Por: José Manuel Herrera Brito
Es clamor general hoy más que nunca en el país, consecuencia de las muchas dificultades que agravadas se vieron por el desgobierno padecido en el anterior cuatrienio, que se anhele por la ciudadanía y comunidad en general, más que un empleo, mayores oportunidades. Es cambiar el paradigma, vernos en el espejo en que durante muchos años se le dijo a los jóvenes que estudiaran, se preparan, lograran un título y trabajaran duro, lo que muchos atendiendo lo cual, hicieron, fueron a la universidad, aprendieron idiomas, hicieron cursos, adquirieron nuevas habilidades y se prepararon para un mercado laboral cada vez más competitivo; pero cuando les llegó el momento de buscar empleo, se toparon con una de las mayores contradicciones del mercado laboral, la exigencia de experiencia para acceder a su primera oportunidad laboral.
¿Dónde entonces conseguir esa primera experiencia cuando todos la poden antes de haberse dado lo cual? Pregunta preocupante, inquietante e incómoda que adquiere entre nosotros gran importancia, sado que atravesamos un momento económico complejo; y, en medio de esa realidad, muchos jóvenes intentan construir su porvenir, algunos buscan un empleo formal, otros trabajan por cuenta propia, tratan de emprenden o empiezan a pensar en la posibilidad e emigrar a otros países, lo que da lugar a otra pregunta igual de preocupante, inquietante e incómoda que como sociedad obligados estamos a hacernos; y es, ¿qué estamos haciendo para que nuestros jóvenes se queden y ayuden a construir una superior nación? Lo que indica que tenemos que tratar que no se vayan, y en respuesta construir las condiciones para que quedarse sea una opción atractiva. Nuestros jóvenes no están pidiendo nada regalado, quieren oportunidades, acceder a un primer empleo donde la falta de experiencia no sea un obstáculo. Emprender sin que costos, burocracia o falta de financiamiento terminen con sus proyectos antes de empezar. Desean capacitarse en áreas con reales demandas y encontrar espacios donde sus conocimientos puedan generar resultados.
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Se han dado cuenta que están cambiando las expectativas sobre el trabajo. Ya no necesariamente miden el éxito únicamente en la obtención de un contrato indefinido y un salario a fin de mes, sino que buscan aprendizaje, crecimiento, flexibilidad, independencia, como también en la posibilidad de construir algo propio. No significa ello que los jóvenes no quieran trabajar, sino que quieren trabajos que les permita vivir, crecer y proyectarse; más cuando consideran que el emprendimiento ha pasado de ser una alternativa secundaria para convertirse en una posibilidad cierta de independencia económica, por lo que igualmente consideran que emprender no debería convertirse en una única salida frente a la falta de empleo, sino que a ello se sume para que el país crezca, empresas sólidas, trabajadores capacitados, emprendedores y un ecosistema que permita que las buenas ideas se consoliden en negocios sostenibles.
Importa en ello que todos y cada uno de nosotros seamos conscientes que tenemos la misión de ser corresponsables, que las empresas abran mayores espacios para los jóvenes que comienzan, las universidades acerquen su formación a las necesidades reales del mercado, las instituciones públicas generen políticas que faciliten el primer empleo, la capacitación y el emprendimiento, y nosotros, como sociedad dejemos de medir el valor de una persona únicamente por el cargo ocupado o por lo que gana. Fundamental entender que detrás de cada joven que busca trabajo existe una historia, una familia, sueños y un proyecto de vida.
Ha sostenido siempre que entre nosotros la inteligencia es peste. De pronto requerimos sí de una mayor disciplina; pero es innegable que tenemos talento, creatividad, profesionales, técnicos, emprendedores y personas con enormes ganas de salir adelante, una generación que domina herramientas digitales, que aprende rápido, crea contenidos, desarrolla negocios, trabaja de manera independiente y encuentra soluciones incluso en escenarios difíciles. El reto es que el talento encuentre donde crecer, ya que cuando un joven se va, además de la persona, se va una idea, una capacidad, una futura empresa, un profesional que podría generar empleo y la posibilidad de construir un mejor país.
Nos lleva a preguntarnos lo expuesto respecto que el debate no debe limitarse a cuántos de nuestros jóvenes tienen empleo, sino preguntarnos qué clase de futuro se les está ofreciendo; esto, por cuanto una sociedad que quiere progresar y es evidente, no puede conformarse con que sus jóvenes sobrevivan, sino darles la posibilidad de crecer, crear, equivocarse, volver a intentarlo y construir una vida digna, lo que obliga a que nos dispongamos a hacer lo que menester sea para que se queden y empiece con ello las reales oportunidades. saramara7@gmail.com

