Guillermo Barreto -Economista. Gestor Cultural. Compositor. Conferencista. Escritor. Autor. Columnista

Por: Guillermo Barreto Vásquez*

El 5 de mayo de 1962 cumplió 60 años que se apareció la Virgen en Sempegua en el corregimiento de Chimichagua, ubicado a la orilla de la ciénaga de Zapatosa, a unos 37 kilómetros de El Banco en el departamento del Magdalena.

Diez días después, el viernes 15 de mayo, un día bastante caluroso, hacía dos o tres días que había llovido y la sofocación era intensa por la reverberación. Muy temprano, el conductor estacionó el camión de Armando Pisciotti Alvarado en la puerta de la casa de su hermano Eusebio Pisciotti (Chebo). El propósito era realizar un paseo a Sempegua y que algunos banqueños visitaran el lugar donde se apareció la Virgen. Eran como las 7 de la mañana, en el camión se montaron mis vecinas, las Pisciotti Alvarado, hijas de Eusebio, entre ellas Ludís, Estela y Martha. Más adelante recogieron a las hermanas Quinteros, Estilita y Cuya, que vivían al lado de la Logia Masónica; después a María Vanstrahlen de Pisciotti con sus hijos. Me acuerdo de María Victoria, Fernando de pie, Julio y Jorge sentados al lado de Óscar; terminaron de recoger a la familia Pisciotti Numa, con Amanda, las hermanas Aida y Dioni Masson Vigña. De mi casa fuimos los tres hermanos, mi mamá y mi abuela Mercedes Cárdenas Beleño. Margarita Rosa, que está en la foto al lado de María Victoria.

Fue un largo viaje, como de dos horas y media; la carretera o trocha tenía muchas huellas con barro rojo y el camión andaba despacio, meciéndose de lado a lado. El camión era un transportador de leña. Tenía una cabrilla grande y dos ventanas de vidrio donde Jesusito. Tenía construida una doble cabina con asientos en madera con un cojín rojo, largo de punta a punta para los pasajeros, que se rodaban hacia adelante cada vez que lo frenaban para pasar un charco.

Por fin llegamos a Sempegua, corregimiento de Chimichagua, toda la pelaera se tiró del camión como queriendo decir tierra firme. Unos salieron a tomar agua, a comer galletas, panochas, sándwiches, y otros los mandaron a orinar. Parecía como cuando uno llega a un centro comercial; en vez de mirar vitrinas, mirábamos las casas con techos de palma, los árboles, las personas, las gallinas, los perros rascándose y los puercos en la calle. Mirábamos todo lo que podíamos apreciar para tener un recuerdo del paseo.

Los visitantes mayores con pinta de turista, acompañados de sus familiares, caminaron hacia la orilla de la ciénaga. Los pobladores comentaban que a un costado, a mano derecha, estaba el lugar donde se aparecía la Virgen, y que tenían que hacer turnos o fila para entrar o acercarse a los matorrales repletos de bejucos. En el lugar había una flor con unos pétalos rojos. Recuerdo que en la casa de Ana Elena Acuña florecía diariamente una en el jardín y con esas flores hacíamos cadenetas. También los artesanos culturales utilizaban este bejuco amarrado con alambre dulce y después forrarlo con papel de envolver y pintarlo para construir el armazón de las galápagas y la vaca loca para la fiesta de la Virgen de la Candelaria.

Cuando nos tocó el turno de entrar al matorral de los bejucos retorcidos, mis hermanos, mi mamá y mi abuela llegamos hasta el lugar demarcado de la entrada. Queríamos apreciar, sin pisar el santuario, que estaba todo iluminado con velas o espermas. Se sentía el calor con una fragancia floral que nunca he olvidado. Todos miraban como buscando algo; había otras personas a nuestro lado en esa misma situación. Querían ver a la Virgen.

Ya habían pasado como tres o cuatro minutos de la llegada a la verja que nos separaba del santuario. De pronto grité: «¡Allá está, allá está la Virgen!». Yo señalaba con el dedo índice derecho el lugar donde estaba, al lado derecho del santuario, donde yo la veía. Sin embargo, los que estaban a mi alrededor no lograban verla. Mi mamá volvía y me preguntaba igual que mi abuela. Veía una Virgen a unos seis o siete metros de distancia, en colores con un manto rojo y azul que le cubría la cabeza como las que están en las iglesias, tenía en el brazo derecho a un niño vestido de blanco. Ambos tenían movimiento, se movían, ella miraba al niño y me miraba. La imagen era como del tamaño de 20 centímetros, del grande de una botella; era transparente. De pronto, el señor que estaba colocando las velas pasó por encima de la imagen de la Virgen y desapareció. Quedó un enjambre de estrellas brillantes que titilaban en forma de un arco, de la altura de los pies a la cabeza de la Virgen, como si fueran foquitos de la Navidad.

Seguí buscándola con mi vista fija entre los matorrales y giré hacia la izquierda y allí estaba otra vez. Mi hermano Javier también la señalaba, pero pasó caminando, colocando velas encendidas, y volvió a desaparecer.

En ese entonces, tenía 8 años, casi igual a mis amiguitos que fueron al paseo, después vino el retorno y nos montamos otra vez al camión y de vuelta a El Banco. En este retorno desde la carretera se pudo apreciar una tromba marina o manga marina, que es un fenómeno atmosférico cuyo aspecto visible es el de una masa nubosa con forma de embudo que, girando rápidamente, subía de la ciénaga de Zapatosa a las nubes. Dicen que al día siguiente llovieron pescado sobre el corregimiento de Belén.

Unos vieron la Virgen y otros no; nunca más oí hablar de la Virgen que apareció en Sempegua. Mi abuela se murió ese año, y vine a empezar a conocer las historias 8 años después, cuando entré al bachillerato. Por los comentarios, las historias y leyendas, supe que la Virgen se les había aparecido a tres niñas que estaban en ese lugar evacuando sus cuerpos. Ellas contaban que era muy bonita, con muchas luces, que la Virgen las llamaba con la mano para que se acercaran, pero el pueblo se había revolucionado con esa aparición; unos decían que era el diablo, otros que era otra cosa. Los creyentes y los no creyentes se inventaron una serie de cuentos, historias y anécdotas que, por ignorancia o diferencias en las prácticas religiosas, unos perdieron la fe, asustando a los familiares de las niñas. Podría haber sido otra Cova de Iría.

De las tres niñas dicen que a una la enviaron enseguida para Santa Marta, donde reside, otra que murió y de la otra no se sabe. El sacerdote párroco de Chimichagua que trató de entender y hacerse cargo de ese testimonio se accidentó en lo que se llama hoy la vuelta del cura —la curva antes de llegar a Chimichagua—. Allí falleció y decían que la Virgen se lo había llevado y así crearon el pánico.

Cinco años después recogí una cantidad considerable de esas flores y las metí en agua hirviendo para experimentar la experiencia de volver a sentir esa fragancia de estrellas de la visita a Sempegua, con la hechura de un perfume, pero no tuve el resultado que esperaba.

Hace como unos diez años hablé con varias personas sobre el tema. Una prima hermana menor de una de las niñas, que vive en Santa Marta en el barrio San Fernando, me contó que su abuelo le decía; que el lugar del santuario se inundó por la creciente de la ciénaga y los pobladores del corregimiento tuvieron que mudar sus casas a un lugar de tierra alta, no muy lejos de la orilla, porque eran pescadores. El abuelo le narraba que, desde la parte alta del pueblo, desde su casa sentado en la puerta, se veía por las noches cómo se iluminaba la ciénaga, saliendo una luz del fondo de ella; era una ciénaga de colores. Eso demoró como tres meses y desapareció cuando bajó la inundación.

Hablé con una señora, hija del dueño de una de las fincas cerca del corregimiento; ella reside en Valledupar, es paisa. Me comentó que ella la había visto y que había regalado la imagen que está en la iglesia. También hablé con Elba Mejía, y me contó que la había visto, lo mismo que mi hermano Javier.

Cuando relato o cuento este testimonio, muchas personas quedan como incrédulas; piensan que al Guillo se le corrió la teja. Pero siempre me asalta una pregunta: lo que vi en mi infancia fue una imagen en colores, pero en 1962, en ese año no habían llegado las películas en Tecnicolor a El Banco; llegaron como en 1968 o 69 al teatro Maribud. Todas eran en blanco y negro; además, no había televisión en colores. Las tomas fotográficas también eran en rollos de negativos blanco y negro. La primera vez que vi un holograma fue en una película con Arnold Schwarzenegger en el cine Radio City. Estaba estudiando economía en Bogotá, donde relacioné la imagen de la Virgen que vi, y me dije: «Eso fue lo que vi en Sempegua». Mi fe sigue intacta desde el día que señalé que allí estaba la Virgen; diariamente la llevo en mi corazón, me ha protegido y bendecido por siempre. 

*Economista. Escritor. Compositor. Folclorista. Galardonado en distintos Festivales Nacionales e Internacionales. Columnista

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