Una persona se conoce por su biblioteca. Ella refleja sus intereses personales, valores y creencias, y hasta su personalidad. Como extensión de un individuo, es un reflejo tangible de sus ideas y emociones, de sus gustos, y es una puerta al diálogo entre autores y lectores. Por otra parte, las bibliotecas abiertas muestran todo tipo de obras, estructuradas y organizadas por especialistas, con frecuencia temáticas, al menos en sus distintas secciones.
Existen algunas muy curiosas, como la Bibliotheca Fictiva de Falsificaciones Literarias e Históricas de la Universidad John Hopkins, la cual contiene una extensa colección de falsificaciones, engaños y fraudes que hace parte de la historia, desde la Antigua Grecia hasta tiempos recientes. Para Earle Havens, encargado de la Bibliotheca, fue un gran desafío convencer a la universidad para invertir en ese tipo de obras, colección adquirida en 2011; fue todo un reto la adquisición de documentos como manuscritos, cartas, poemas, iluminaciones y anotaciones cargadas de ficciones. El argumento de Havens fue contundente: una institución de investigación debe buscar la verdad, y entender lo que no la constituye, las motivaciones para mentir o falsificar la verdad, como impactan en la cultura y cómo afectan nuestras ideas y expectativas, y como generan prejuicios, sobre cuando la voz de una determinada autoridad se considera verdad incontrovertible y guía vital incuestionable. “Todos tenemos nuestros prejuicios; nadie es completamente objetivo. Entonces, ¿por qué no tener una colección de investigación que nos enseñe sobre todo eso y con la cual podamos enseñar?», dice Havens.
¿De dónde obtienen la colección? Ella pertenecía a Arthur y Janeth Freeman, quienes habían coleccionado esos fascinantes documentos desde 1961; y es que lo criminal atrae, desde el interés por entender la ruptura desvergonzada de las normas sociales hasta la hibristofilia; esos delincuentes llegan incluso a despertar la idolatría como ha sucedido con Bonnie y Clyde, Pablo Escobar, Hitler o algunos mafiosos populares. Los Freeman se dedicaron a coleccionar este tipo de obras desde cuando estudiaron a John Payne Collier, un cínico personaje que combinaba su erudición de Shakespeare y su habilidad para falsificar literatura. Quisieron los Freeman ir sumando falsificaciones a su inicial colección hasta cuando creyeron necesario que hiciese parte de una biblioteca de investigación. Para entonces, ya contaban con joyas como “los poemas de Martín Lutero”, o el informe de la Papisa Juana, mito desacreditado después. Uno de los documentos más importantes de la compilación es la Donación de Constantino, según el cual el emperador donaba voluntariamente grandes terrenos del Imperio Romano al Papa Silvestre I; inclusive, un fresco de Rafaello y sus alumnos en el Palacio Vaticano “rememora” un hecho que nunca sucedió; más tarde, Lorenzo Valla demostró la falsedad. De hecho, la Bibliotheca conserva el escrito de Valla, importante para develar la falsedad, como también para aprender la forma de demoler grandes mentiras.
El documento ficticio, elaborado siglos después de la muerte de Constantino, sirvió para justificar las guerras emprendidas por los Borgia en su intento de apoderarse de la Romagna, en busca de engrandecer su riqueza y su poder. Los tiempos no cambian: las inexistente “armas de destrucción masiva” justificaron la invasión a Irak y el control de su petróleo, además del saqueo al Museo de Bagdad y sus incunables tesoros; las grandes mentiras apoyan los grandes crímenes de los más poderosos. Las actuales potencias invaden a países débiles “en nombre de la democracia y la libertad”, y otros “argumentos” con los que controlan geopolítica y económicamente lugares estratégicos.
Havens afirma, con toda razón, que los grandes falsificadores son personas inteligentes y creativas, dueñas de una gran imaginación. Los patrones de las mentiras se repiten como si un falsificador se apoyara en los trabajos anteriores; generan inicialmente interés en el lector crédulo, les hacen creen que las afirmaciones mencionadas son posibles, no sueltan mayor “información” y generalmente se apoyan en figuras reconocidas. Ponga usted, por ejemplo, “la raza aria”, o “el pueblo elegido por Dios”.
*Médico Cirujano. Especializado en Anestesiología y Reanimación. Docente Universitario. Conferencista. Columnista. hernando_pacific@hotmail.com

