Guillermo de la oz CARBONÓ- Abogado. Economista. Profesor de Teoría Económica

Por: Willy Grotty*

Creo que fue a algún samario -también tan certeros para los sobrenombres, la ironía, como tiernos con la palabra. a quienes por primera vez escuché decir, al referirse a ciertos personajes: “Ellos como gente, gente son, pero les falta gente en el balcón”. Esa frase la soltaron cuando hablaban de algunos autores que intentaban abrirse paso por fuera del canon, al margen del llamado Boom latinoamericano y del estilo macondiano que impuso nuestro GGM. Porque sí, en los años 70 en adelante ya sabíamos distinguirlos: García Márquez, Cortázar, Fuentes, Donoso… y, claro, Mario Vargas Llosa.

Pero fue Mario Vargas Llosa quien, más pronto que tarde, nos enseñó que un escritor puede ser grande no solo por lo que escribe, sino por lo que defiende. Su ruptura con el régimen cubano tras el caso Padilla fue más que un gesto político: fue una afirmación ética, una decisión de fondo que lo llevó, sin miedo, a distanciarse del progresismo de su tiempo y a asumir una mirada crítica desde el liberalismo clásico, incluso el libertarismo. Por ello perdió lectores, amistades, homenajes. Fue “por debajeado”, como decimos en la costa. No había ganado aún el premio Nobel. Y sin embargo, fue entonces cuando más lo leí, quería conocer su obra literaria.

Nunca desprecié su pensamiento, ni sus libros. La llamada de la tribu, ese ensayo en el que recorre las ideas de liberales como Ortega, Popper o Berlin, lo he usado más de una vez en mis clases de teoría económica y filosofía económica, porque la teoría económica tiene su trinchera filosófica. Mario Vargas Llosa no escribía desde la improvisación sino desde el orden riguroso del pensamiento. Su literatura y su ideario político no fueron compartimientos estancos: ambos se tejían con la misma prosa clara y sin concesiones.

En vida, caminó entre pasiones, entre críticas y elogios. Lo vi en México, en un coloquio de invierno en la UNAM. No me acerqué entonces —qué importa ya—, pero hoy, desde esta tribuna modesta, lo reconozco. Recorrí Perú hace algunos años y me detuve dos días en Arequipa solo porque allí había nacido este gigante de las letras. No vi placas, estatuas ni murales. Pero ahora que parte al Oriente Eterno, vendrán otros homenajes. Espero que no olviden el coraje con que defendió su libertad de disentir, incluso entre amigos.

La anécdota con Gabo —ese puñetazo que fue más símbolo que escándalo— ya forma parte del folclor literario. Dos titanes, dos egos, dos maneras de ver el mundo. Lo demás es literatura.

Nos deja una obra inmensa. Entre ellas, La ciudad y los perros, su primera gran novela, ya contenía el germen de su estilo: la crítica profunda a la autoridad, la exploración del poder desde lo cotidiano, y una técnica narrativa que sacudió el idioma. En ella ya estaba el escritor que vendría. En otra obra mas reciente, La llamada de la tribu, reconoce a sus maestros mas liberales, actua como el intelectual que no teme desentonar con el coro.

Definitivamente, Mario Vargas Llosa no escribió para agradar. Escribió para pensar. Y eso, en tiempos de histeria digital y opiniones al paso, es un legado que siempre debemos agradecer. Como decía Borges de los grandes: no se trata de estar de acuerdo con ellos, sino de no poder ignorarlos.

Gracias, don Mario Vargas Llosa, por poner siempre a alguien en el balcón, al cual se refieren los amigos samarios. 

* Seudónimo de Guillermo De la Hoz Carbonó. Abogado. Economista. Especializado. Master. Libre Pensador. Docente Universitario.

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