividad; sin embargo, se extiende también a aquellas funciones de gestión o incluso aquellos desempeños más auxiliares y técnicos (cámaras, descargadores, instaladores de exposiciones, etc.). Es evidente que si existe posibilidad de optar en un abanico de alternativas de especialización productiva de un territorio resulta de lo más razonable elegir aquellas opciones que vehiculen mayores niveles de satisfacción laboral.

El sector cultural no es, en general, depredador del medio ambiente, no genera desechos y además dificulta notablemente la deslocalización. En un momento que resulta una preocupación la relación del hombre con su medio natural, optar por actividades vinculadas a la cultura puede ser una opción atractiva frente a opciones del sector primario o frente a actividades industriales con mucho mayor impacto ambiental. En esta misma tesitura, dado que las actividades culturales se encuentran en mayor medida ligadas estructuralmente al territorio, resulta más complicado que se sometan a procesos de deslocalización.

Otros argumentos más genéricos se pueden añadir a la lista anterior y que tiene más que ver con tendencias generales del modelo económico de mercado o los mecanismos de cambio social. Incidiendo en esta última acepción, resulta razonable pensar que sociedades y territorios habituados a apostar por estrategia ligadas al arte y a el derecho a la cultura, incluido en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948 ha sido uno de los elementos claves en la aparición de las políticas culturales: Todos los individuos tienen derecho a participar libremente en la vida cultural de la comunidad, lo que es un deber y atribución esencial del Estado. Como anécdota, se puede señalar que investigadores médicos señalan que algunas prácticas culturales están correlacionadas con una esperanza de vida mayor. La cultura, donde los valores relevantes son la investigación, la innovación las transgresiones de formatos y lenguajes, mostrarán una mayor proclividad al cambio social. En un mundo muy dinámico y en permanente transformación esta predisposición puede constituir un valor.

Los derechos culturales son parte inalienable de la condición humana y ya como se reconoce tanto en la declaración de los Derechos del Hombre de la UNESCO como en la Agenda 21 de la Cultura. Pero, además, la relación cultural / calidad de vida, al margen de la que se deriva de las relaciones cohesión social / crecimiento económico, debe entenderse a partir del hecho de que el contacto continuado con las manifestaciones culturales ya sea a través del consumo o la práctica, responde a una necesidad esencialmente humana, que se deriva de la condición de individuos que demandan persistentemente comunicar, expresar y sentir. El consumo o la práctica cultural no es solo una mera ocupación del tiempo de ocio, sino que implica una sacudida de los sentidos que tiene impacto, algunas veces de manera irreversible, sobre los procesos cognitivos y sensoriales.

Así, vivir en un entorno con espacios públicos bellos y con significado, poder sentarse en un claustro gótico o colonial, tener la opción de asistir a conciertos de música, exposiciones y teatro, acceder a clases de canto, guitarra, participar en un coro o en una banda, tener medios de comunicación que reproducen o comentan manifestaciones culturales, tener la opción de ensayar con un grupo de música amateur, encontrar un posible editor de nuestros poemas en un evento de nuestra ciudad o poder organizar o participar en un concurso literario, son elementos relevantes para que nuestra vida se mueva en marcos de mayor o menor calidad. Desde otra perspectiva podemos definir la cultura como el sistema compartido de creencias, valores y prácticas que definen un conjunto humano. En este sentido, si podemos afectar a la construcción social de este sistema, realmente están afectando al conjunto de relaciones que se establecen entre los individuos y, en consecuencia, valorando y modificando su capital social. Y esta dimensión de la cuestión tiene alguna cosa a ver con la definición de la identidad individual, con los modelos de integración, con los niveles de cohesión social a partir de los sentimientos de pertenencia y con muchas otros variables que algunos estudios muestran muy correlacionadas con la función de bienestar individual, en definitiva, con nuestra calidad de vida.

La correlación territorios / densidad cultural / calidad de vida, no puede extenderse mucho más. Algunos discursos imbuidos de ese consensuado «buonismo» relacionan con excesiva ligereza el consumo cultural y otros bienes individuales y sociales. Los investigadores de la cultura, a pesar de su empatía y prejuicios por la idea, no han encontrado ninguna prueba contundente que determine, sin dudas, que es mejor en algún sentido una sociedad que contiene muchos individuos cultos (es decir consumidores de cultura) que otra que contenga menos. En este sentido parece poco fértil tanto desde el punto de vista conceptual como operativo, las aproximaciones que, a modo de ejemplo, afirman que la cultura contribuye a la erradicación de la pobreza y la búsqueda de la inclusión social, gracias a su creciente impacto en la transformación económica y social de los territorios.

Estas formulaciones voluntaristas responden más a la expresión de deseos que a conclusiones de experiencias contrastadas y en muchas ocasiones no sólo no ayudan a posicionar la cultura en el espacio real que le corresponden, sino que además empobrecen el debate. Lo que sí es cierto es que la calidad de vida de un territorio, es cada vez más un factor determinante en la decisión de localización de actividades, entre las que se encuentra las de los sectores culturales, lo que nos devuelve al conjunto de relaciones cruzadas entre crecimiento económico, cohesión social y calidad de vida.

Si se entiende la cultura como un subsistema de la realidad social, es evidente que también podríamos hablar del grado de desarrollo de ese sistema y de los indicadores que nos pueden aportar información sobre el nivel o estadios en que se encuentra una determinada comunidad. En este sentido nos parece interesante la aproximación que desde los planes estratégicos de cultura deben formularse sobre cuáles deben ser las capacidades mostradas por un territorio para considerar que contiene un sistema cultural robusto y desarrollado. / IVA


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