Por: Saúl Alfonso Herrera Vengoechea*
En la medida que pasan los días y el mundo avanza, hay asuntos que deberían preocuparnos y han dejado de hacerlo, tal como vivir cansados, comer afanados, dormir pensando en las cuentas, contestar mensajes mientras nuestros hijos nos hablan, trabajar incluso cuando el cuerpo pide descanso. Decir “estoy bien” aunque sepamos que hace tiempo no lo estamos; no obstante, lo preocupante no es solo que lo cual suceda, sino que lo empecemos a considerar como normal, cuyo resultado es que nos estamos acostumbrando a vivir mal; y no es solo dinero, aunque sabemos cuánto pesa la economía en la tranquilidad de una familia, sino por la manera en que estamos viviendo; esto es, corriendo, preocupados, irritables, conectados todo el día y, cada vez más desconectados de quienes están cerca de nosotros.
El día a día es una carrera interminable de pendientes, hay que producir, pagar, responder, cumplir, llegar, resolver, se termina una preocupación y aparece otra, y mientras intentamos mantener todo funcionando, vamos dejando para después cosas aparentemente pequeñas que, al final, son las que sostienen una vida: conversar sin mirar el teléfono, sentarnos a comer juntos, visitar a nuestros padres, escuchar realmente a nuestros hijos, dormir tranquilos o simplemente pasar una tarde sin sentir culpa porque no estamos “produciendo”. Nos enseñaron a admirar a quien puede con todo, a la madre que trabaja, atiende su casa y jamás se queja, al padre que carga sus preocupaciones en silencio, al emprendedor que sigue adelante, aunque esté agotado, al profesional que responde mensajes a cualquier hora, a quien atraviesa una crisis y al día siguiente aparece impecable diciendo que todo está bien. Pero poder con todo no necesariamente significa estar bien.
Gran contradicción de hoy es tener herramientas para comunicarnos como nunca antes y, aun así, nos sentimos solos, sabemos qué desayunó alguien a kilómetros de distancia, dónde pasó sus vacaciones o qué compró, pero muchas veces desconocemos qué está sintiendo la persona que duerme en la habitación de al lado. Las redes sociales nos han acostumbrado a mirar vidas editadas, éxitos, viajes, cumpleaños, ascensos, cuerpos perfectos, familias sonrientes y negocios que aparentemente nunca tienen problemas, pocas veces vemos las deudas, las discusiones, el miedo, el cansancio o las noches en las que alguien se pregunta cómo hará para seguir adelante.; y, entonces cometemos el error de comparar nuestra vida completa con lo mejor de la vida de los demás.
La incertidumbre se ha instalado en las conversaciones del día a día, la economía, el trabajo, los precios y el futuro aparecen constantemente en las mesas familiares. Hay hogares haciendo cuentas, emprendimientos intentando sostenerse y personas que sienten que trabajan cada vez más para mantener lo que antes conseguían con menos esfuerzo. Todo ello tiene un costo que no siempre aparece en una factura, se paga con preocupación, con menos paciencia, con discusiones, con tiempo que dejamos de compartir, con noches de sueño interrumpido, con esa sensación permanente de estar llegando tarde a nuestra propia vida, razón por la que necesitamos hacernos preguntas diferentes.
No solo cuánto ganamos, sino cuánto está costando conseguirlo. No qué estamos construyendo, sino con quién estamos compartiendo el camino. No si nuestros hijos tienen todo lo material que necesitan, sino si tienen nuestra atención, cuántas personas nos siguen y cuántas podrían sentarse frente a nosotros cuando realmente las necesitemos.
Vivir mejor no siempre significa tener más, significa recuperar aquello que, sin darnos cuenta, fuimos entregando a la prisa: el tiempo, la conversación, el descanso, los afectos y la capacidad de disfrutar sin estar pensando inmediatamente en la siguiente obligación. Trabajar y esforzarse seguirá siendo parte de la vida. Los problemas tampoco desaparecerán porque decidamos mirar las cosas de otra manera. Pero existe una enorme diferencia entre atravesar momentos difíciles y convertir el sufrimiento permanente en nuestra forma habitual de vivir.
No deberíamos sentir orgullo por acostumbrarnos a todo, ya que hay cansancios que necesitan descanso, conversaciones que no deberían seguir esperando, abrazos que no pueden reemplazarse con un mensaje, hijos que crecerán aunque nuestra agenda esté llena, padres que envejecerán mientras seguimos diciendo “cuando tenga tiempo” y momentos que, una vez que pasan, simplemente no regresan; de ahí que el verdadero desafío de estos tiempos no sea aprender a correr más rápido, sino tener el valor de preguntarnos hacia dónde estamos corriendo, puesto que pasamos años intentando construir una vida mejor y descubrir, demasiado tarde, que estuvimos tan ocupados construyéndola que olvidamos vivirla.
*Estudiante de Décimo Grado de Bachillerato. Columnista

