Por: Julián Martín Ruíz Frutos*
Parece entre nosotros cierto, lo que es a todas luces desafortunado, pertenecer a una sociedad con una clase política descastada, lo que bien se comprueba en nuestra historia, plagada de una serie de proyectos truncados, de generaciones a veces audaces y atrevidas al inicio, pero sin disciplina y con poco o ningún coraje para perseverar, lo que es lamentable.
No obstante, ello si afortunado, hemos tenido excepcionalmente políticos que han compartido una sensibilidad vital y un mismo horizonte de sentido, unidos en una visión común de progreso. Políticos independientes, gigantes, con ideas precisas sobre qué hacer desde el poder. Líderes que deslindaban con claridad y sin ambivalencias qué le correspondía al Estado y a los particulares, confiando con optimismo en la potencialidad de las personas. Otros quienes ponderaron con énfasis la gran influencia de la cultural, positivistas, de vibrante humanismo para formar a quienes habrían de darle doctrina y sustento a un verdadero sistema político. Políticos que se han esforzado por hacer aportes sustantivos, que han oficiado como eficaces operadores políticos esmerados en respetar el escalafón con profesionalismo y correspondiente meritocracia.
Ejemplos los cuales que deberían recogerse hoy pensando en un mejor mañana, a efecto que podamos darnos largos períodos de estabilidad, gobernanza y desarrollo social, humano y crecimiento económico, aspectos todos que en individualidad y conjunto sirven para propiciar seguir contenidos en democracia.
Requeridos y necesitados estamos de una clase política, de una clase dirigente, de liderazgos osados, promotores y realísticamente congruentes. Figuras ciertas, prominentes, lejos de cometer siquiera mínimos actos de injusticia y sea su desempeño en su conjunto bastante encomiable, que actúen sin mezquindades ni torpezas, como tampoco nutran polarizaciones, sino caminar hacia para alcanzar acuerdos y lograr consensos. Es ir tras las necesarias coincidencias para concretar en positivo los cambios y las transformaciones que se necesitan en manera importante con suma urgencia.
Obsoletos son desde hace ya algún tiempo resabios del marxismo que hicieron enorme daño para lograr avances, mismos que fueron fracaso total a lo largo y ancho del mundo, pero que tozuda y estúpidamente mente permanecen en el núcleo del pensamiento de lo que se autodenomina “izquierda” y son: lucha de clases, dictadura del proletariado y el desprecio al Estado de Derecho, al que consideran producto de la burguesía para proteger sus intereses y, por lo tanto, es permanente su estólida propuesta de violarlo sistemáticamente. No se trata de sin recato alguno aupar propósitos y atropellos para concentrar el poder, imponer autoritarismos y privilegios, sino conservar la capacidad crítica para señalar tanto lo social como lo políticamente inconveniente.
Quiero ser optimista y no amargarme con nuestro devenir histórico, sino pensar con esperanza e ilusión que capaces tenemos que ser de abrir puertas, actuar e incorporar al quehacer político, administrativo público, social, productivo, competitivo, económico, empresarial, académico y demás otros, a los estamentos todos de la sociedad. No más desdén por los asuntos sociales, la indiferencia, la indolencia y hasta la frivolidad que desgraciadamente forman parte del diagnóstico al que me he venido refiriendo y por donde tenemos que volver a empezar.
*Abogado. Columnista . Especializado en Derecho laboral

