Por: Willy Grotty*
En Laboria, el trabajo no es una actividad: es promesa, tanto en los contratos privados como en el idioma oficial. La ciudad no fue construida materialmente, sino redactada por rábulas metidos a asesores. Sus calles son cláusulas, sus avenidas, pies de página, y los edificios se elevan como artículos reformados por decreto. Todo está escrito antes de hacerse. A veces, ni se hace: se promete.
Los habitantes viven entre formularios y certificados. La Oficina Burocrática del Seguro Social —edificio sin ventanas, pero con infinitas puertas giratorias— rige el destino de todos. Desde allí se expiden constancias, negaciones, diagnósticos con fecha límite, derechos otorgados bajo condiciones improbables. Se celebra el cumplimiento, aunque no exista el hecho cumplido. El archivo vale más que la acción.
En Laboria, la Torre del Centenario —un monóptero de lenguas que gira sin cesar— todo lo registra. Desde su cúspide, un sistema automático monitorea quién produjo más, quién faltó menos, quién supo fingir mejor. Allí no se premia el mérito, sino la destreza para mantenerse visible sin exponerse demasiado.
Laboria es un enclave antiguo. Aquí se violaron todas las normas laborales conocidas. Nadie recuerda cuándo nació, dónde trabajó, cómo se pensionó, pero todos saben que esas mañas se esparcieron como plaga por el resto del país. Aquí se perfeccionaron las prácticas que luego infectaron oficinas, sindicatos y consultorios: la tramitología del desamparo, la creatividad para fingir productividad, el arte de jubilarse sin haber comenzado.
En sus parques no se juega: se negocian mañas. Las incapacidades son moneda corriente. Un dolor real puede significar años de subsidio; uno ficticio, bien narrado, puede sostener una familia. El talento de Laboria está en redactar dolencias creíbles. Un médico empático —o distraído— que certifique vale más que un especialista. Algunos logran declarar inhabilidades totales… mientras administran negocios desde casa.
En Laboria nació una clase singular: los invictos. Ciudadanos que nunca trabajaron, nunca cotizaron, pero dominan el vocabulario del sistema. Murieron con pensiones, porque se hicieron expertos en rendijas legales: saben heredar pensiones, enlazar subsidios, figurar como víctimas de un aparato que, en realidad, conocen al detalle. Algunos, tras años de vida laboral invisible, emergen con una buena pensión fruto de alguna maña aprendida en Laboria y replicada en otras ciudades.
Pero no todos son invictos. Están también los otros: los que sí madrugan, los que sí cargan, los que sí producen. Los que barren calles antes del amanecer, las enfermeras de contrato fugaz y sueldo esquivo, los conductores sin descansos, las madres comunitarias que cuidan sin cotizar. Viven fuera del sistema, pero lo sostienen. En Laboria y fuera de ella, la miseria está tercerizada.
Laboria no discrimina: acoge al burócrata exhausto, al litigante experto en trámites eternos, al pensionado sospechoso, al joven que ya sabe que para sobrevivir hay que aprender a fingir. En las escuelas, el juego favorito no es el fútbol: es teatro de simulaciones. Uno hace de jefe, otro de empleado estratégico, otro de auditor ciego. Quien logra durar más sin ser despedido gana una semana de licencia ficticia.
Los tiovivos preguntan a los niños: “¿Dónde te ves en cinco años?”, pero ninguno responde “trabajando”. Saben que en Laboria el trabajo es un rumor decorativo, y el desempleo, una desgracia enmascarada. Lo importante es figurar en las estadísticas, resistir, acumular certificaciones —aunque no haya experiencia.
Los forasteros se confunden. Preguntan qué se hace en esta ciudad. Las respuestas son ambiguas: “Laboramos”, dicen, como si eso aclarara algo. El desempleo se observa en las esquinas, pero nadie sabe si eso también es trabajar: resistir, reclamar justicia o simplemente sobrevivir sin hacer preguntas.
En otra Laboria, los viejos recuerdan cuando el trabajo era orgullo, no coartada. Hablan de empresas de verdad, de huelgas con causa, de manos encallecidas. Pero su lenguaje es ya arcaico. Sus voces se apagan entre silencios infinitos.
Laboria ya no tiene industria visible. Las empresas ofrecen empleo local solo por obligación. Cuando descubren que sus empleados son de Laboria, los reemplazan con personal de otras ciudades. “Aquí se vive de lo que se simula”, murmuran los empresarios. La producción ha sido reemplazada por la estadística del trámite. La seguridad social es una promesa enredada en formularios. La justicia laboral, una lotería con premios vencidos.
La Oficina del Seguro Social sigue funcionando. Cada día llegan ciudadanos con carpetas plastificadas, cédulas ampliadas y una esperanza modesta. Hacen fila para ser ignorados. Presentan pruebas de vida ante ventanillas sin rostro. Algunos logran su objetivo: una pensión tardía, una ayuda escasa, un dictamen que reconoce una dolencia, pero no autoriza nada. Otros salen con las manos vacías y una nueva cita dentro de varios meses.
En los barrios se oyen consejos como: “Declara depresión leve, eso da tiempo”; “Simula un accidente doméstico, pero sin testigos”; “Cásate con algún familiar pensionado, así no se pierde la pensión”; “Casa a la doméstica con el pensionado moribundo y se reparten la mesada”. Todo se ha vuelto estrategia. No hay vergüenza, solo necesidad. Fingir es una forma de lucha. Y en Laboria, la lucha se libra con tinta, no con manos.
La ciudad no caerá por huelgas ni por revoluciones. Caerá por acumulación de simulacros. Por exceso de papeles que no representan nada. Por tantas declaraciones de verdad que ocultaron la verdad.
Pero mientras tanto, Laboria persiste. En cada oficina donde se archiva sin leer. En cada pensión otorgada por compadrazgo. En cada empleado invisible que sostiene lo que otros decoran.
Laboria no es solo una ciudad, ni solo un país, ni siquiera un continente. Es un método. Y como todo método mal aprendido, se expande.
Un día, alguien preguntará: –¿Qué significa laborar? Y quizá, por aquí, nadie lo sabrá. Porque Laboria -como Iberoamérica entera- se volvió una gran exportadora de desempleo.
*Seudónimo de G.DeLaH.C. Abogado. Economista. Especializado. Master. Libre Pensador. Docente Universitario.
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