dinhora luz sierra peñalver- Abogada. Columnista

Por: Dinhora Luz Sierra Peñalver*

Hay instituciones que no se fundan en papel sellado ni en acuerdos de cumbre, sino en las grietas mismas del tiempo. Instituciones que emergen del misterio humano y se consolidan en la repetición de lo esencial: nacer, cuidar, enseñar, morir acompañado. Entre todas ellas, ninguna tan antigua, tan elemental, tan decisiva como la familia.

La familia no nació de decreto ni de legislación alguna. Brota, una y otra vez, de la necesidad de amparo y de perpetuación. Nace del amor que, al entregarse, funda un linaje; nace del instinto que protege, del vínculo que no se negocia. Es allí donde el ser humano da su primer paso hacia la libertad, no por estar solo, sino por saberse sostenido.

Y, sin embargo, hoy se alza contra ella una cruzada silenciosa. No hay ejércitos ni fusiles, ni proclamas altisonantes. Hay, en cambio, conceptos blandos, discursos satinados y una estrategia quirúrgica: hacerla prescindible. Deconstruirla. Fragmentarla. Substituirla por construcciones artificiales, maleables, adaptadas a los intereses de un proyecto global que no tolera lo que no puede controlar.

Los nuevos ideólogos, parapetados en organismos internacionales y lobbies con retórica pulida, han decidido que la familia tradicional, aquella donde hay madre, padre, hijos, generaciones que se cuidan unas a otras, es un obstáculo. Un estorbo incómodo para su utopía sin alma ni rostros. Su objetivo no es otro que arrancar de raíz esa institución milenaria que ha sido, a lo largo de los siglos, refugio en la adversidad, cuna de identidad y trinchera contra la intemperie moral.

La operación es meticulosa. Se ejecuta con paciencia quirúrgica, como quien desmonta una catedral piedra por piedra sin levantar sospechas. Las armas no son visibles, son semánticas. Las palabras, cargadas de nobleza en su origen, se pervierten hasta volverse herramientas de demolición: “diversidad”, “equidad”, “inclusión”. Términos hermosos, sin duda, pero convertidos en arietes contra la tradición cuando se los vacía de contenido y se los usa como dogma.

Se repiten en conferencias, se susurran en pasillos diplomáticos, se imprimen en manuales escolares. Y así, de manera casi imperceptible, la familia es presentada como una pieza obsoleta, una reliquia de tiempos patriarcales, algo que conviene «superar» en nombre del progreso. Se ridiculiza la maternidad como prisión doméstica, se reduce la paternidad a una figura decorativa o prescindible, y se convierte el hogar en un escenario de opresiones estructurales.

Así se fabrica el nuevo totalitarismo, no en campos de batalla, sino en los diccionarios; no con cadenas visibles, sino con dogmas disfrazados de consenso global. Los Estados, siempre ávidos de aplausos internacionales, se apresuran a reescribir sus leyes, sus currículos y sus valores, obedientes al látigo invisible de la corrección política internacional. Se legisla contra lo evidente. Se censura lo ancestral. Se impone, desde arriba, una antropología nueva: la del individuo aislado, sin vínculos duraderos, sin responsabilidades que lo trasciendan.

Pero conviene recordar algo que ni los más sofisticados ingenieros sociales pueden borrar: la familia no es una construcción cultural maleable. Es el cimiento mismo de la libertad. Allí, en el calor de un hogar, se aprende la primera lección de justicia, el primer gesto de entrega, la primera conciencia de pertenencia. Allí se cultiva, sin manuales, sin conferencias, el arte de amar y de ser amado. Algo que ningún tratado internacional puede legislar, ni ninguna institución artificial puede reemplazar.

Defender la familia no es un acto de nostalgia, sino un ejercicio de lucidez. Porque donde la familia desaparece, el individuo queda inerme. Se vuelve presa fácil del Estado que todo lo promete a cambio de obediencia, o del mercado que todo lo ofrece a cambio de identidad. Donde no hay hogar, no hay arraigo; y donde no hay arraigo, no hay resistencia.

En ese mundo idealizado por los nuevos ingenieros, todos seremos iguales… y todos seremos solos, la sociedad se convertirá en una suma de soledades domesticadas, dóciles, previsibles. Sin raíces, sin memoria, sin vínculos que nos llamen a algo más grande que el deseo momentáneo.

La batalla que hoy se libra no tiene tambores ni banderas. Ocurre en lo cotidiano, en lo pequeño, en la mesa donde se parte el pan, en la ternura de una madre que arrulla a su hijo sin esperar nada a cambio, en la palabra severa y justa de un padre que guía sin aplastar, en la complicidad silenciosa entre hermanos que aprenden el arte de convivir. Allí, y no en las cumbres ni en los despachos, está el último bastión de lo humano.

Quizás un día, cuando los lobbies internacionales hayan pasado como pasaron imperios, cruzadas y utopías totalitarias, la familia seguirá allí. No por haberse impuesto, sino por haber resistido. Intacta en su sencillez, erguida en su misterio. Sin necesidad de estridencias, defendiendo lo que nunca pudo ser abolido: el milagro de pertenecer.

 *Abogada. Analista. Columnista

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