Miguel Bayter Bayter- Abogado y Columnista

Por Miguel Enrique Bayter Bayter*

La polarización no es una patología de la democracia colombiana, es su anestesia; adormece la inteligencia colectiva mientras permite que los peores administren el Estado sin rendir cuentas. Es el instrumento favorito del mediocre y del incompetente.

En Colombia se polariza porque pensar cuesta y gobernar exige talento. El grito, en cambio, es barato. No requiere estudio, ni carácter, ni responsabilidad. Basta con señalar un enemigo, inventar una épica y repetir el libreto hasta que el país confunda ruido con liderazgo.

Aquí no se gobierna con planes, sino con agravios. No se legisla con argumentos, sino con sospechas. La política dejó de ser un ejercicio de razón para convertirse en una dramaturgia emocional donde cada actor representa el papel de salvador incomprendido. Nadie falla, todos son víctimas; nadie responde, todos acusan.

La polarización es una coartada prodigiosa; permite fracasar sin culpa y errar sin consecuencias. Si la seguridad se deteriora, es culpa del pasado; si la economía tropieza, es culpa de la oposición; si la justicia se arrastra, es culpa del sistema. Siempre hay un culpable externo que absuelve al responsable interno.

El espectáculo es grotesco. Bandos que se proclaman moralmente superiores mientras administran la incompetencia con solemnidad. Dirigentes que confunden carácter con grosería y liderazgo con histeria. Voceros que creen que indignarse equivale a gobernar y que insultar sustituye al pensamiento.

Pero el daño mayor no solo está en la clase política, que siempre ha sido lo que es, sino en la pedagogía que se le impone al ciudadano. Se le enseña que razonar es peligroso, que disentir es traición y que matizar es cobardía. El fanático es celebrado; el sensato, sospechoso. La inteligencia se castiga; la furia se premia.

Mientras tanto, el Estado se descompone con discreción. La seguridad retrocede sin escándalo, la justicia envejece sin vergüenza y la corrupción se recicla con discursos nuevos y prácticas intactas. Pero no importa, la pelea diaria garantiza distracción suficiente. El país discute; el poder descansa.

La polarización no nace de una confrontación seria de modelos de país. Nace de una pobreza intelectual alarmante. Aquí no se debaten políticas públicas; se intercambian consignas. No se construye futuro; se ajustan cuentas simbólicas. Se gobierna como se tuitea, con arrogancia, simplificación y olvido inmediato.

Una democracia madura entiende que el desacuerdo es inevitable y fecundo. La nuestra ha decidido que el conflicto sea permanente y estéril. No se busca convencer, sino aplastar. No se pretende gobernar, sino ganar. Y en esa lógica de gallera política, el país real, el que trabaja, produce y paga, siempre sale desplumado.

La polarización, conviene decirlo sin eufemismos, no es el problema de Colombia, es su excusa preferida. La excusa para no planear, para no corregir, para no asumir errores. Mientras el país se desgarra en bandos, los responsables de gobernarlo disfrutan de la más cómoda de las impunidades, la del ruido.

Y cuando el grito se extinga, porque siempre se extingue, no quedará épica alguna que lo justifique; quedará un país cansado, un Estado erosionado y una verdad imposible de seguir maquillando. Porque no se podrá desconocer, al final, que la polarización no es un exceso de pasión democrática, sino la coartada vulgar de una élite sin talento para gobernar. Con pena concluiremos que no fue el pueblo el que fracasó; fueron sus dirigentes, que prefirieron incendiar al país antes que enfrentar su propia incompetencia. Y esa deuda, por más ruido que se haga, no la paga la historia, la paga la realidad. 

*Abogado, Escritor. Analista. Columnista

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