SAÚL ALFONSO HERRERA HENRÍQUEZ- abogado. Magister en Derecho Público. 

Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez*

Es cultura define la UNESCO, es el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales, materiales y afectivos que caracterizan una sociedad o grupo social. Engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, creencias y tradiciones; por lo que concierne y concernirá siempre observar de cerca todo lo relacionado respecto de nuestra cultura, significar nuestros valores en este campo, ver cuáles han sido los avances y cambios sucedidos, radiografiar el sistema de valores de nuestra sociedad, auscultar la opinión de miembros de distintas generaciones en esa dirección y de paso apoyarse en las teorías generales sobre el cambio de valores en metodología que permita clasificar los valores que ayuden a entender el peso de las tradiciones, los movimientos hacia la modernidad, así como la tensión entre las preocupaciones por la supervivencia y el desarrollo mismo de la autoexpresión.

Tener en cuenta como ocurre en la mayoría de todos los procesos sociales, la evolución de las sociedades no es lineal, ya que a veces se avanza en una dirección y en otras se retrocede o se gira hacia otra, lo que desmiente en lo que a trayectoria indica, la idea moderna del progreso entendida como un cambio constante y progresivo hacia nuevos valores.

Interesa igualmente recoger, acumular, reunir datos valiosos y esclarecedores que permitan entender los movimientos sociales y políticos que nos han marcado territorialmente en opiniones de varias generaciones que nos retraten con precisión y apoyadas en gráficas, esa búsqueda, a fin que la interpretación tenga ajustada validez, llame la atención y surja desde la observación en términos generales qué es más bien poco lo que hemos cambiado, ya que encontramos mucho en común entre lo que creían nuestros abuelos y lo que creen hoy los jóvenes del país; además, los cambios son mínimos y se concentran en áreas específicas, como la práctica de la fe o la importancia de la obediencia en la educación de los hijos. Las divergencias encontradas, aparecen, sobre todo, en el crecimiento de los valores asociados a la autoexpresión.

Llama poderosamente la atención que siguen siendo los nuestros, en gran medida, familiares, trabajadores, amigueros y con un interés limitado en la política y que el cambio mayormente visible se ha gestado en el campo de lo religioso, donde se observa una caída sostenida, al tiempo que aumenta la valoración del tiempo libre; lo que nos indica que en términos generales, nos mantenemos como una sociedad de rasgos tradicionalistas, donde los valores seculares racionales no han tenido la influencia que muchos suponían, y donde persiste un equilibrio entre las preocupaciones por la supervivencia y el impulso hacia la autoexpresión.

Sugiere lo dicho que muchos rasgos tradicionales están profundamente arraigados y que varios de ellos se han consolidado y que nuestro retrato del país construido desde antaño sigue presente, hasta el punto de permitir que se articulen narrativas eficaces apoyadas en creencias populares muy extendidas, lo que arroja como resultado que las narrativas modernizadoras de origen gubernamentales no hayan logrado transformar de manera profunda la cosmovisión de los ciudadanos y seguimos en consecuencia volviendo a ciertas tradiciones políticas y culturales del siglo anterior, lo que nos refiere que es la realidad, a juzgar por los datos, nunca o por lo menos hasta hoy, no terminaremos de desprendernos de ellas en lo político y en lo cultural.

De otra parte, encontramos que los cambios más significativos en nuestra vida social las encontramos en una mayor valoración del ocio, del tiempo libre y de las artes, entre otros ámbitos que expresan una creciente aceptación de la autoexpresión, especialmente entre las nuevas generaciones. Ahí se encuentra quizá la mayor distancia dentro de nuestra sociedad, así: entre quienes priorizan los valores de supervivencia y quienes se inclinan por los de autoexpresión.

Igual resulta significativa la pérdida de peso de la religión en la vida personal, una tendencia observable en buena parte del mundo, aunque en años recientes se haya registrado un resurgimiento de la religión en la vida pública de muchos países. Todo lo expuesto, nos lleva a reflexionar respecto de como podemos entender mejor como piensan los jóvenes, quienes, en teoría, protagonizarán la vida social del país, resultando indispensable revisar las claras  coordenadas sobre la forma en que evolucionan los valores de nuestra sociedad.

Pero viendo lo que viviendo estamos, no soy tan optimista, como tampoco compro del todo el decir que los jóvenes son nuestro futuro, lo que nos revela que su protagonismo en la vida pública parece retrasarse cada vez más, al considerarse por muchos que no está encauzado por los mejores caminos; y, además, porque para ser futuro, primero hay que empezar a ser presente y eso es lo que tienen que tener en cuenta e cara  un mejor y más digno y fructífero porvenir.

 *Abogado. Especializado en Gestión Pública. Derecho Administrativo y Contractual. Candidato a Magister en Derecho Público. Analista. Conferenciante. Columnista

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