dinhora luz sierra peñalver- Abogada. Columnista

Por Dinhora Luz Sierra Peñalver*

En un mundo que se desvanece tras el fulgor efímero de las modas y el oropel de lo superficial, existen pueblos que, sin aspavientos ni discursos, encarnan un tesoro genuino: su cultura. Una herencia viva, tejida con hilos invisibles de historia, dignidad y memoria. Pero, ay, cuán irónica es la costumbre humana de no saber mirar lo propio hasta que un forastero, con mirada deslumbrada, lo señala como joya. Eso ocurre —con una mezcla de desdén y descuido— en La Guajira, donde la grandeza del pueblo Wayuu sigue esperando el reconocimiento que merece, no de otros, sino de nosotros mismos.

En otras geografías, las culturas originarias son emblema y estandarte, orgullo sin complejos: en México, en Perú, en Nueva Zelanda, las lenguas ancestrales, los trajes ceremoniales, las bebidas rituales y la cocina de los abuelos son símbolos que se alzan con la misma dignidad con que se alza una bandera. Aquí, en cambio, hemos aprendido —o nos han enseñado— a mirar hacia otro lado. A considerar nuestras raíces indígenas como algo pintoresco, periférico, útil para el turismo de ocasión o la postal folklórica. Y sin embargo, los Wayuu, con una dignidad que resiste el tiempo y las inclemencias, han persistido: han sostenido su lengua, su cosmovisión, su arquitectura espiritual, y han hecho del desierto no un castigo, sino un hogar.

Porque los Wayuu no son una nota al pie en la historia: son su propio relato. No son sobrevivientes, sino creadores. Son tejedoras que hilan mundos en cada mochila; son pastores, artesanos, comerciantes, agricultores del sol y de la escasez. En cada gesto, en cada objeto, en cada palabra pronunciada en wayuunaiki, hay una estética de la resistencia y una economía de la belleza.

Y luego está el chirrinchi, esa bebida ancestral que muchos aún miran con sorna o desdén, como si el valor de un licor radicara en su etiqueta importada y no en el alma que lo destila. ¿Por qué no imaginar —como ya lo hizo México con su mezcal— que el chirrinchi podría ser embajador de una identidad, emblema líquido de una cultura milenaria? El mundo no tiene sed solo de alcohol: tiene sed de autenticidad, de relato, de origen.

La tendencia global hacia el turismo cultural y étnico no es una moda: es un signo de nuestro tiempo. El viajero del siglo XXI no busca solo ver, sino comprender; no desea solo consumir, sino conectar. Y en La Guajira poseemos todos los elementos para ofrecerle al mundo una experiencia profunda: la lengua wayuunaiki, declarada patrimonio cultural inmaterial; los tejidos que no son ornamento sino narrativa; la gastronomía, que es geografía emocional y memoria de los elementos; los rituales que vinculan al ser humano con el ritmo sagrado de la naturaleza.

Pero nada de esto será posible si no cambiamos primero nuestra manera de mirar. Si no dejamos de considerar la cultura Wayuu como un decorado para ferias, y comenzamos a entenderla como lo que es: un eje identitario, una fuente de sabiduría, una plataforma de futuro. El turismo consciente, la comercialización justa de sus productos, la visibilización de sus voces, la enseñanza de su lengua: todo ello no debería ser un gesto de caridad cultural, sino una estrategia de justicia y de progreso.

Los Wayuu poseen una espiritualidad de una pureza sobrecogedora. Su hospitalidad, silenciosa y generosa, contrasta con la dureza del paisaje que habitan. Y su manera de entender la tierra —no como recurso, sino como madre— es una lección urgente para una humanidad que ha olvidado cómo cuidar.

Hoy que el planeta se agrieta bajo el peso de la crisis climática, cuando la biodiversidad se extingue y la civilización se tambalea sobre su propia arrogancia, los saberes de los pueblos originarios ya no son una curiosidad antropológica, sino una brújula. Y en nuestra casa, bajo el sol inclemente de La Guajira, esa brújula existe, respira y resiste.

No basta con incluirlos en discursos tibios ni en programas de inclusión simbólica. Se trata de ceder el espacio, abrir el micrófono, entregar el timón. Que sean ellos quienes lideren la defensa, la promoción y la proyección de su cultura. Que podamos, finalmente, entender que su legado no es “de ellos”, sino “nuestro”. Porque sin ellos, este territorio sería apenas un eco. Porque su luz nos pertenece, aunque aún no sepamos cómo sostenerla.

El orgullo Wayuu no puede seguir siendo una promesa incumplida, ni un lema vacío que usamos en tiempos de celebración. Ha de convertirse en acción, en política, en educación, en conciencia. Y, sobre todo, en admiración profunda y comprometida.

La invitación es simple, aunque profundamente transformadora: aprendamos a mirar con otros ojos. No con la distancia antropológica del turista ni con la condescendencia burocrática del gestor cultural. Miremos con el asombro de quien redescubre una joya olvidada en el fondo de un cofre familiar. Con la humildad de quien reconoce, al fin, que la belleza no siempre viene de lejos. A veces, late —silenciosa pero obstinada— en el corazón ardiente del desierto.

**Abogada. Analista. Columnista

Loading

¿Cómo le pareció el artículo?
+1
3
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0

Por editor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *