Por: Juvenal Infante*
La obsesión de Fidel Castro por el control total hizo trizas una economía que era puntera en la región. El resultado fue la creación de un Estado mendicante.
Cuba es un gran pequeño país poblado de gente maravillosa; otra cosa es la Cuba secuestrada por los Castro y una cúpula de usufructuadores indolentes ante el calvario de su propio pueblo: un sistema sostenido por el paredón y la prisión política, el adoctrinamiento desde la infancia y un control social que utiliza la amenaza como método de gobierno. Es la tragedia de la familia fracturada por la diáspora inducida, del hambre que despoja de dignidad y de una humillación permanente que ha empujado a la sociedad a la desesperanza, e incluso a la prostitución, como desgarrador recurso de supervivencia.
Libertad y petróleo: Trump intensifica presión sobre la dictadura cubana. La historia suele ser implacable con los dogmas que se sostienen sobre el hambre de los pueblos. Hoy, la isla atraviesa el eclipse definitivo de un modelo que nació del resentimiento y se mantuvo mediante el parasitismo ideológico. El reciente anuncio de su presidente, Miguel Díaz-Canel, expresando una calculada disposición a negociar con la administración estadounidense de Donald Trump en un escenario de «cero combustible», no se puede interpretar como un gesto de apertura democrática, sino como el último estertor de un régimen que se ha quedado sin anfitriones a quienes desangrar. El «mendigo desvergonzado» en el que se convirtió la Revolución hoy estira la mano hacia el mismo Washington que usó como excusa para su fracaso durante sesenta años.
Génesis del resentimiento: un perfil siquiátrico. Para comprender el presente es imperativo desmitificar el origen. Existe una diferencia abismal entre los procesos revolucionarios de la vieja guardia y el fenómeno cubano. Los revolucionarios rusos de 1917, o incluso los seguidores de Mao en la China del siglo pasado, creían -de buena fe- en el Manifiesto Comunista de 1848. Había en ellos una mística intelectual, un intento de responder a desafíos históricos con una entrega idealista, aunque el resultado fuera trágico. Sin embargo, mientras China tuvo la lucidez de dar el viraje a tiempo hacia el pragmatismo -entendiendo que el progreso exigía reconectarse con la iniciativa individual-, Cuba optó por atrincherarse en el control absoluto y el estancamiento.
En Cuba, la historia fue distinta. El motor de Fidel Castro no fue la dialéctica marxista, sino una condición siquiátrica de resentimiento patológico que arrastraba desde su infancia, tal como lo ha testimoniado con lucidez su propia hermana, Juanita Castro Ruz. Lo de Fidel no fue una gesta ideológica, ni mucho menos heroica; fue la toma fácil de posesión de un hombre incapaz de experimentar afecto genuino. Su perfil revela un narcisismo absoluto: nunca amó a nadie de verdad, ni a sus mujeres ni a sus hijos, a quienes utilizó como simples satélites de su propio ego.
Castro transformó una nación vibrante y ejemplar en su dominio personal, donde sus relaciones nunca fueron fruto de la amistad, sino de la más gélida conveniencia. Lo vimos en su trato con Gabriel García Márquez, a quien instrumentalizó para obtener un barniz de prestigio intelectual, y con Hugo Chávez, a quien explotó con una maestría de depredador, convirtiéndolo en el financista de su propia supervivencia. Y después, Nicolás Maduro, formado por Castro. Su odio hacia el éxito ajeno no era una postura política, sino una patología íntima que terminó por infectar a todo un continente.
La Habana que fue y la ruina que es. Es un ejercicio de honestidad necesaria recordar qué era Cuba antes de que el estatismo enfermizo la devorara. Cuando Castro se apoderó de la isla, el país era uno de los más adelantados de América Latina e, incluso, superaba en desarrollo a varias naciones europeas, incluyendo a España y Portugal. La Habana de los años cincuenta era una metrópoli mucho más sofisticada e importante que Miami y que la mayoría de las ciudades del sur de los Estados Unidos.
Sin embargo, las políticas de estatización ciega arruinaron por completo la industria y la agricultura. La obsesión de Castro por el control total hizo trizas una economía que era puntera en la región. El resultado fue la creación de un Estado mendicante. Cuba nunca fue capaz de sostenerse por sí sola; primero dependió del subsidio soviético y, tras la caída del muro, encontró oxígeno en la Venezuela chavista tras la creación del nefasto Foro de São Paulo, diseñado para succionar a América Latina. Hoy, con el suministro de petróleo cortado de tajo -que los Castro revendían para procurarse divisas-, la inviabilidad del modelo queda expuesta: un pueblo sometido a la miseria mientras la cúpula habanera vive como nobles ungidos.
El daño más incalculable que Fidel Castro le hizo a la región fue la siembra de una cultura del resentimiento social. El castrismo consiguió que la gente viera el éxito del prójimo no como un estímulo, sino como una ofensa. Convirtió la envidia en una norma social y el mérito en un motivo de sospecha.
Esta «pedagogía del odio» ha dividido a nuestros pueblos entre «buenos y malos». En esta narrativa perversa, los «malos» son simplemente aquellos que, a través de una profesión liberal o cualquier actividad empresarial decente, creativa y generadora de progreso, han logrado vencer la pobreza. La izquierda latinoamericana, heredera directa de este resentimiento obtuso, ha hecho de los celos sociales su plataforma política. Han convencido a grandes sectores de que la prosperidad de unos es la causa de la miseria de otros, ignorando que la iniciativa individual es lo único que genera riqueza real.
La Cuba que será. El destino de la isla no tiene por qué ser la inercia del colapso. Si se permitiera que la libertad actuara, en tres años se podría obrar el milagro de devolverle la vida a la nación. La llave no está en la caridad internacional, sino en la reintegración de su propio pueblo. Washington debería ser firme: cualquier diálogo debe pasar por la exigencia innegociable de que el gobierno cubano permita el regreso y, con ellos, la libre inversión de los cubanos emigrantes y sus descendientes.
Cuba resucitará de sus escombros para convertirse, en breve, en el verdadero ejemplo a seguir por aquellas naciones que su propio horror ha infectado durante décadas. Los llamados «gusanos» regresarán cargados de conocimientos, tecnología de punta y financiamiento a través de créditos blandos que la renovada productividad de la isla permitirá reembolsar con rapidez. La Cuba que será nacerá de un primer gran acto de liberación: el acceso total a Internet sin censura, la televisión internacional y la libertad absoluta de prensa y de movimiento.
Donald Trump no necesitará enviar helicópteros; el cambio vendrá por el rugido de la iniciativa privada. Cuba, no lo dudemos, nos sorprenderá a todos y nos mostrará el verdadero camino. Lo más irónico será el destino de la cúpula: Raúl Castro, Díaz-Canel y su séquito podrán quedarse, pero tendrán que trabajar bajo las reglas de la eficiencia para contribuir a la reconstrucción. En un par de lustros, la energía privada cambiaría la genética de abandono sembrada por el socialismo durante dos generaciones. Es el momento de que los artífices de la diáspora regresen para reconstruir el hogar suyo que el resentimiento destruyó.
Advertencia final. El mundo entero se equivocó frente a Cuba. Las Naciones Unidas han permitido durante más de seis décadas que una dictadura absolutista se siente en sus consejos mientras su pueblo se hunde en la pobreza y la indignidad humana ante la negación de sus derechos. Se ha aceptado la narrativa del «embargo» como verdad incontestable, cuando el verdadero bloqueo es el que el régimen impone a la libertad de sus propios ciudadanos.
La crisis actual es el desenlace previsible de un sistema que ya no tiene a quién pedirle prestado. América Latina debe despertar de la hipnosis del rencor. Cuba es la advertencia final: los pueblos que entregan su libertad a cambio de una supuesta justicia social basada en el resentimiento terminan perdiendo ambas.
El naufragio cubano ya era inevitable; que no sea también nuestro destino. Los colombianos quedamos advertidos. Preguntémonos: ¿cuál es el modelo de país que realmente quieren para nosotros las fuerzas que hoy prometen redenciones similares?
*Economista. Analista Internacional

