RUIZ FRUTOS JULIAN MARTIN

Por: Julián Martín Ruíz Frutos*

Volver a repetir lo malo y peor de lo hecho en el pasado es evidentemente un riesgo mayúsculo; razón por la que la que debamos tomar todas las medidas que suficientes y necesarias sean para nunca regresar a los funestos mandatos que se han tenido que sufrir y además padecer. Regresar a gobiernos que desgobiernos han sido y en los que se tomaron decisiones que solo eran convenientes para quienes las tomaban, en nada contribuyen al desarrollo de los pueblos, puesto que solo benefician y han beneficiado a quienes les brindan o brindaron lealtad basada en las ganancias económicas y de poder que salpicaban desde arriba, y no podemos permitir bajo ningún punto de vista en clamor de democracia que haga cauce lo cual sin contrapesos.

No podemos tampoco como lo estamos empezando a vivir en el país, las consecuencias de un presidencialismo absoluto, ni que misteriosamente, como se ha dicho, colapse el sistema de cómputo de votos y aparezcan ventajas insuperables, acciones que se han calificado como descaradas y que deben presionar por parte de la sociedad civil las más de las transparencias posibles, pedir cuentas, acceder a la información requerida, conocer detalles de presupuestos, licitaciones, salarios y patrimonios de funcionarios. Cuestionar los muchas veces evidentes actos de corrupción y abuso de autoridad tiene que ser un derecho inalienable.

La corrupción, fenómeno bastante generalizado en la sociedad de los negocios que prevalece en la actualidad en distintas instituciones públicas y privadas, incluidas las llamadas fuerzas del orden, gobiernos, poder judicial, parlamentos, partidos políticos y empresas, constituyen una señalan muy negativa que influye considerablemente en el comportamiento civil, electoral y político de los ciudadanos. Unido a la concentración de la riqueza y la generación de nuevas desigualdades, los ciudadanos, especialmente los jóvenes, pero también los más pobres, se desencantan y decepcionan de las élites dominantes y, en consecuencia, optan por alternativas políticas que no siempre resultan las mejores. El ascenso del llamado populismo encuentra también, en parte importante, su explicación sociológica en la frustración que produce la falta de probidad, la corrupción y el distanciamiento social de la clase política, la que aparece crecientemente como un grupo de personas que se autor reproducen desconectados de la realidad, pero muy conectados a sus propios intereses.

Los monopolios privados y del gobierno en cientos de bienes y servicios no pueden ser más cobrando lo que les viene en gana por sus operadores, mientras el consumidor no tiene derechos y necesita de quien sabe que cosas para lograr que algo positivo les suceda. Mucho en consecuencia deben ser los cuidados que como ciudadanos debemos tener en cuenta; más cuando nos encontramos frente a la tal vez más desastrosa administración de la Colombia moderna, razón por la cual debemos todos en todo momento librar la batalla a fondo por el alma de la patria, especialmente por cuanto en la actualidad resulta difícil entender lo que constituye y mueve al pueblo ya que se ha cambiado en mucho y para mal el escenario político, social y cultural, que complica entender lo que aconteciendo está.

De ahí, la importancia de un superior desarrollo de la convivencia democrática, misma que llevarnos pueda a las grandes y positivas transformaciones que reales deben ser en las sociedades modernas, en todos sus ámbitos y en tiempo real, para que las fracturas que se sucedan o puedan sucederse no conmuevan ni tensen más de lo que ya están, las estructuras y relaciones sociales, para que en santa paz individuos y los grupos sociales traten de construir sus trayectorias humanas. Particularmente porque en este devenir, pocos ganan y muchos otros pierden en la globalización que arrasa con sentidos e identidades tradicionales.

Todo ello afecta profundamente la configuración del pueblo. La política sufre también una fuerte desafección que la desperfila y reduce en importancia. El pueblo fragmentado seguirá cambiando en su diversidad, tornando cada vez más compleja la comprensión y convocatoria de la política y de las elites dominantes. Vivimos en un siglo, caracterizado por la emergencia del poder de la información, el conocimiento, la inteligencia artificial, la ciencia y el cambio climático. Simultáneamente, asistimos a la emergencia de una nueva subjetividad humana y movimientos sociales ciudadanos, especialmente femeninos, de trabajadores, étnicos, socioecológicos y globales, lo que en la actualidad hace cada vez más difícil entender a profundidad el problema en su totalidad, que es complejo.

La respuesta no es fácil, debiendo entenderse sólo como una aproximación al problema de fondo, por lo que hay que trabajar desde ciertos y reales liderazgos y no desde la manipulación de la opinión pública que se viene haciendo en estos tiempos de posverdad, algoritmos combinados con inteligencia artificial, digitalización masiva de información sistematizada y estandarizada, para sustituir programas políticos debidamente fundamentados y penetrar conciencias mediante mensajes prototipados, emocionalizados y teledirigidos a públicos diversos, saturados de pasado repetitivamente engañoso y, abiertos a novedades sorpresivas, muchas veces incluso, desconocidas, lo que indica que la incursión de la artificialidad mecánica, digitalizada, en la reconstrucción de la política, constituye una amenaza para el sistema social y la vida democrática.

*Abogado. Especializado en Derecho laboral. Columnista

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