miguel bayter bayter- Abogado. Columnista

Por: Miguel Enrique Bayter Bayter*

En un escenario internacional marcado por tensiones militares, rivalidades regionales y una economía aún expuesta a sobresaltos energéticos, ciertos puntos del mapa adquieren una relevancia que excede con creces su dimensión física; no tanto por su tamaño, como por la concentración de intereses estratégicos que convergen en ellos. El estrecho de Ormuz es uno de esos espacios donde la geografía deja de ser un simple dato cartográfico y se transforma en variable estructural del equilibrio global. Analizar su importancia no es un ejercicio descriptivo, es una necesidad para comprender la magnitud de los riesgos que implicaría cualquier alteración en su funcionamiento.

El estrecho de Ormuz constituye una pieza esencial del sistema energético internacional; su trascendencia no reside únicamente en su ubicación, sino en el volumen de recursos que lo atraviesan y en la fragilidad inherente a esa concentración. En sus aguas confluyen tres aspectos altamente peligrosos, dependencia energética, rivalidad estratégica y sensibilidad financiera.

Más de 20 millones de barriles de petróleo cruzan diariamente ese corredor marítimo, cifra que representa aproximadamente una quinta parte del consumo mundial. A ello se suma el tránsito casi total del gas natural licuado exportado por Catar, actor fundamental en el suministro global. Esta doble condición, arteria del petróleo y eje del comercio de GNL, lo convierte en el principal punto de estrangulamiento del mercado energético contemporáneo.

Desde el punto de vista jurídico, Ormuz es un paso marítimo internacional; sin embargo, la geografía impone realidades que el derecho no elimina. Irán domina la ribera norte; Omán, la sur; no obstante, tanto por proximidad como por capacidad militar, Irán detenta una ventaja estratégica significativa.

Esa ventaja no implica necesariamente la ejecución de un cierre efectivo. En entornos financieros altamente sensibles, la sola elevación del riesgo percibido puede desencadenar efectos inmediatos en precios y expectativas. En este contexto, la amenaza funciona como instrumento de presión geopolítica, aun sin materializarse plenamente.

Un eventual bloqueo generaría una contracción súbita de la oferta disponible en los mercados internacionales. Aunque Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos disponen de oleoductos alternativos que permiten desviar parte de sus exportaciones, la capacidad de sustitución es limitada frente al volumen habitual que transita por el estrecho.

El incremento del precio del crudo sería el primer efecto visible, pero no el único. La transmisión a combustibles, transporte y costos logísticos se produciría con rapidez. Más preocupantes aún serían los efectos de segunda ronda, es decir, presiones inflacionarias persistentes, ajustes en la política monetaria y posible desaceleración del crecimiento económico. En economías todavía sensibles a shocks energéticos, el impacto podría extenderse más allá del sector energético.

En los mercados financieros, la reacción previsiblemente incluiría volatilidad bursátil, incremento de primas de riesgo y desplazamiento de capital hacia activos considerados refugio.

Las economías asiáticas figuran entre las más vulnerables ante una interrupción prolongada. China, Japón, Corea del Sur e India dependen en gran medida del crudo del Golfo Pérsico. Una alteración sostenida obligaría a redirigir flujos comerciales hacia proveedores alternativos, previsiblemente a costos superiores.

No obstante, los principales consumidores han acumulado reservas estratégicas que podrían amortiguar un cierre temporal. Dichas reservas ofrecerían margen de maniobra en el corto plazo, pero no sustituyen indefinidamente el flujo regular que atraviesa el estrecho. La duración del evento sería, por tanto, el factor decisivo.

Desde la perspectiva iraní, un cierre total tampoco es una decisión exenta de consecuencias. Sus propias exportaciones energéticas dependen de ese mismo corredor. Además, un bloqueo prolongado podría tensionar relaciones con socios comerciales relevantes, especialmente en Asia.

La presencia naval de diversas potencias en la región introduce un elemento adicional de disuasión. Cualquier interrupción sostenida podría escalar hacia un enfrentamiento de mayor alcance, con efectos imprevisibles para todos los actores involucrados. En consecuencia, la utilidad estratégica del estrecho parece residir más en su capacidad de influencia que en su clausura efectiva.

El estrecho de Ormuz representa uno de los puntos más sensibles de la estructura económica mundial; no es únicamente un canal marítimo, es un nodo donde convergen energía, finanzas y seguridad internacional. Su vulnerabilidad explica su poder.

Un cierre prolongado sería técnicamente posible, pero estratégicamente costoso y difícil de sostener; por ello, su relevancia actual descansa menos en la probabilidad de una interrupción absoluta que en su capacidad de alterar expectativas, condicionar mercados y servir como herramienta de presión en un entorno geopolítico cada vez más volátil. 

*Abogado. Escritor. Analista. Columnista

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