Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez*
Si queremos tener un desarrollo inteligente y humano, debemos considerar a la ciudad como un organismo interconectado, donde todos los componentes interactúen entre sí de manera dinámica, en amalgama de interconexión, sostenibilidad, inclusión social, infraestructura resiliente, tecnología e innovación, participación ciudadana, participación ciudadana, economía urbana sostenible y salud y bienestar; más hoy que nos arropa una época claramente obnubilada, encandilada con la inteligencia artificial y la hiperdigitalización, lo que debe llevarnos a reclamar la primacía de lo humano, proponernos mejorar el espacio físico, reivindicar la calle como escenario de vida y no solo de tráfico, llamarnos frenar la entropía o medida de desorden de un sistema en lo urbano y lo social que hoy ahoga nuestras urbes, olvidándonos que lo humano es y debe ser el centro y no la tecnología.
Debemos caminar hacia un modelo urbano y más ecológico soportados en ejes donde la participación de los actores de la ciudad sea lo importante, como es la compactación morfológica para evitar la dispersión que deslegitima los territorios; el complejo organizacional mixto en usos y biodiverso que mezcla usos y culturas, generando biodiversidad urbana; ser eficiente metabólicamente hablando, a partir de lo cual se optimiza energía y recursos como un organismo sano; cohesionarnos socialmente, esto es, tejer redes sociales y no sólo infraestructuras.
Verdad de a puño es que todos los ecosistemas son escalables, debiéndose impulsar urbanísticamente las supermanzanas, sobre la base de los referidos ejes, a efecto de tener un sentido funcional y causal enfocado en ser un disruptor de la entropía en la que estamos inmersos urbanamente hablando; entropía se ha expandido brutalmente a estratos políticos, económicos y sociales. Las supermanzanas deberían ser, lo defienden científicos sociales, la célula madre de todo nuevo urbanismo, ya que al reducir el dominio del automóvil, devuelven el espacio a las personas: más seguridad vial, más aire limpio, más plazas donde el asfalto cedió paso a árboles y bancos. Pero su verdadero poder es escalar: lo que funciona en una manzana puede transformar una región entera y se convierte en antídoto contra lo caótico.
La talanquera más grande no es de orden técnico, sino mental, tratamos a nuestras ciudades como zonas de tránsito y no como hogares colectivos, lo que determina que requerimos líderes, dirigentes administradores que entiendan que el progreso no se mide en metros de concreto, sino en calidad de vida. Establecer las supermanzanas como el ecosistema urbano mínimo, la reducción del tráfico; el fomento al transporte activo; el mejoramiento de espacios públicos, de la seguridad vial y la optimización de la calidad del aire y el medio ambiente se vuelven objetivos alcanzables, lo que es más que positivo para la gente, que es lo que verdaderamente importa.
Un urbanismo ecosistémico, afirman estudiosos de la temática, tejido y bordado a través del entramado social y urbano de las supermanzanas, como base de modelo de movilidad y del espacio público, puede llegar a promover la reducción de la dependencia del automóvil y fomentar el uso de medios de transporte más sostenibles como el transporte público, el ciclismo y la caminata; de ahí que el urbanista deba asumir como prioridad que el espacio público es la base de una manzana, un barrio, un núcleo urbano, una región metropolitana; y, el rediseño de las ciudades, junto con la ejecución de obra pública y/o privada debe tomar en cuenta esos espacios, haciéndolos parte como de uno mismo. Como si uno fuera a utilizarlos todo el tiempo.
Interesa en esto no quedarnos en lo puramente teórico, sino rescatar real y efectivamente lo urbano, planificarnos mejor, hacernos más sostenibles y en tal itinerario caminar en la oportunidad de reconciliar civilización y naturaleza, especialmente por cuanto la solución esencial a la problemática tiene sus bases en la actitud y la cultura; de donde se deriva que el grande e importante reto por el impacto que entraña, es hacer comprender a quienes toman las decisiones en un inicio, y a la población en general, que su hábitat es como un ser vivo y no sólo un lugar por el que transitan en asfalto o concreto en el que se desprecia a la naturaleza y se vive entre paredes de tabique y materiales inertes. No. Una ciudad es expresión viva, ser palpitante y extrovertido que debe ser cuidada y admirada, hacerla sentir bella, orgullosa de su inteligencia, disfrutarla caminando por sus calles y sus plazas, admirarla, y adentrarnos en su historia y detalles todos que contiene.
*Abogado. Especializado en Gestión Pública. Derecho Administrativo y Contractual. Magíster en Derecho Público. Columnista. saulherrera.h@gmail.com
![]()

