Por Dinhora Luz Sierra Peñalver*
La Guajira ha sido, históricamente, una tierra observada más de lo que ha sido escuchada. Durante décadas ha ocupado titulares, informes técnicos y discursos oficiales, casi siempre como problema, rara vez como interlocutora. Hoy vuelve a situarse en el centro del debate nacional, esta vez bajo una luz aparentemente virtuosa: la transición energética. El viento persistente que recorre sus llanuras y costas ha sido elevado a la categoría de promesa redentora, como si la naturaleza misma, harta de la desidia estatal, hubiese decidido compensar siglos de abandono.
Pero toda promesa, para ser legítima, exige preguntas incómodas y es necesario no solo formularlas, tambien responderlas.
Los parques eólicos y los grandes proyectos de energías renovables se anuncian con un lenguaje técnico impecable, cifras alentadoras y un discurso de modernidad que parece incuestionable.
Se habla de megavatios, de inversión extranjera, de compromisos climáticos y de liderazgo regional. Sin embargo, detrás de esa narrativa pulida persisten comunidades que siguen preguntándose, con razón, cuál es su lugar real en ese futuro que se diseña desde lejos y se ejecuta sin su voz. El desarrollo que no dialoga, que no escucha, que no comprende las realidades del territorio, corre el riesgo de convertirse en una nueva forma de despojo, esta vez revestida de verde.
Para el pueblo Wayuu, el territorio no es una mercancía ni un espacio vacío disponible para ser intervenido. Es memoria viva, es identidad colectiva, es espiritualidad cotidiana. La tierra tiene nombre, el viento tiene significado, y el equilibrio con la naturaleza no es una consigna ambiental de moda, sino una forma ancestral de existencia. Desconocer esta cosmovisión no es un simple error cultural, es una vulneración profunda de derechos y un acto de incomprensión histórica. Pretender implantar megaproyectos sin una consulta previa real, informada y respetuosa no solo contradice el mandato constitucional; perpetúa una relación desigual donde las decisiones se toman sin quienes habitan el territorio.
La consulta previa no puede reducirse a un trámite administrativo ni a una serie de reuniones formales destinadas a legitimar decisiones ya tomadas. Debe ser un espacio genuino de diálogo intercultural, donde la palabra de las comunidades tenga peso real y consecuencias efectivas. De lo contrario, se vacía de contenido un derecho fundamental y se consolida la desconfianza, esa herida abierta que La Guajira conoce demasiado bien.
No se trata de oponerse al progreso ni de desconocer la urgencia de una transición energética responsable en un mundo amenazado por el cambio climático. Se trata, precisamente, de exigir que esa transición sea justa. Que no repita los errores de un modelo extractivo donde los beneficios se concentran lejos y las cargas se quedan aquí. Que no convierta a La Guajira en un simple escenario productivo mientras sus habitantes continúan padeciendo sed, pobreza estructural y abandono institucional.
El desarrollo verdadero no se impone: se construye. Requiere tiempo, escucha y, sobre todo, humildad institucional. Requiere entender que no basta con llevar infraestructura si no se fortalecen las capacidades locales; que no basta con hablar de sostenibilidad ambiental si se ignora la sostenibilidad social y cultural. Requiere reconocer que el bienestar no se mide solo en indicadores económicos, sino en dignidad, en participación y en respeto.
La Guajira no necesita ser salvada por el viento. Necesita ser respetada por el Estado, por las empresas y por el país entero. La transición energética puede ser una oportunidad histórica, sí, pero solo si se asume con responsabilidad ética y sentido de justicia territorial. Solo si se reconoce que el progreso auténtico no puede edificarse sobre el silencio de quienes han habitado y cuidado este territorio mucho antes de que llegaran los discursos de modernidad y desarrollo.
Porque cuando el desarrollo pasa por encima de la dignidad, deja de ser progreso y se convierte, una vez más, en deuda. Y La Guajira ya ha pagado demasiadas.
*Abogada. Analista. Columnista

