Por: Rubén Darío Ceballos Mendoza*
Afirman muchos académicos que la calidad de la educación universitaria se erosiona, dado en su decir que editoriales, docentes, estudiantes y universidades tienen incentivos para preferir materiales más fáciles y de menor exigencia, dando como resultado lo cual, un equilibrio de comodidad que empobrece el aprendizaje, lo que obliga a reflexiones tales como que en verdad Santa Marta quiera o pretenda acercarse a ser una ciudad universitaria, aspiración legítima que debería ser una oportunidad para que nuestras administraciones públicas se concentren en concretarla, empiecen por la incómoda precisión que una ciudad universitaria no se construye solo con campus, ni con matrícula creciente, sino con calidad, investigación, exigencia académica y vida intelectual, lo que revisado señala que tenemos deudas serias en casi todos esos frentes.
Es tener en cuenta igualmente, y sobre ello hay tanto estudios como investigaciones y análisis de fondo, que el problema no empieza en la universidad. Los diagnósticos sobre educación escolar son insistentes en cuanto que sin una base sólida en lectura, escritura y matemática, la educación superior recibe estudiantes con vacíos que luego casi nunca corrige. Sostienen esos mismos desarrollos que nuestro currículo escolar no prepara adecuadamente para futuras carreras y que un alto porcentaje no crea que la educación superior prepara bien para el mundo laboral. Conclusión: llegamos mal a la universidad y, según la propia percepción social, tampoco salimos suficientemente bien de ella.
Las universidades fuertes no nacen solo de más presupuesto, sino de la combinación de talento, recursos y capacidad institucional para decidir su rumbo. Otro dato pertinente es que los textos concentrados en la educación terciaria. Y esto es en toda Latinoamérica, apuntan a que la región pasó de una universidad de élites a una universidad masiva, pero sin asegurar por ello calidad, investigación ni innovación. Una universidad que solo transmite conocimientos, pero no produce nuevos saberes, queda inevitablemente rezagada. La universidad se justifica por lo que enseña y por lo que investiga.
Actualmente la discusión reciente sobre investigación refuerza esa preocupación y tenemos que convenir en la incómoda paradoja que algunas universidades, si bien publican más que antes, seguimos rezagados en términos relativos, problema que sugiere que no es solo la falta de dinero, sino el uso ineficiente de los recursos.
Tampoco podemos pensar hoy en una universidad desconectada de la empresa y del trabajo, cabiendo recodar en este punto el informe reciente del Banco Mundial sobre capital humano, que indica que una parte decisiva de las habilidades se forma también en el empleo, por lo que la relación universidad / empresa no debe reducirse, entonces, a una bolsa de trabajo, sino a prácticas, aprendizaje aplicado, formación permanente y continua e innovación conjunta, lo que para Santa Marta debe ser en cuanto tejido empresarial y dinamismo productivo, lección decisiva, como es el que una ciudad universitaria no solo gradúa profesionales; sino que también coproduce talento con su economía.
El desafío se vuelve más urgente en esta era tecnológica; más, cuando el llamado índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial, advierte que la región y el país, si bien tienen entusiasmo por la Inteligencia Artificial, no cuentan con talento avanzado, es poca la inversión y escasa capacidad endógena. Una Santa Marta que aspire a liderazgo no puede quedar al margen de la Inteligencia Artificial. Estudiar e investigar no es solo aprender técnicas, sino formar una inteligencia rigurosa y éticamente responsable. Seremos ciudad universitaria cuando decidamos que el conocimiento de igual forma es infraestructura y que su futuro depende también de lo que produzcan sus universidades.
* Jurista. Especializado en Derecho Laboral. Derecho Penal. Docente Universitario. Conferencista. Panelista. Columnista. rubenceballos56@gmail.com

