Por: Dinhora Luz Sierra Peñalver*
Por siglos, el pueblo wayuu aprendió a nombrar el mundo desde el viento, la arena y el silencio. La ley no estaba escrita, se transmitía de forma oral. La fe no se predicaba, se soñaba, se sentía y se vivía. La vida no se explicaba, no había razones que obligaran a hacerlo, solo se respetaba. Pero el desierto, que todo lo resiste, no ha sido inmune al paso lento y persistente de otras costumbres, otras creencias, otras formas de mirar.
La cultura wayuu no fue derrotada de golpe por un enemigo cualquiera, fue permeada poco a poco, como se humedece la arena con una llovizna que no parece peligrosa, pero que termina cambiando el paisaje.
El arijuna llegó primero con telas, palabras nuevas, relojes, papeles; luego llegaron las ideas; después, las certezas; y, finalmente, la convicción, muchas veces impuesta con buena conciencia, de que había una sola manera correcta de vivir, de creer, de enterrar a los muertos y de hablar con los dioses.
El cristianismo entró a la ranchería con la promesa de salvación; o preguntó por los sueños, ni por los ancestros, ni por la palabra de los mayores; llegó con una cruz en alto y con la idea, tan antigua como peligrosa, de que todo lo anterior debía ser corregido.
Así, lo que era espiritualidad se llamó superstición; lo que era cosmovisión se redujo a costumbre; lo que era ritual se volvió pecado. Se enseñó a rezar de rodillas, cuando el pueblo wayuu siempre habló con lo sagrado de pie, mirando de frente al cielo.
No fue una guerra abierta; fue una sustitución silenciosa. Los sueños dejaron de interpretarse; los muertos empezaron a descansar en una sola tierra, cuando siempre supimos que el alma necesita regresar dos veces, la palabra del pütchipü’üi perdió autoridad frente al sermón; la armonía fue desplazada por la culpa.
Pero la influencia más profunda no vino solo de afuera; se fue instalando adentro. Empezamos a mirarnos con ojos ajenos, a dudar de lo propio, a sentir vergüenza del idioma, del apellido, del ritual; a creer que el progreso exigía renuncia.
Hoy muchos wayuu piensan en castellano, sueñan en categorías ajenas y miden la vida con parámetros que no nacieron en el desierto. Se nos enseñó que avanzar era parecernos a otros, aunque en ese camino se nos fuera diluyendo la memoria.
El mercado reemplazó al trueque, el papel al acuerdo verbal, la prisa al tiempo circular; y, sin darnos cuenta, la cultura que sobrevivió a la conquista empezó a ceder ante la modernidad bien intencionada.
Sin embargo, algo entre nosotros aún permanece; permanece la palabra que aún se cuela en las conversaciones íntimas; permanece el respeto al tío materno; permanece el segundo entierro, aun cuando no se entienda porque hoy se acompaña de un ritual católico que lo desnaturaliza; permanece el sueño que advierte; permanece el desierto, que sigue educando a quienes saben escucharlo.
La cultura wayuu no ha desaparecido, pero sí está en disputa entre la memoria y el olvido, entre la adaptación necesaria y la renuncia silenciosa, entre la fe heredada y la fe impuesta.
Nombrar esta transformación no es negar la historia ni rechazar el diálogo con otras culturas; es, por el contrario, un acto de responsabilidad, porque solo quien sabe quién es puede encontrarse con el otro sin desaparecer.
La cultura wayuu no necesita ser salvada por nadie; necesita ser respetada, escuchada y transmitida sin temor; necesita que sus hijos vuelvan a pronunciarla sin sentir vergüenza.
*Abogada. Analista. Columnista

