Por: Joaquín Mattos Omar*
Al cumplirse hoy cien años del nacimiento del gran escritor barranquillero, Contexto publica, en exclusiva para sus lectores, esta semblanza que explora una faceta poco conocida de uno de los integrantes, junto a Gabriel García Márquez, del grupo de Barranquilla. “Es muy fácil hablar de Álvaro Cepeda”, escribió de su puño y letra Alejandro Obregón (el puño, sólido; la letra, enorme).
¿Hasta qué punto esa facilidad es responsable de que muchos de quienes conocieron al autor de La casa grande se hubieran limitado a proponer como su más auténtico y completo retrato la imagen más superficial e inmediata que él proyectaba? ¿Era Cepeda Samudio nada más que ese hombre intenso, arrollador, desmesurado, explosivo, vociferante y medio salvaje que nos pintan casi todos, forjando así a muchas manos el personaje llamativo, pero monosémico y sin matices que pervive en el imaginario colectivo? “Se puede hacer un inventario de las metáforas usadas para referirse a Cepeda (huracán, terremoto, ciclón) y todas apuntan al bárbaro aparente”, me dice Ariel Castillo, quien es uno de los mejores estudiosos de su obra. “Frecuentemente, las semblanzas de Cepeda se quedan en la anécdota por la seducción que en sus admiradores ejercen su vitalidad, su irreverencia, su acentuado caribeñismo”.
El reto, pues, es trascender esa apariencia ya asentada que, por lo fuertemente seductora, resulta casi ineludible. Pero un momento: en realidad, para trascenderla, no hay que eludirla, sino más bien confrontarla con rigor crítico a fin de establecer qué hay y qué no hay de verdad en ella. Porque no puede ser que todos a una se la hayan inventado toda. Lo que más bien ha sucedido es que se han acentuado y exagerado los rasgos que la componen, o algunos de esos rasgos en particular. Y, sobre todo, lo que ha sucedido es que se ha reducido al hombre Cepeda Samudio a esa imagen, que acaso era sólo una de sus facetas, o, como han insinuado algunos, tan sólo una máscara detrás de la cual se ocultaba el verdadero Cepeda Samudio. Sin mencionar, desde luego, el hecho lamentable de que esa imagen personal ha desplazado del primer plano otra parte esencial de su ser: su obra escrita y audiovisual.
Esa imagen personal, como sabemos, nos muestra que Cepeda reía a carcajadas (ya en Cien años de soledad se lee que, en el burdel de Pilar Ternera, “Álvaro asustaba a los caimanes con sus carcajadas de estrépito”), que Cepeda hablaba a los gritos (el mismo García Márquez refiere en Vivir para contarla que, en 1950, su amigo le “dio un curso completo [de cine] a base de gritos y ron blanco hasta el amanecer en las mesas de las peores cantinas”), que Cepeda hablaba con palabrotas (el novelista y crítico de arte mexicano Juan García Ponce cuenta que, cuando lo conoció en 1960, las primeras palabras que el barranquillero le dirigió fueron “¡Hijo de puta, ¡dónde están los cuadros!”), que Cepeda tiraba trompadas (en sus mencionadas memorias, García Márquez cuenta que, en el burdel El Gato Negro, Cepeda y el fotógrafo Quique Scopell “pusieron en fuga” a 12 marinos noruegos “a puñetazo limpio” por defender a una prostituta y el propio Cepeda, en su disparatada entrevista con Obregón, afirma que él y el pintor recibieron juntos en broncas y accidentes “más de un centenar de brechas”), que Cepeda era incansable (Daniel Samper Pizano atestigua: “Vivió casi todos los días durante 24 horas, y hubo varios a los que alcanzó a sacarles unos minutos más”), que Cepeda era hiperactivo (según García Márquez, nunca permaneció quieto “más de una hora” en su vida y “no tenía serenidad para sentarse a escribir”), que Cepeda era bebedor y parrandero (dice Samper Pizano que era “capaz de […] parrandear tres días seguidos sin dormir” y que lo vio “despachar una botella de ron de un solo trago y seguir tan tranquilo”), que Cepeda era mujeriego (según Plinio Apuleyo Mendoza, era “capaz de enamorarse de una modelo de Vogue o de una muchachita de origen popular, de una reina de belleza o de una gringa de los Cuerpos de la Paz; y según Samper Pizano, podía “aguantarse un pomposo coctel de cachacos santafereños por perseguir a una mona”), que Cepeda no respetaba modales ni normas sociales (usaba siempre “unas sandalias de trapo de las más baratas”, según García Márquez, y andaba “con la camisa abierta y se le veían los pelos del pecho”, según Miguel Falquez Certain, y no era raro que, con sus amigos, se orinara sobre el monumento de un prócer, como cuenta García Ponce que hicieron con una estatua de Bolívar en Bogotá). El periodismo, la literatura, el cine, y una bohemia costeña no exenta de cierta picaresca fueron cultivadas por Cepeda Samudio junto al resto de confabuladores del grupo de Barranquilla.
Tales son los rasgos del Cepeda ya entronizado en la imaginación de la gente. La figura así perfilada, ¿es histórica o legendaria? Sin duda, mucho hay de verdad en ella, ya sea de verdad profunda o sólo fenoménica, pero ésta necesita ser matizada si no queremos quedarnos con una mera entelequia en vez de con un ser humano de carne y hueso. Así, hay que decir que el Cepeda que no respetaba modales ni normas sociales podía también “comportarse como el Príncipe de Gales en una comida bogotana donde Álvaro Sánchez Mallarino”, como cuenta Samper Pizano. Ese Cepeda desaliñado e irreverente es también mitigado por el siguiente testimonio del abogado y columnista de prensa cartagenero Ramiro de la Espriella: cierta vez, cuando el equipo de asesores y colaboradores del grupo Santo Domingo estaba concentrado en una habitación de las Residencias Tequendama, en Bogotá, Cepeda se movía de aquí para allá, sin camisa y con un vaso de licor en la mano. “Sonaba el teléfono. Era don Mario [Santo Domingo], que llamaba a Cepeda desde Barranquilla. Álvaro corría al closet, sacaba una camisa, se la ponía, y luego respondía, responsable y serio: ‘Don Mario, el equipo está completo, todo está listo, tranquilo, don Mario…’. Volvía al closet, se quitaba de nuevo la camisa, y continuaba gritando”.
Conviene también señalar que el Cepeda extrovertido y expansivo de las risotadas y los gritos era también un hombre tímido, como lo atestigua García Márquez en sus memorias, timidez que “resolvía a su manera y no siempre con fortuna”. En otro lugar de ese mismo libro, califica esa timidez de su amigo como “ejemplar” y refiere que la notó aquella vez, en febrero de 1951, cuando Álvaro, enterado de que el cataquero se iba de Barranquilla para regresar a vivir a Cartagena, no supo qué decirle y sorteó de cualquier modo “las ganas de llorar”. Yendo un poco más allá, Ramiro de la Espriella le atribuye un sentimiento más hondo que la timidez: “Era un ser irreal que quería engañar su propio pavor, y que a veces a fuerza de tanto gritar parecía totalmente callado”.
Hay que decir asimismo que el Cepeda pendenciero y soez se valía a veces de la violencia para disfrazar una “inconmensurable ternura”, como lo hace constar García Ponce, quien señala además que, oculto bajo esa intensidad, “estaba el infinito pudor del que busca desaparecer” detrás de ella, y que sus carcajadas surgían “de la más tierna de las sonrisas”. De la Espriella insiste en que “asustaba desde afuera a la gente hasta lograr que perdiera su susto de adentro”. Como ven, han salido a relucir conceptos como disfrazarse, ocultarse. Otros amigos muy cercanos de Cepeda también plantean, si bien lateralmente, esa tesis de un hombre que se desdoblaba con el fin de parapetar su verdadero ser detrás de otro más o menos falso. Dice Plinio A. Mendoza: “Había uno que vivía como agazapado dentro de sí mismo: el huérfano, diría yo: el huérfano que no había logrado salir aún de los patios salitrosos y de las alcobas húmedas de la Casa Grande, allá en Ciénaga […], de las ansiedades y temores de su infancia, un hombre asustado pero capaz de ternura y pudor”. El propio Plinio habla en otra parte de “esa otra personalidad de la que había resuelto revestirse (quizá para ocultar la vulnerabilidad de la otra, un poco como esos guerreros de tribus africanas que se ponen máscaras para infundirse valor)”.
Otro que suscribe este planteamiento es de la Espriella, quien sostiene con claridad: “Siempre he creído que en el grupo de Barranquilla había dos personas que no son como parecen: Cepeda y Gabito. Alvaro más irreal que Gabito. Como interpretando su propio papel porque era su manera, extrovertida y cordial, de demostrarle a la gente que los valores que la gente respeta, sus reglas y su abyección, nada tienen que ver con el mundo sino con la cobardía”. El abogado y humanista cartagenero se pregunta más adelante: “¿Había otro Cepeda dentro de él mismo? ¿No un ser represado sino espontáneamente silenciado?”, y se responde que “Álvaro caminaba por dentro. Era más fuerza subyacente que poder vivo. Distancia entre el yo expresado y la dolencia intima: el corazón que se resiste, el pavor de lo inexpresado, la multitudinaria soledad”.
Hablar de un Cepeda tímido, asustado, lleno de pavor, lleno de los “temores de su infancia”, es proponer un Cepeda que nunca logró dejar atrás por completo su niñez. Y, en efecto, Julio Mario Santo Domingo, al evocar el hábito de su amigo de expulsar de La Cueva “a todo aquel que considerara un intruso” en la “cofradía”, señala que “había algo de infantil en todo aquello”. Y de la Espriella ratifica: “Como todo hombre de verdad era un niño: sentimental y malcriado. Un niño hecho de soledad”.
Éste es, pues, el otro Cepeda Samudio, el que corrige o completa el muy conocido retrato que la leyenda postula. Y faltan aún otras dos facetas cruciales: el Cepeda generoso y altruista y el Cepeda promotor y emprendedor cultural. El primero se prodigaba en regalos para sus hijos y los hijos de sus amigos, le compraba a un niño vendedor de dulces por una suma superlativa todas las existencias de su venta ambulante, ponía de improviso un fajo de billetes en las manos de un conocido a quien se topaba en la calle, les conseguía becas de estudio a “las muchachitas que se acostaban por hambre”, apadrinaba deportistas y músicos sin recursos y le daba apoyo financiero a alguna de las iniciativas educativas del profesor Alberto Assa. El segundo fundaba de jovencito periódicos escolares, un grupo de teatro y un centro literario, organizaba salones de pintura, fomentaba la creación del Museo de Arte Moderno de Barranquilla, era un dinámico directivo del Centro Artístico de la misma ciudad y hacía que la familia Santo Domingo comprara un importante diario que luego él se encargaba de estructurar y dirigir.
Cepeda –¿será que a veces se nos olvida?— fue un escritor, un periodista y un cinematografista, y en esas tres disciplinas dejó obra. Una obra muy valiosa e importante, si bien, me parece, todos estaremos de acuerdo en que la más memorable es la del novelista y cuentista. Bien: ahora sí tendríamos, creo, su imagen personal redondeada, acabada. Pero ¿no nos falta algo para que el nombre Álvaro Cepeda Samudio –ese nombre que ha perdurado y perdurará mucho más allá del individuo mortal que lo portó— adquiera su más pleno significado? Ah, sí, disculpen, una bobadita: ¡la obra creativa!
Cepeda –¿será que a veces se nos olvida?— fue un escritor, un periodista y un cinematografista, y en esas tres disciplinas dejó obra. Una obra muy valiosa e importante, si bien, me parece, todos estaremos de acuerdo en que la más memorable es la del novelista y cuentista. No está mal que conservemos y cultivemos su imagen personal, ya que, como dijo y escribió Borges más de una vez, todo escritor deja dos obras: una, la escrita; otra, la imagen que queda de él. Nótese bien: la imagen dejada o construida a través de la vida vivida es también una obra, y a pocos resulta ello tan aplicable como a Cepeda, que, como observa García Ponce, hizo voluntaria e intensamente de su vida una obra.
¡Pero no hay que olvidar la otra obra, la escrita, que es fuente de más y mejores recompensas! Sobre todo porque ésta nos permite también conocer todavía más al hombre, y de un modo directo, pues al leerlo no hacemos otra cosa que meternos en su espíritu y seguir el curso íntimo de sus vivencias mentales. Es entonces cuando, en los textos de Todos estábamos a la espera y de La casa grande (mucho más que en los de Los cuentos de Juana), accedemos a la “sensibilidad fina, delicada”, como anota Ariel Castillo, de Cepeda Samudio. Una sensibilidad que se transparenta en un lenguaje diáfano, terso, incluso seductoramente poético.
Este artículo conmemorativo de su centenario se ha centrado en Cepeda la persona –el hijo único de Luciano Cepeda y Sara Samudio, el bachiller del Colegio Americano, el estudiante de periodismo de la Universidad de Columbia, etc.— por la sencilla razón de que su objetivo era buscar la otra cara un tanto oculta de su retrato humano más conocido. Pero, en el cierre, quiero subrayar la enorme conveniencia de visitar ese lugar acogedor y espléndido donde late con fuerza y belleza su alma: las 350 páginas que constituyen la totalidad de su obra literaria. No son más, pero no son insuficientes. * Escritor y periodista. Premio Simón Bolívar. Ha publicado las colecciones de poemas Noticia de un hombre (1988), De esta vida nuestra (1998) y Los escombros de los sueños (2011). Su último libro se titula Las viejas heridas y otros poemas (2019).

