Por: Miguel Enrique Bayter Bayter*
El poder, que antes se imponía a gritos, ha descubierto una fórmula infinitamente más eficaz, hablar bajito y cobrar caro. Ya no persigue a sus enemigos como en antaño, ahora solo administra conciencias. Las ordenes a través de los cuales se imponía, han sido reemplazadas por recomendaciones “responsables”, y así, mientras el ciudadano cree estar siendo cuidado, va entregando lo único que no debería ceder jamás: su libertad de decidir.
El gobernante moderno no manda como antes lo hacía, ahora solo educa; explica, con tono de rector de colegio, qué conviene pensar, qué es aceptable decir y cuáles opiniones deben guardarse para la intimidad. Todo ellos por el bien común, naturalmente. El bien común siempre ha sido un argumento muy rentable.
Nada genera más obediencia que la necesidad bien gestionada. El subsidio, convenientemente dosificado, crea una relación afectiva entre el poder y el gobernado. Por virtud de esa lógica ya no hay ciudadanos, solo hay beneficiarios. Y el beneficiario no cuestiona; agradece; pero, si además vota, mejor.
Así se reemplaza el trabajo por la transferencia, la dignidad por la fila y la esperanza por el próximo giro. Es un sistema elegante, eficaz y moralmente blindado. ¿Quién se atrevería a criticarlo sin quedar retratado como desalmado?
Todo régimen necesita una superioridad ética, y este la exhibe con desparpajo. El poder no se equivoca, enseña. Y empieza a generarse el caos, pues el que discrepa ofende. La discusión política se convierte en examen de conciencia en donde el disidente no se rebate, solo se diagnostica.
La censura ya no requiere decretos, basta con señalar al hereje y dejar que la multitud haga el resto. Es más barato y mucho más edificante.
Este autoritarismo habla un idioma cuidadosamente esterilizado; no hay impuestos asfixiantes, sino contribuciones solidarias; no hay vigilancia, sino acompañamiento; no hay restricciones, sino pedagogía.
Y mientras el ciudadano se entretiene descifrando eufemismos, el poder consolida su territorio con la tranquilidad del que sabe que nadie está mirando donde importa.
Nunca el poder fue tan celebrado mientras hacía tanto. Se gobierna con encuestas, con tarimas, con arengas emocionales. El gobernante se presenta como salvador cotidiano, gestor de afectos, dispensador de esperanza. Y la multitud, agradecida, pide más.
El problema del aplauso es que crea adicción. Y cuando el aplauso se vuelve necesario, el poder ya no puede permitirse límites.
El autoritarismo contemporáneo no necesita tanques ni cárceles llenas; solo le basta con ciudadanos domesticados, convencidos de que obedecer es un acto de virtud y desconfiar, una falta moral.
La libertad rara vez cae por la fuerza, suele disolverse entre aplausos y promesas y cuando ella se pierde entre ovaciones, nadie lo nota o, si acaso, cuando ya es demasiado tarde.
*Abogado. Escritor. Analista. Columnista

