Alfredo Leon Leyva -Ingeniero. Escritor. Columnista

Por: Alfredo León Leyva

Enfrente del balcón en el primer piso del apartamento que ocupaba, un jardín que renacía de poco a poco, y el verdor en el fondo se adornaba con los florecidos racimos del rojo coral entre sus abundantes pero pequeñas hojas; Y decía mi abuela: “la flor del pobre”, por ser ellas las utilizadas en las coronas de los entierros de los más humildes, las que llenaban abundante el espacio visto. 

Y más allá, el ancho y espacio piso vaciado de concreto de color blancuzco del parqueadero del edificio, el que soportaba el inclemente sol de la mañana hasta bien entrado el atardecer. 

Así descubría a partir de un tiempo para acá, contemplativo, la bruma que todas las mañanas cuando el sol asomaba imponente siendo los finales del mes de marzo y aquel humo observado que volátil subía en su proceso de sublimación, imagino, para llegar más tarde a nutrir una curiosa nube blanca en los cielos.

Y de mal gusto entonces sentí en mis sensores olfativos, al instante cuando esa pequeña bruma vista desaparecía en su ascenso, y el vinagroso olido que no se iba y que parecía que con el calor del poniente iba en aumento hasta hacerse insoportable. 

Entonces quise descubrir: el porqué de aquellos olores, que solo se sentía en las horas del calentano, y que huía cuando el manto de la noche despuntaba al asomo de la luna. 

No encontraba razón, digo: no descubría aun la razón de aquello. 

Pero cierta mañana la contemplación cotidiana tuvo un giro brusco en mi sentir, cuando atento supe de esa respuesta a mi inquietud tenida, que confieso ya era una preocupación por saber la razón de aquello; y fue cuando vi a aquél muchacho delgado él, que llevaba a su perrito tenido de su mano izquierda con una larga reata; y en su mano derecha cargaba un celular que atendía absorto enfrente de su cara con la mirada fija en esa pequeña pantalla. Pensé: caramba, menos mal que el perrito lo guía, evitándole una caída. Y el pequeño animal enfrente mío y al jardín de mi balcón, en el andén, detenido levantó una de sus patas trasera y “echó allí su meada”; dejando el origen de la bruma vista cuando el sol comenzaba a arder. ¿Saben? El joven, mecánico se detuvo cuando el animalito lo hizo y prosiguió él cuando la pequeña bestia reinicio su paseo, sin notar siquiera en donde se había “meado” su mascota. Ni siquiera notó que casi la pequeña mascota me mea los pies.

El muchacho, el que era guiado por el pequeño can, me pareció uno de esos sobresalientes imitadores del llamativo caminar de las féminas cuando es que inician su pubertad, armónico, interesante y cautivante a los ojos de cualquier mozo; y con cadencia propia en los movimientos que se notan en el andar rítmico en las ancas de una yegua, visto así: llegué a imaginar para él en esa calificación dada para el mejor estudiante de la clase, merecedor sin restricción alguna a un CINCO ACLAMADO. Y si hubiese tal grado que denotase una mención tan especial que mereciera el joven aquél a tan temprana edad, superlativo le daría merecedor el de GRAN MAESTRO EN MARIQUISMO.

¡Vaya qué vaina!  El creador nos devela poco a poco por medio de los sentidos lo que aún no descubrimos, y en este caso fueron mis papilas olfativas las que avivaron el resto de esos, los sentidos, para ubicar no solo el origen de aquellos volátiles olores cotidianos; sino, además, observar lo que produce la sobrecarga  de amor dada a los nuestros, que abren esa Avenida de perdición de la identidad del genero de lo que decimos: “más queremos”.

Muchas veces desde niño repetí una voz o término, que aun en mi senectud no se realmente: qué quiere decir. Y quizá alguno de ustedes lo sepan; por favor, tengan la bondad de hacerme saber el significado de: ¡CHANCAN PLANA!  

*Ingeniero. Analista. Columnista

¿Cómo le pareció el artículo?
+1
1
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0

Por editor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *