Por: Colectivo Popular
Llegó a Beirut en los años de pólvora. La guerra del Líbano ardía en 1976 y la ciudad olía a hoteles quemados. Allí nació Farid, de familia cristiana, melancólico y bigotudo según lo recordaría años después un amigo periodista que lo conoció cuando hacía autostop para volver a combatir. Su madre, libanesa de ojos enormes, lo quería como a un hijo. Pero Farid no se quedó a pelear. Cruzó el mar.
Años más tarde reapareció en Detroit, bata blanca, acento amable, título de oncólogo. Fundó Michigan Hematology Oncology y abrió siete clínicas. Los pasillos se llenaron. Pacientes con miedo, con bultos, con esperanza. Farid los miraba a los ojos y pronunciaba la palabra que parte la vida en dos: cáncer.
Y entonces empezaba el negocio.
Entre 2007 y 2013, Farid Fata diagnosticó cáncer a gente que no lo tenía. A otros, que estaban en fase terminal, les ordenó quimioterapias brutales que no podían salvarlos, solo alargar la factura. Usaba goteros en vez de inyecciones porque así Medicare pagaba más. A un hombre le dio rituximab 94 veces cuando el límite son ocho. A otro, 260 semanas de quimio cuando tocaban 24.
Facturó 225 millones de dólares a Medicare. Cobró 17 millones. Con eso compró poder. Pero dejó 553 víctimas identificadas.

