Por: José Manuel Herrera Brito
El progreso de los pueblos y de su gente no nacen de la inercia, sino de la acción consciente; de ahí que haya momentos en que la vida nos llama a detener nuestro paso por ella, a mirar con detenimiento y profundidad hacia dentro, a preguntarnos qué hemos hecho y hacia dónde vamos, espacios para recordarnos que la existencia no se mide solamente por los logros materiales, sino además por la capacidad de reflexionar, aprender, rectificar y crecer.
Tenemos que aprender a reservar un tiempo para el análisis íntimo, para el balance de nuestras acciones y la búsqueda y procura de lo que bien y mejor nos ayude a mejorar, a reconocer como ese ser humano que llamado está a encontrar su grandeza cuando se cuestiona, reconoce sus errores y decide proseguir su caminar con mayor conciencia hacia el porvenir, en la afirmación y certeza que la grandeza no es abstracta, sino que se materializa en las sociedades que se levantan sobre la justicia, la educación y el progreso compartido, concepto referido a la sincronización del avance de un proyecto o tarea entre diferentes usuarios que permite que todos los involucrados vean y compartan los mismos logros, al tiempo que implica que las mejoras, resultados y datos sean accesibles para todos los participantes en tiempo real, eliminando inconsistencias y fortaleciendo colaboraciones.
Reflexionar es un acto de fortaleza que exige valor para mirarnos en el espejo de la verdad, reconocer las fallas que queremos esconder y para corregir con humildad lo que no hemos hecho bien. Es entender y comprender que el cuestionamiento no destruye, sino que edifica, que la crítica y la autocrítica no debilitan, sino que robustecen cuando se convierte en motor de cambio y oportunidad de reconciliación.
Tenemos que concebir que el éxito no se tasa solo en cifras y conquistas visibles, de ahí el válido ejemplo de los pueblos que le han apostado a la educación de calidad, al pensamiento crítico y a la búsqueda permanente de la razón para demostrar y demostrarse que la verdadera riqueza yace viva en la mente y en el espíritu; y, de las sociedades que enseñan a sus hijos a preguntar, a debatir, a nunca conformarse con la primera respuesta, lo que las hace sociedades destinadas a crecer con solidez, to9da vez que quien cuestiona, progresa y quien se educa, se libera.
En ese proceso, el perdón juega un papel central, más no como un acto superficial, sino como una fuerza transformadora que permite soltar las ataduras del rencor, del resentimiento y abrir paso a la posibilidad de un mañana distinto, puesto que quien sabe perdonar a otros y a sí mismo alcanza una paz que no depende de circunstancias externas, sino de la decisión de avanzar con el corazón ligero y la mente abierta, paz interior que es el soporte sobre la cual se construyen proyectos duraderos y pueblos mayormente humanos.
La reflexión, repito, nos permite recordarnos que el progreso no nace de la inercia, sino de la acción consciente y son llamados a reconciliarnos con nuestros errores y con nuestras aspiraciones más nobles, a la par de ser oportunidades para transformar lo rutinario en propósito, la queja en propuesta y la debilidad en fortaleza, lo que abunda el equilibrio entre la razón y la emoción; y, entre la memoria y la esperanza.
Hoy día necesitamos más que nunca de esa visión que, desde el pensamiento y la serenidad de la reflexión nos invite a reconocer la grandeza en la diversidad de pueblos y culturas que, con distintas lenguas y costumbres, comparten una misma aspiración, cual es vivir con dignidad, aprender sin descanso y avanzar hacia un futuro donde la justicia no sea un ideal lejano, sino una diaria realidad, toda vez que la vida misma es un camino de aprendizaje permanente.
El secreto de quienes han sabido trascender no está en la riqueza ni en el poder, sino en la capacidad de detenerse a pensar, de reconocer que siempre hay algo por mejorar y de asumir con humildad que el progreso verdadero se logra cuestionando, reflexionando y educando. Ésa es la herencia más valiosa que podemos dejar: la convicción que la grandeza de un pueblo se mide en su capacidad de razonar, de perdonar y de proyectar justicia hacia las generaciones por venir y hacer el bien, haciéndolo bien, mejor y superiormente en la búsqueda y procura de salud, felicidad, paz, bienestar e integral prosperidad. saramara7@gmail.com


Excelente visión José Manuel.