Por: David Rubio*
«Solo los labios de la muerte tienen poder para extinguirlo (el deseo) con su beso, y quién sabe si no es en ese beso donde un día encuentra el deseo humano la única saciedad posible de la vida». Estos versos de Cernuda nada tienen que ver con el mito de Orfeo y Eurídice pero en ellos late el mismo fervor que en una de las historias de amor trágico más memorables de la mitología griega: la pasión como misteriosa (y paradójica) conexión entre la vida y la muerte.
Orfeo y Eurídice, el amor entre la vida y la muerte. El músico más talentoso de la mitología griega que, ya sabes, hasta calmaba a las bestias con sus composiciones, era hijo de Apolo, dios de la música, y Calíope, musa de la poesía: por supuesto, heredó de ambos sus respectivas habilidades hasta convertirse en un genio de la lira. Por su parte, Eurídice era una náyade (las ninfas de las fuentes de agua dulce) que procedía de Tracia, de donde también era oriundo Orfeo, del que se enamoraría, casándose posteriormente. Pero esto es mitología griega y la cosa no puede quedar así, tiene que «pasar algo». Y lo que pasó fue una mordedura fatal de una serpiente cuando huía de Aristeo, otro hijo de Apolo que la perseguía por el bosque.
Cuando Orfeo se entera de la muerte de su esposa, toma una decisión rotunda: bajar al inframundo en busca de Eurídice para devolverla a la vida, algo inconcebible, no solo en nuestro mundo «real», por supuesto, sino también en el gobernado por los dioses del Olimpo. Y es que allá abajo estaba Hades, junto a Perséfone, que no acostumbraba, precisamente, a permitir que los recién llegados a sus dominios se fueran sin más: no, el que se adentraba en las tinieblas, ya no volvía: porque la armonía del mundo depende de que la vida y la muerte ocupen sus respectivos lugares y no se entrometan. Pero Orfeo, el héroe de la armonía musical, pretendió generar una excepcional disonancia entre vida y muerte bajando al inframundo para tañer su lira guiado por la pasión del amante desesperado.
Hasta Sísifo se sentó en su roca. Uno de los momentos más bonitos del mito de Orfeo y Eurídice es la irrupción del primero en el reino de Hades. Cómo va recorriendo este intricado mundo plagado de espacios tenebrosos y turbios personajes como Caronte o Cerbero a los que «convence» a base de sinceros y atormentados lamentos expresados con las composiciones musicales más inspiradas. Y es que la música es capaz de despertar los instintos más ocultos. ¿Nunca has escuchado una canción de amor y te han entrado unas ganas locas de enamorarte (otra vez) aunque, incluso, repudies el amor o ese sentimiento te quede ya muy «atrás»?
Pues algo así se vivió en el averno con la llegada de Orfeo: enamoró al inframundo y le devolvió la esperanza cantando su amor trágico, suplicando por una oportunidad más para abrazar a su amada. Al que decía tal, y los nervios para las palabras movía,/ las exangües ánimas lloraban; y Tántalo la onda/ huyente no siguió, y quedó la rueda de Ixión aturdida,/ ni el hígado hirieron las aves, y descansaron las Bélides/ de sus urnas, y oh, Sísifo, te sentaste en tu roca./ Fama es que allí, primero, de las Furias vencidas del carmen/ las mejillas con lágrimas mojáronse, y ni regia la cónyuge/ ni quien rige lo ínfimo, soportan negar al rogante,/ y a Eurídice llaman (Las metamorfosis de Ovidio). Porque hasta Hades, de corazón negro como la noche, se conmueve y la dura Perséfone, acostumbrada a convivir entre la vida y la muerte, vierte una lágrima. Y a Eurídice llaman, pero con una condición, que Orfeo no mire atrás durante su vuelta a la vida, hasta que ambos hayan dejado atrás los valles del averno.

