Por: Saúl Alfonso Herrera Vengoechea*
Es civismo, el celo por las instituciones e intereses de la patria, comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública; civilidad, sociabilidad, urbanidad; compromiso, obligación contraída, deber; responsabilidad, obligación de satisfacer.
Civismo, civilidad, compromiso y responsabilidad, son elementos todos que necesita nuestra ciudad de Santa Marta, Distrito Turístico Cultural e Histórico – DTCH, en altas dosis y en correspondencia con el sentido de pertenencia, que es el sentimiento subjetivo de ser aceptado, valorado e incluido en un grupo (familia, escuela, comunidad, trabajo), sintiéndose parte de algo más grande que uno mismo, con conexión afectiva y compromiso hacia ese grupo, lo que influye en la identidad, autoestima y bienestar del individuo; lo que en suma hará que veamos con prontitud convertido en realidad lo que mucho se predica desde el deseo, de dientes para afuera, pero sin efectiva realidad, aplazando el anhelo que sus buenos ciudadanos quieren para su noble e hidalgo terruño.
Es sin duda nuestra ciudad un paraíso terrenal, al que Dios nuestro Señor prodigó generoso con todos los adornos naturales, encantos miles, paisajes de ensueño, mil y más maravillas que hacen de ella un universo de quimeras. Pero a la par de tanto hechizo, no han sabido realmente sus gobernantes a través de los años solucionarle sus problemas más vitales, como son los servicios básicos de alcantarillado, agua potable, vías amplias debidamente pavimentadas. Deficiente es su infraestructura, desfazada totalmente con lo que debe ser la planeación futurista de una ciudad moderna. Muchas sin duda nuestras falencias, más no obstante lo cual, llama su naturaleza sin par y por demás espléndida, a que sigan llegando a su seno compradores nacionales y extranjeros atraídos por su majestuosa y sinigual belleza.
Requieren nuestros muchos lugares de atracción, si en verdad consolidarnos queremos como meca turística de relevancia nacional y universal, dotarlos de confort y seguridad, lo que potenciará en ellos y para todos esa mágica semblanza paradisiaca que poseemos y embelesa. Adicionalmente, importa adecuarlos o recuperarlos en su todo integral según el caso, y que nuestras autoridades imponga cabal orden, erradique todo vicio y establezca sana y permanente convivencia en ellos, en la verdad que merecen ser tenidos en cuenta para beneficio de visitantes y residentes permanentes, en lo que ayudará la articulación oficial y la participación activa de la comunidad en la búsqueda y procura de tan plausible como significativo anhelo, a efecto de cumplir con la afirmación que enseña que donde no hay orden impera el caos que expulsa la convivencia plácida, pacífica, y enerva la posibilidad de entronizar progreso verdadero, que no ficticio, como alguien con razón manifiesta expresara.
Interesa igualmente y sobremanera, continuar con el mantenimiento y la recuperación a ultranza del centro histórico, donde vital e importante ha sido la participación del sector privado, por lo que tarea inmensa es no dejar que el abandono cunda y se apodere de muchas de sus calles; más, cuando real y verdaderamente requerimos ver a nuestra ciudad revestida de una fisonomía señorial, sin basuras, como tampoco andenes con baches, rotos ni disparejos, casas descascaradas, enmohecidas, sin pintura y definitivamente deslucidas.
Requerida está nuestra ciudad de sentimiento de pertenencia, de amor verdadero, de cariño por la tierra, que se despierte en cada uno de nosotros con compromiso y responsabilidad, civismo y civilidad, para con demostrado fervor hagamos de nuestra ciudad desde ya y para siempre su más y mejor esplendorosa versión.
*Estudiante de Décimo Grado de Bachillerato. Colegio Cristiano La Esperanza. Columnista

