Por: Rafael Robles Solano*
Al reflexionar sobre lo que estamos viviendo actualmente en nuestro país, caigo en una serie de interrogantes desesperanzadores, porque observo como prevalecen los estados de confrontación y polarización sectaria que tanto daño vienen haciendo a la sociedad colombiana en el presente siglo. Sin embargo, es preciso para analizar estos ánimos belicosos, remitirnos a los antecedentes históricos que son comunes a nuestro pasado y remontarnos hasta las primeras épocas de nuestra independencia y el inicio de la vida republicana.
Los siglos XIX y XX, se caracterizaron por frecuentes guerras regionales y luchas fratricidas entre dirigentes sublevados contra los gobernantes de turno, matizados por crímenes selectivos y atroces, amparados por el silencio cómplice de muchos sacerdotes comprometidos en luchar contra quienes se oponían a los regímenes conservadores de esas épocas. En fin, arrastramos una herencia patrimonial manchada por la sangre de millares de compatriotas, sacrificados inútilmente, para proteger los privilegios de una clase dominante, encargada de regir nuestros destinos gracias a sus poderes económicos e influencias políticas. La violencia en Colombia hoy continúa campeando por ciudades urbanas, pero es más cruda en las regiones y zonas rurales, donde nuestros campesinos siguen sometidos a los controles, abusos, atropellos, confinamientos y desplazamientos impuestos por los actores del conflicto armado.
En medio de los Acuerdos de Paz implementados desde el gobierno de J. M. Santos y las propuestas impulsadas por el actual mandatario, observamos preocupados, como está la inseguridad reinante, donde por una parte proliferan las extorsiones, el boleteo, los secuestros que de nuevo se han incrementado, el reclutamiento de menores para el conflicto, los asesinatos de líderes defensores de los derechos humanos, de quienes como desplazados reclaman sus tierras, de los dirigentes comunales y reinsertados, etc. Mientras que, por la restante, observamos que los grupos sediciosos y delincuenciales como el clan del golfo, que, aprovechando la mano tendida del gobierno, están fortaleciendo sus milicias y retomando violentos ataques terroristas contra poblaciones indefensas, como acontece en el Catatumbo, en Arauca, Cauca y Nariño, en clara burla de los procesos de paz.
Además, las contradictorias actuaciones gubernamentales, no contribuyen para nada en brindar confianza a sus propuestas, por el contrario, parece que no tienen claridad en fomentar negociaciones serias, porque es común ver, que las conversaciones con estos grupos no conducen a resultados concretos y de paso, que sus delegados, resultan vinculados a ordenes de extradición, que comprometen la legitimidad de esos diálogos.
Bajo el marco de estas consideraciones, pareciera que al gobierno le quedó grande la implementación de la llamada Paz Total, como también la mayoría de sus propuestas de cambio y justicia social, que, si bien son necesarias, sucumben quizás por sus posturas demagógicas y confrontacionales frente a los medios de comunicación masiva, los opositores políticos y las restantes ramas del poder público, así las cosas, vemos con preocupación que estas actitudes no generan la confianza mínima necesaria entre los ciudadanos para acompañar sus reformas y lo que es innegable, es que Colombia requiere con urgencia deponer los rencores y odios ancestrales, para unirnos como una sociedad que merece vivir pacíficamente y para ello debemos desarmar nuestros espíritus.
*Secretario Ejecutivo LIDERESOCIAL. lideresocial@hotmail.com
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