Por: Alfredo León Leyva*
Mi vida parece está llena de casualidades que se convirtieron en ricos aprendizajes, que honrado digo no pedí, pero se dieron para ir llenando esa biblioteca en que se convirtió mi memoria; y de ellos unos que recuerdo con vehemencia, y otros que apenas hay asomo de parte de ellos.
Haciendo mi primer año de instrucción media, tuve la fortuna de conocer un sacerdote joven que vestía como laico, sin sotana; de apellido Sánchez él, quien era el profesor de religión, que fue trasladado al siguiente año al vaticano.
No sé por qué, pero me invitó a que leyera “Guerra de Los judíos” de Flavio Josefo, en la biblioteca privada de los sacerdotes; el permiso lo aplicaba asistiendo después de la salida de clase en las tardes. Tardé no sé cuantos meses, pero leí los dieciocho extensos tomos; y me pareció desde entonces fantástico tal suceso.
Por aquellos años entre los 13 y 14 de edad, me encontré en la calle destapada de mi cuadra pateando bola de trapo con un cachaco que pasaba las vacaciones de mitad de año donde su tía, que era vecina nativa de Cali, y quien representaba en mi ciudad a la marca comercial: Mermeladas “Fruco”.
Ese joven afable con quien jugamos entonces, y con quien me crucé en otras vacaciones y que más tarde vería en la prensa nacional, publicada una fotografía de aquél vestido de guerrillero con un sombrero blanco; y después en una como candidato presidencial, y luego a los pocos días, abatido por las ígneas de plomo que tanto utilizó él en su vida.
También me acuerdo de Jaime, vecino a media cuadra de mi casa; ese que vestía elegante con zapatos “Forche” de dos tonos que calzaba y a los que les decíamos: “Zapatos Cubanos”, cuando era que miraba él el partido de futbol de todos los chicos de la barriada que jugábamos en el “campo del Iguarán”. Caramba, este tuvo dos hijos con una hija de Fidel Castro, y alcanzó a ser embajador de Cuba en México, y muchos dicen que él fue el pionero del envío de mariguana por la ruta de Cuba; y fue él también él, el que trajo a Colombia aquellos camperos malos, hechos en Rusia que llamaron: “Aro Carpatis”. Jaime Guillot construyó el edificio de más de diez pisos que se derrumbó en Miami en primera línea de playa hace unos años, cuando él ya había fallecido. Así también por circunstancias disimiles sin proponérmelo, traté con juan Manuel Santos, en País libre; con Lemmons Simmons, quien sería más tarde Vice y Presidente de Colombia; con Roberto Lemaitre, un cartagenero fenómeno de las letras y la historia; Didí Valderrama el futbolista, y hace rato cuando era joven, compartir silla en el avión que me llevaba de Barranquilla a Bogotá, con la eterna y hermosa: Amparito Grisales.
¿Y qué tal el día que conocí al autor de: “Chácara qué chácara qué chácara cachá? El corroncho de Plato, Magdalena, apodado el hombre caima. Y qué decir de las tres noches en que el Joe, ese que decía: en barranquilla me quedo, y que tocaba a cada rato la puerta de mi apartamento en el rodadero, para solicitarme si yo sabía en donde conseguía “gasolina”. Nojoda, confieso que casi salgo yo mismo a buscarle el vicio.
Y el día en que Natalia Paris, bella y con hermosura difícil de encontrar, alojada temporal en el apartamento contiguo al mío, y que agotada por la sección de fotos tenida me solicitó, le prestara mi alcoba para descansar.
No piensen mal, solo estaba cansada. Y de ello cuando la observé dormida boca abajo en mi cama, en mi afán de chismoso fue que me asomé al umbral de la alcoba, y desde entonces que vi ese trasero perfecto no habido quien lo supere; y guardo desde entonces una fotografía a colores en mi memoria de esa creación, obra perfecta de Dios.
Sí, he tenido la suerte de vivir tales eventos sucedidos en el transcurso de mi vida, pienso yo; y sin buscar de ellos con algún afán. Y no sé si a ustedes los que leen estos mezquinos párrafos les parezcan triviales. Pero les aseguro: que a mí por ello, nadie me quita lo bailado.
Tal vez no pueda decir que conocí a un Papa, que besé sus sandalias como contaba mi ido amigo al más allá, cuando relataba la estrecha y amena conversación tenida con Juan Pablo II; en donde contaba él en su propio vocablo, que su santidad le había preguntado, qué: Si todavía Pinto se inundaba.
A lo que el amigo Samuel, oriundo de Santa Bárbara de Pinto, raudo como los rápidos del caudaloso y Grande rio de la Magdalena respondió: ¡Si su santidad! Todavía se inunda, pero no tanto como antes.
Y recuerdo que la primera vez que el doctor Samuel me contó de aquél suceso de su entrevista con su santidad Juan Pablo II, mi amigo el doctor Adolfo Bernal que oía atento entonces, no se pudo contener y exclamo en tono de barítono: ¡Caramba! ¡Definitivamente Juan Pablo II, era un santo! ¡Qué memoria! ¡Saber que Pinto se inundaba! Y además: ¡Recordar a Genaro Jiménez, fallecido amigo que casi ya nadie recuerda!
P/D: Honra a la memoria de aquellos que no están, porque se han ido; pero que aún recuerdo con cariño y les atesoro preciados dentro del corazón.
*Ingeniero. Escritor. Analista. Columnista

